La reportera y escritora mexicana Alma Guillermoprieto, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018, acaba de publicar el ensayo ¿Será que soy feminista?, una obra donde se interroga sobre su feminismo y lo que eso significa en un continente tan patriarcal como América Latina.
Confinada en Bogotá, donde vive, Guillermoprieto (Ciudad de México, 1948) habla con Efe desde su apartamento sobre la pandemia de la COVID-19, de su temor a que las conquistas de las mujeres den un paso atrás, de la ética del feminismo y de cómo cree que saldremos de esta crisis: “Vamos a seguir siendo los mismos seres humanos que fuimos hace cien años y que éramos hace tres meses”, explica.
—¿Cómo está viviendo esta situación?
—Lo primero es que los países del sur son muy diferentes a los países del norte y que, por más lazos que unan a España con América Latina, aquí los gobiernos que están tratando de seguir el modelo europeo de abrir de a poco y mantener una cuarentena se enfrentan a un enemigo mucho más poderoso, que es la pobreza infinita de un gran sector de la población, así que lo más desgarrador de todo esto es que tanto los gobiernos como las personas se enfrentan a una disyuntiva imposible, que es o paso hambre o arriesgo la vida, de una manera muy literal. Entonces, me parece que el caos que se anuncia en América Latina, incluso en los países que han tenido mayor organización y seriedad científica, como Colombia, es terrible, y más en países demenciales como en este momento son México y Brasil. Es una tragedia.
—¿Qué opina de la actuación de determinados políticos, como Bolsonaro en Brasil, que resta importancia a esta pandemia, o de otros que aprovechan esta crisis para recortar libertades?
—Es un misterio para mí, y no acabo de entender cómo se juntan los desastres del mundo. Es un misterio, y supongo que así empiezan los desastres, como en la Primera Guerra Mundial y en la Segunda. Hay una situación peligrosísima, en este caso por nuestro abuso de la naturaleza, que se junta con una cantidad de dirigentes incapaces y malévolos, que uno no da realmente crédito de que el azar nos haya jugado esta mala pasada. El azar o un fracaso del capitalismo que ha llevado a formas políticas aberrantes, no sé…
—Las mujeres en esta pandemia están en primera línea y llevan el mayor coste físico y emocional (según un reciente informe de la ONU para América Latina). Son mayoría en el personal de enfermería, de cuidado de mayores y niños, limpieza, cajeras… ¿Qué opina?
—Me parece terrible que, después de que las mujeres hemos dado décadas de lucha para no ser siempre las encargadas de los cuidados, ahora se vuelva a retroceder y sean las encargadas de los cuidados, en el hogar y fuera de él. Luchamos por que la doble jornada no existiera más, y ahora en casa todas las mujeres están haciendo triple jornada, porque les toca encargarse de su jornada laboral normal, de tratar de mantenerla, de las tareas del hogar (los hombres más avanzados cooperarán, pero otros nada) y la educación de los hijos. Son tres jornadas las que se juntan, y me parece retroceder en esta cuestión de meses en una situación que ya creíamos superada desde 1960 más o menos.
—Uno de los problemas que conlleva el confinamiento en las casas lo sufren las mujeres víctimas de violencia machista y los menores que sufren maltrato.
—El maltrato es una manifestación específica del machismo en América Latina. No es solo que golpeen o maltraten a la mujer porque soy el macho y tengo derecho a hacerlo, sino porque el hombre siente la obligación machista de resolver todo, de poder con todo, de aportar lo que un hombre debe aportar en el hogar, y al no poder hacerlo esa frustración se la vuelca a la mujer, porque la mujer es como una proyección de todas sus debilidades, y encima de eso el hacinamiento de la pobreza. Yo no dudo que el aumento de la violencia, del cual la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, ha estado muy pendiente, sea terrible, pero ¿cómo resuelves en un país pobre, en medio de todo esto, un problema de milenios?
—¿Este virus puede también llevarse por delante conquistas del feminismo?
—Yo tengo mucho temor de que esto pase. Depende de cómo sea la recuperación económica, si va a ser larga o va a ser corta, y ahí, lamentablemente, entra ese juego espantoso entre un daño económico menor y más muertos, o menos muertos y un daño económico más prolongado. No hay solución, pero el daño no es solo violento y repentino, sino que se prolongará si entramos en una gran depresión. Todo va a ir para atrás obviamente, y la lucha de las mujeres va a ir también. Todo va a ir para atrás.
—¿Cree que hay mucha reacción al progreso del feminismo? ¿Asusta la palabra?
—La creatividad que estaban mostrando las mujeres en México, Argentina, Chile, Colombia y también Brasil ha sido un modelo para las conquistas en otras partes del mundo. Lo que ocurre es que la idea de que el feminismo es una cosa mala es muy difícil de combatir. Hay todavía un rechazo muy intenso a la imagen de la feminista. Por otra parte, con el feminismo es como que la gente descubre ahora que ha estado hablando en prosa toda la vida y no lo sabía. Hemos sido feministas sin saberlo, porque nos tocó, no por bondad o inteligencia nuestra, sino que se desarrollaron las condiciones objetivas para que las mujeres pudieran empezar a abrir los barrotes de la jaula, y ha sido muy conmovedor verlo.
—En su libro ¿Será que soy feminista? (Literatura Random House) habla de la ética feminista. ¿Qué es la ética feminista?
—La ética feminista es una manera de buscar el progreso, no jerárquica, pareja de absoluto respeto, de absoluta igualdad, y de buscar el bien siempre de todes, de todas y de todos. La ética feminista para mí es buscar un mundo equilibrado y no desequilibrar el mundo. Es no dejarse caer en los tentáculos del sectarismo. La ética feminista busca reestructurar todos los sistemas de justicia, empezando por la forma en que una encara las injusticias íntimas, digamos del pensamiento propio. Eso son elementos de la ética feminista. Yo voy escribiendo para mí como voy pensando. No es que me haya sentado para escribir este libro y decir “yo sé donde están las respuestas”, no. Me senté a escribir este libro para buscar las preguntas, que es lo que he hecho toda la vida como reportera, y obviamente, cuando escribí la última página del libro no es que ya las hubiera encontrado. Ahí sigo.
—¿Cómo cree que volveremos a la vida, a la calle, más solidarios, más humanitarios, o no?
—Yo creo que el ser humano no cambia. Vamos a seguir siendo los mismos seres humanos que fuimos hace cien años y que éramos hace tres meses. En mis días optimistas espero que haya quedado muy clara la relación entre el medio ambiente y la enfermedad y la sociedad excesiva y putrefacta en tantos aspectos que vivimos. Espero que seamos capaces de elegir políticos nuevos, de otra estirpe, y que surjan mujeres que sean buenas políticas, que sepan hacerse elegir, que sepan hacer política para llevar a cabo una modificación importante”. Mi visión pesimista, por el contrario, dice que esto va a provocar un populismo maléfico. A medida que la gente se vaya desesperando van a ir saliendo políticos que les digan lo que quieren oír, más autoritarios y además con adaptaciones al sistema de vigilancia chino que usó tanto en Wuhan de seguir milimétricamente la vida de cada persona. Así sí que nos acercaremos al mundo que predijo Orwell en 1984. No sé, pero yo creo que nada cambiará, que el ser humano es el mismo. Hay gente que ahora amenaza a médicos y enfermeras, y hay gente que les está consiguiendo donaciones, dinero y aplaudiendo a diario. Hasta que no salga la vacuna no creo que cambie esto mucho. Después yo cierro mi apartamento y me iré a Europa, a España. Cuando esto se acabé, yo me voy para allá.
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Foto de portada: © Samuel Sanchez, Me gusta leer
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