Resulta delirante digerir las imágenes que nos sirven los informativos y que circulan en las redes sociales sobre los disturbios que se están extendiendo por los Estados Unidos a velocidad de COVID-19. Utilizo ese término porque, tal y como se define en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, lo que está sucediendo parece fruto de una terrible confusión mental caracterizada por alucinaciones. Bien podría decirse que son secuencias extraídas de alguna película de corte apocalíptico o, en el caso de ser reales, hechos que corresponden a latitudes más meridionales.
El cerebro nos dice que no puede ser real y, sin embargo, es.
Es un conflicto no resuelto: el conflicto racial.
Hace no mucho que este cantinero pasó unos días en Detroit, y allí pude constatar que, en efecto, todavía sigue existiendo una nada despreciable distancia entre los derechos que protegen a la población blanca de los del resto de grupos raciales. Viene de lejos. Podría decirse que nacieron con el problema y aún no han sido capaces de encontrar la solución. La igualdad solo existe sobre el papel en una sociedad que pretende ser tolerante y correcta pero que está lejos de superar las barreras excluyentes que supone vivir en un modelo tan estratificado como el norteamericano. Las cifras son esclarecedoras: el colectivo afroamericano representa un 13% del total y, sin embargo, supone un tercio de la población carcelaria y alcanza el 23% de las víctimas mortales a manos de la policía.
El homicidio de George Floyd ha sido el detonante que ha desencadenado la movilización de un sector de la sociedad que ha sentido la rodilla del oficial Chauvin oprimiendo su propio cuello. Las últimas palabras de la víctima, «I can’t breathe», se han convertido en un lema y cada vez son más las voces influyentes dispuestas a gritar contra la represión. Enfrente, la torpe reacción del presidente ha hecho que, lejos de controlar los primeros disturbios callejeros acontecidos en Minneapolis, estos se propaguen por todo el país. Tal es el poder que genera el odio de un idiota con poder. Porque lo que antes era una sospecha generalizada hoy es una verdad indubitable: Donald Trump es un idiota, sí, pero un idiota peligroso. Siempre que abre la boca es para escupir esas bochornosas sentencias que agitan a las masas y provocan que miles de conciudadanos se sumen a las protestas. Particularmente, me resulta imposible comprender que en el país de la meritocracia, donde el que demuestra que vale termina ocupando el lugar que le corresponde, un tipo tan nulo para la política como es Donald Trump sea quien dirija los designios de la nación de naciones con más poder del planeta. Acojona. No quiero ni pensar en lo que podría suceder si el magnate neoyorkino lograra sacar rédito electoral enarbolando la bandera de la ley y el orden y terminara renovando su mandato otros cuatro años.
Que el diablo lo confunda.
Hay que confiar, no obstante, en la cordura del pueblo norteamericano. Porque, si bien han demostrado que son muy capaces de vaciar tiendas de Louis Vuitton en cuestión de minutos —superando nuestro récord obtenido durante las protestas en Cataluña—, también es cierto que conforman una sociedad madura y con mucha memoria. Y recordar es el segundo paso para mejorar. El primero es asumir que necesitan hacerlo, y ese ya lo han dado. Ojalá les sirva —nos sirva— para seguir avanzando.
Para seguir respirando.
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Publicado en El Norte de Castilla
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