Foto: Daniel Mordzinski
Bernardo Atxaga escribe parapetado detrás de un muro. Tiene sobre la mesa una serie de objetos que le aíslan simbólicamente del exterior. Son lápices, estilográficas, cuadernos, libros y algún que otro cachivache decorativo que, formando una semicircunferencia alrededor del ordenador, crean esa burbuja de aislamiento de la que tantos autores hablan. Una de las plumas, por cierto, tiende a la evasión. Atxaga la pierde constantemente y, como su ausencia deja al descubierto un flanco de la fortificación, la busca con frenesí. Cuando la encuentra, cierra el círculo de nuevo y se pone a escribir.
Cuando Atxaga viaja, esos objetos le acompañan, y dondequiera que sea que se instale, los coloca en la misma posición que tenían en su casa. En este sentido, se parece a Thomas Mann. Cuando el escritor alemán se exilió a Estados Unidos, ordenó labrar un escritorio idéntico al que usaba en Alemania y, cuando se lo entregaron, lo decoró con los mismos utensilios que manejaba en su antiguo despacho. Sólo así pudo retomar su actividad literaria.
Al vasco le ocurre algo similar. Necesita que un muro invisible se alce ante sus ojos, y si un día decide escribir en una cafetería, se lleva los útiles y los distribuye por la mesa del bar. Si no lo hace, se le crispan los nervios y no atina dos frases seguidas. Es, no me lo negarán, un maniático de tomo y lomo. Uno que siempre usa el mismo latiguillo cuando se refiere a los de su oficio: “Nosotros, los raros”.
Atxaga no tiene un horario laboral, porque se pasa el día creando. La buena acogida de sus libros le permite dedicarse por completo a su vocación y, cuando no está sentado a la mesa, anda divagando sobre lo que escribirá mañana. Dice que a menudo se siente como un sonámbulo, esto es, como alguien que camina con la mente en otro sitio, por ejemplo en un dilema argumental, y no han sido pocas las ocasiones en que sus hijas han tenido que pasarle la mano por delante del rostro para apartarlo de su ensimismamiento. También dice, buscando otro símil, que su actitud en la vida es como la de un conductor que circula de un modo automático, sin procesar la información, dejando que el cuerpo reaccione ante las señales de tráfico mientras la mente anda en otros asuntos.
Ahora bien, hay tres situaciones a las que sí que presta atención. La primera: las adivinanzas. Atxaga pasea a menudo por el pueblo donde vive, Zalduondo, y saca fotos con el móvil. Luego se las envía a sus hijas y les lanza preguntas, por ejemplo “¿qué está haciendo este perro?” o “¿aguantará ese tejado la próxima tormenta?”. Y a continuación retoma su andadura. Así se divierte el autor más despeinado de la literatura norteña: montando historias a partir de detalles y dejando a sus descendientes con la intriga metida en el cuerpo.
La segunda: la muerte. El escritor es consciente de que la vida termina a menudo de un modo abrupto, cuando uno menos se lo espera, a veces sin que podamos concluir los proyectos emprendidos. Y eso preocupa mucho a Atxaga. Le aterroriza abandonar este mundo con una novela a medias y, de vez en cuando, da instrucciones a su mujer, que también es escritora, sobre el modo en que deberá terminar la historia en caso de que él emprenda el gran viaje, o sobre la persona a quien deberá entregársela si él no llega a tiempo para hacerlo. Es, por tanto, un hombre más preocupado por la desaparición de sus personajes que por la suya propia.
Y la tercera: las traducciones. Atxaga es un escritor bilingüe y asegura que eso tiene unas implicaciones tremendas. Sobre todo en lo tocante a la organización del tiempo. Escribe en euskera, y su esposa, Asun Garikano, traslada sus textos al castellano. Luego él revisa el trabajo y, tras introducir algunos cambios, envía el documento a la editorial. Así pues, trabaja en cada novela si bien no dos veces, al menos una y media, y esto resulta tan farragoso que le ha obligado a crear una cadena de montaje en la que él entrega cada noche dos folios a su mujer y ella los traduce al día siguiente, y así una jornada tras otra hasta alcanzar la última página. Es un sistema de producción taylorista, es cierto, pero permite que las novelas de Atxaga lleguen a los lectores de, al menos, dos lenguas oficiales del país. Y eso se lo debemos agradecer.
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La última novela de Bernardo Atxaga es Casas y tumbas (Alfaguara, 2020).
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