“Yo no soy buena persona, yo soy un cabrón. Ya te lo advierto”. Días después de ver en los cines —esos esqueletos de dinosaurio, tan vacíos los unos como los otros— Anatomía de un dandy, sigue resonando en mi cabeza la voz de ultratumba de Francisco Umbral pronunciando estas palabras. Umbral es ese antihéroe que todos queremos y no queremos ser. Así de contradictoria es la realidad.
La historia contada por Charlie Arnáiz y Alberto Ortega es desgarradora, intensa como el mejor de los thrillers, y Francisco Umbral consigue generar ese magnetismo que solo consiguen los más grandes. Cuando él habla con ese vozarrón, los espectadores callan. La muerte del hijo de Umbral es tan desgarradora a efectos de personaje que produce el mismo efecto que la muerte de los padres de Bruce Wayne. Muerto el niño, nace Umbral, y muerto el niño, muere Umbral: ”Solo he vivido cinco años, los que vivió mi hijo”, afirma en otra secuencia. Nuevamente, la realidad contradictoria.
Umbral no tuvo una infancia fácil y tuvo que vivir muy joven la muerte de su madre, “la Greta Garbo”. Ya por aquel entonces miraba el mundo a través del prisma del cinismo de sus grandes e inseparables gafas. Pero la muerte del pequeño Pincho arrasa con todo. El mundo de Umbral no volvió a ser el mismo, como confirma su mujer, María España.
En la película, Umbral muestra su desprecio por la moralina de la época, aquella autoayuda que entonces brindaba el catolicismo y hoy lo hacen los libros sobre cómo alcanzar la felicidad, aquellos que Gustavo Bueno definió simple y llanamente como “basura”. En una anécdota brutal, cuenta cómo cuando subía en el ascensor que le llevaría a la planta en la que su hijo de 5 años estaba ingresado por leucemia, una señora le pregunta qué tal está el niño. Umbral dice que el niño no está bien, y la señora responde:
—Bueno, si es lo que quiere Dios…
A lo que un Umbral colérico respondió:
—Pues vaya mierda de Dios si lo que quiere es que un niño de cinco años sufra minuciosamente hasta su muerte.
Leer Mortal y rosa, el libro que escribió antes y después de la muerte de su hijo, es asomarse a un abismo. Como decía Heráclito, el filósofo presocrático, “por más que camines no podrás encontrar los límites del alma”. Si Umbral no los encontró, estuvo verdaderamente cerca.
Francisco Umbral se convirtió en francotirador tras la muerte de su hijo, en verdugo de sable estilizado. Fusilaba a sus víctimas en su columna diaria y conseguía ganarse el aprecio de todos. Como el matón del colegio, que es un cabrón y todo el mundo le hace la ola o quiere llevarse bien con él. Ese es el efecto Umbral, un magnetismo único.
Al fin y al cabo, para los que nos dedicamos a esto, Umbral es el periodista soñado. Escribe sus columnas sobre lo que le da la real gana, le pagan como es debido, el mundo de la cultura y el famoseo se muere por estar con él y pasa mil y una noches con los quinquis, los exponentes de la movida. Es tan macarra como refinado en su prosa. Todo es una buena fuente de la que beber literatura, materia creadora. Es como César González Ruano y Camilo José Cela, un escritor a tiempo completo, sin descanso. Sus 110 libros y 135.000 artículos de prensa lo avalan.
Elegante y directo contra sus enemigos, a muchos nos hubiera gustado esgrimir aquellas palabras: “Lo bueno de ganar premios literarios es que jodes a los finalistas, a los que conozco bien, y, de paso, te llevas un buen pellizco, que nunca está mal”.
El hombre de la máscara de hierro sucumbe también a Cronos, como pasa con todo mortal, y, caída la máscara, queda solo el hombre. Ese hombre al que, en sus últimos años, nadie se quería acercar en las cenas, como cuenta David Gistau, otra dolorosa ausencia. Los últimos momentos de Umbral muestran toda su fragilidad, como en aquella entrevista con Carlos Dávila, donde se percibe el deje parkinsoniano y una versión del escritor muy alejada de aquel implacable columnista.
Se fue Umbral, y duele ver a Gistau en el documental, otro grande que se fue. Puedo decir, sin vergüenza, que hacía mucho tiempo que no me emocionaba tanto en un cine como con esta maravilla. Todos tenemos un cabrón dentro, y todos tenemos un lado sensible, pero ninguno igualamos el disfraz de Umbral.
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