El viento trajo las naves, y con ellas llegaron las palabras.
En torno a las carabelas, prendidas como moluscos a los cascos de madera, ondeando en el velamen, aferradas a las anclas y enredadas en los cabos, venían las palabras. Venían de lejos. Hijas de griegos, latinos y árabes, ya eran ricas, antiguas y sabias de muchos siglos; pero ahora procedían de España, de tierras duras y áridas, y se habían moldeado en la fragua de un imperio violento y ambicioso, pulidas como piedras de río mediante golpes y tropiezos, a punta de caricias de lenguas y choques de saliva. Quizás por eso, desde hacía tanto tiempo, las palabras habían deseado lo contrario: ya no lo seco y lo tosco sino la frondosidad, la exuberancia y el canto del agua. Y así eran. Barrocas sin saberlo. Palabras profusas, melodiosas y, más que nada, sonoras. De manera que cuando por fin divisaron las costas desconocidas, las orillas amuralladas de árboles colosales, las playas infinitas de arenas relucientes, las selvas indómitas de fronda tupida y verde (verde, verde, todo el tiempo verde), más esas tierras húmedas y perfumadas, se sintieron, también, a gusto. En casa. Con ganas de quedarse. Entonces cayeron con las anclas. Avanzaron en las palas de los remos. Desembarcaron en las gargantas roncas de sed y oro, en las miradas de codicia, en el brillo de los sables, en las puntas de los hierros y en la pólvora de las armas. Desembarcaron en banderas enarboladas, y en prendas olorosas a sudor y fiebre. Desembarcaron en los relinchos y en los ojos desorbitados de las bestias de trancos temibles, y saltaron de los documentos oficiales, de las cartas de los Reyes, de los libros de la Iglesia. En seguida, con el primer saludo de temor y cautela, procedieron a devorar las palabras de los nativos. Con la ayuda de los ladridos y gruñidos de los mastines, se tragaron lo que salía de aquellas bocas llenas de asombro, llenas de espanto. Absorbieron todo lo que escucharon. Parecían insaciables. Devoraron los nombres, los gritos, los cantos y los sortilegios de la tierra. Decapitaron a los dioses. Atravesaron cordilleras y páramos fantasmales, se tendieron sobre sabanas y planicies, escalaron los peldaños de las pirámides, y sortearon vastos lagos y ríos turbulentos, derrotando con ferocidad y avidez, conquistando los vocablos aborígenes. Al final, asistidas por el fuego y el látigo, de sus fauces chorreaba la sangre de las lenguas indígenas, y con ese banquete crecieron, se multiplicaron y ensancharon. Y aquí se quedaron, en efecto, para siempre.
Después, mucho tiempo después, el viento las llevó de vuelta a su tierra de origen. Ahora venían impresas en hojas de papel, refinadas y chispeantes, cantando en deslumbrantes libros de poesía, y más adelante en novelas frescas y audaces. Eran, y ya no eran, las mismas. Aquí habían madurado; habían bebido de otros dialectos, habían descubierto nuevos giros y matices, habían absorbido las jergas que iban descubriendo en su camino, y recogiendo como una esponja, en el sudor y en la sangre de los esclavos, otras voces, otras lenguas, otros sueños. Regresaban, entonces, más finas y precisas, más ricas y sonoras. Más eficaces. Y todavía más bellas.
Éstas son las palabras del castellano, que viven entre nosotros y que veneramos y celebramos, con razón, cada vez que las pronunciamos.
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Artículo publicado en El Espectador.
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