El noveno poemario de Louise Glück sigue la estela del anterior (Vita Nova), aun cuando se distancie de las referencias mitológicas y oraculares para conectar de una forma más directa con el cuerpo y la experiencia sensual. La autora recorre su propia existencia, desde la infancia hasta la madurez, mientras se pregunta si la poesía debe imitar a la vida.
En Zenda reproducimos cuatro poemas de Las siete edades (Visor), de Louise Glück.
***
EL MUNDO SENSUAL
Te llamo a través de un gigantesco río o un abismo
para prevenirte, para prepararte.
La tierra te seducirá, lenta, imperceptiblemente,
con delicadeza, por no decir con complicidad.
Yo no estaba preparada: me quedé de pie en la cocina de
mi abuela,
con el vaso en la mano. Compota de ciruelas, de
albaricoques;
el zumo vertido en el vaso con hielo.
Y el agua añadida, con paciencia, de poco en poco,
mientras uno a uno los primos opinaban, saboreando
cada adición…
El aroma de la fruta de verano, la intensidad del
concentrado:
el líquido colorido iba volviéndose más claro, más
radiante,
dejando pasar más luz.
Placer, luego consuelo. Mi abuela aguardaba,
por si alguien quería más. Consuelo, luego un profundo
ensimismamiento.
Nada me gustaba más: la honda intimidad de la vida
sensual,
el yo que desaparece en ella o que es inseparable de ella,
como suspendido, como flotando, con sus necesidades
a la vista, despiertas, del todo vivas.
Un profundo ensimismamiento, y con él
una misteriosa seguridad. A lo lejos, la fruta brillaba en
sus cuencos de vidrio.
Fuera de la cocina, la puesta de sol.
No estaba preparada: el ocaso, el final del verano.
Manifestaciones
del tiempo como un continuo, como algo que llega a su
fin,
no a un aplazamiento; los sentidos no me protegerían.
Te prevengo como nadie me previno a mí:
nunca tendrás suficiente, nunca te saciarás.
Saldrás lastimado, quedarás marcado, no cesarán tus
ansias.
Tu cuerpo envejecerá, no cesará tu deseo.
Querrás la tierra, después más de la tierra:
sublime, indiferente, presente, no obedecerá.
Todo lo abarca, no será tu sirviente.
Es decir: te alimentará, te embelesará,
no te mantendrá con vida.
***
SOLSTICIO
Cada año, en esta misma fecha, llega el solsticio de verano.
Luz suprema: hacemos planes para esto,
el día en que nos decimos
que el tiempo es en efecto muy largo, casi infinito.
Y en lo que leemos o escribimos, optamos
por lo celebratorio, por lo eufórico.
Hay en esos rituales algo aparte de asombro:
hay también una especie de enorgullecimiento,
como si el talento humano hubiera tenido parte en estos
preparativos
y encontráramos satisfactorio el resultado.
Lo que sigue a la luz es lo que la precede:
un momento de equilibrio, de oscura equivalencia.
Pero esta noche nos quedamos en el jardín, sentados en
las sillas de lona
hasta muy tarde, entrada ya la noche:
¿por qué mirar al futuro o al pasado?
Por qué vernos obligados a recordar:
lo llevamos en la sangre, este conocimiento.
La brevedad de los días; la oscuridad, el frío del invierno.
Lo llevamos en la sangre y en los huesos; en nuestra historia.
Hay que tener un don para olvidar estas cosas.
***
ESTRELLAS
Estoy despierta; estoy en el mundo:
no me hace falta
otra certeza.
Ni otra protección, otra promesa.
Consuelo del cielo nocturno,
de la casi inmóvil
esfera del reloj.
Estoy sola: todas
mis riquezas me rodean.
Tengo una cama, un cuarto.
Tengo una cama, un jarrón
con flores junto a ella.
Y una lamparilla, un libro.
Estoy despierta; estoy a salvo.
La oscuridad como escudo, los sueños
postergados, quizás
desvanecidos para siempre.
Y el día,
la insatisfactoria mañana que dice:
Soy tu futuro,
he aquí tu cargamento de tristeza;
¿me rechazas? ¿Pretendes
echarme porque no soy
plena, como dices tú,
porque vislumbras
la forma negra ya implícita?
Nunca me expulsarás. Soy la luz,
tu propia angustia y humillación.
¿Osas
echarme como si
estuvieras esperando algo mejor?
No hay nada mejor.
Solo (por un instante)
el cielo nocturno como
una cuarentena que te
aparta de tu tarea.
Solo (suave, intensamente)
las estrellas que brillan. Aquí,
en el cuarto, en el dormitorio.
Diciendo: Fui valiente, resistí,
empecé a arder.
***
LA MUSA DE LA FELICIDAD
Las ventanas cerradas, el amanecer.
El ruido de unos pocos pájaros;
el jardín con una ligera capa de humedad.
Y la precariedad de las grandes esperanzas
desaparecida de repente.
Y el corazón aún alerta.
Y un millar de pequeñas esperanzas que se agitan,
no recientes pero sí recién reconocidas.
Afecto, cenas con amigos.
Y la estructura de ciertas
tareas adultas.
La casa limpia, silenciosa.
La basura que no hace falta sacar.
Es un reino, no un acto de imaginación:
y aunque es muy pronto,
se abren los capullos blancos de las campanitas.
¿Es posible que hayamos pagado por fin
un precio suficientemente alto?
¿Que ya no se espere de nosotros ese sacrificio,
que esa angustia y terror nos basten?
Una ardilla corretea por los cables del teléfono,
con un currusco de pan en la boca.
Y la oscuridad que en esta estación se demora.
De modo que parece ser
parte de un gran don
gracias al cual no habrá que temerla nunca más.
El día se despliega, pero muy poco a poco, una soledad
que no ha de temerse, los cambios
tenues, apenas percibidos:
las campanitas abiertas.
La posibilidad
de que logremos ver su final.
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Autora: Louise Glück. Título: Las siete edades. Traducción: Andrés Catalán. Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros.
Esta recolección de poesía me parece de poca calidad e irrelevante. No tiene pegada ninguno de los poemas, nada brillantes y solo descriptivos No logré recopilar o destacar una sola frase que tenga poesía y que destaque. Una lástima
Excelente. Una felicitación. Tocas el nucleo del sentimiento.