Lisboa, 1755. Apenas hay que decir nada más, porque en el imaginario del que lee emerge enseguida el recuerdo de aquel terremoto. Resurrecta, la nueva novela de Vic Echegoyen, recoge, como si de una crónica periodística se tratara, los hechos ocurridos aquel terrible día de Todos los Santos en el que el zarpazo de la naturaleza recordó a la humanidad, una vez más, lo vulnerable de su condición.
Vic Echegoyen, autora entre otras, de la celebrada novela La voz y la espada, deja la música y la esgrima y toma la cámara virtual de narrador omnisciente para contarnos, minuto a minuto, las seis horas que transformaron la historia de Lisboa y también la de Europa. Con erudición y agilidad, la novelista teje una red compleja donde el desorden y el horror se mezclan con las diferentes historias de víctimas y supervivientes. El resultado es Resurrecta (Edhasa, 2021) un mural barroco cargado de claroscuros en un pulso narrativo entre la emoción de los actos humanos y la razón de los hechos históricos.
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—Este hecho histórico tan tremendo en el país vecino, con profundas consecuencias en el nuestro, no ha tenido demasiado foco en la literatura española. ¿Cómo se te ocurre la idea de novelar el terremoto de Lisboa?
—La visita que hice a Lisboa cuando cumplí 50 años, en 2019, me deslumbró. Una ciudad indescriptible; un flechazo. Medio año después, la víspera de Todos los Santos, no conseguía dormirme. Tenía una inquietud extraña, así que cogí una libreta y me puse a escribir, y una hora u hora y media después me fui a dormir. Al día siguiente me encontré allí la novela completa. Solo tuve que desarrollar aquel primer esquema del desvelo.
—¿No temías unir un desastre como el terremoto a otro desastre como la pandemia que estamos viviendo ahora?
—Bueno, si he de ser sincera, yo estaba escribiendo otra cosa completamente diferente, pero esta historia, de repente, se me cruzó y fue algo tan profundo, tan definitivo, que con el entusiasmo de la idea casi completa de la historia en la cabeza, en un primer momento, no establecí la conexión. Tan solo al finalizar la novela, cuando le pasé el manuscrito a Penélope, la editora, ella me lo hizo ver, pero la verdad es que no me parece que una situación influya en la otra. “Si a ti no te importa, a mí tampoco”, me dijo. Y sin más, seguimos adelante en la preparación de la edición.
—Una novela coral tan compleja, donde abarcas la narración del terremoto de una manera simultánea, es un artefacto muy difícil de preparar. ¿Cómo era tu casa durante la escritura? ¿Una especie de sucursal de la policía, llena de organigramas y anotaciones en las paredes?
—(Risas) Podría ser, podría ser, porque reconozco que mantener en pie todas aquellas historias que transcurren a la vez en palacios, hospitales, conventos, el puerto, las calles, no era desde luego una tarea fácil, pero he de decir algo que, aunque suene singular, no deja de ser la pura verdad: yo tengo memoria fotográfica, así que me fui a las fuentes y leí cartas y documentos, fui eligiendo o siendo elegida, depende de los casos, por los protagonistas de aquel día que luego aparecerían en la novela. Así que, sabiendo ya quiénes eran todos esos personajes y dónde estaban y qué hacían a según qué horas, fui montando una especie de caleidoscopio narrativo en mi cabeza.
—¿Cómo elegiste a esos personajes?
—Decidí que en mi novela, más que personajes históricos representativos o famosos, aparecerían aquellos que supusieran con su presencia un símbolo. Por allí desfilan la responsabilidad del ministro del rey, la sed de venganza del galeote, la joven que sale en busca de su amado con verdadera desesperación, el político corrupto y oportunista, el médico responsable pero desbordado por la situación, la monja que sale a la calle a ayudar, el arquitecto que se niega a sobrevivir a su obra, el cortesano, el teniente que defiende con sus reclutas el tesoro de Lisboa, el castrato que eleva su voz para compensar con la belleza, aquel horror… En realidad, ellos se eligieron solos; o mejor dicho, me eligieron a mí.
—¿Cuánto has tardado en escribirla?
—Cien días exactamente.
—¿Cómo ha sido la documentación?
—En esta novela me fui documentando sobre la marcha. Es verdad que durante años he leído cosas sobre ese momento de la historia, y además, para hacer aquel viaje a Lisboa me documenté muy bien. Creo que una novela histórica debe servir de alguna manera para abrir las puertas de la curiosidad del lector y que este, si lo desea, pueda acudir a las fuentes. Por eso decidí incluir una bibliografía al final de la novela. Es casi un acto de justicia contribuir a no olvidar los hechos.
—¿Qué has aprendido de esta novela?
—Para mí toda novela que emprendo es un test de Rohrschach; trato de desentrañar el misterio que siempre se esconde en una buena historia, pero en realidad los protagonistas son ellos, los personajes. Yo me limito a ser una médium. Lo único que me entristece, y me ocurre siempre, es que en un punto de la investigación hay que parar y renunciar a seguir inmersa en el proceso de búsqueda y lectura, que para mí es un momento apasionante. Por lo demás, la historia salió como yo quería, y estoy muy satisfecha. Por otro lado, al ser una historia tan dura, tan humana, tan hermosa, de todos los personajes he aprendido algo. Pero destacaría, quizás, el papel de los médicos, que entonces, como ahora, demuestran lo mejor del ser humano. Y la ópera, los cantantes de ópera que defendieron con su vida el espíritu de “el espectáculo tiene que continuar”. Eso lo he vivido desde pequeña en casa, rodeada de artistas y músicos, y claro, me emociona especialmente. Yo diría que los personajes de esta novela son pedazos de ciudad que sobreviven y que gracias a ellos termina sobreviviendo la propia ciudad.
—¿Tienes algún favorito?
—Mi favorito es ese general orondo, magnífico, que en mitad del desastre tiene la lucidez y el coraje como para decidir salvar los Archivos del Reino, el general Da Maia, que he querido que fuera un poco como el director al frente de esta obra coral. Acabo de regresar de Lisboa y he ido a visitar su tumba en San Pedro de Alcántara y a darle las gracias, pues si esos archivos se hubiesen perdido, se habría perdido también con ellos la memoria viva de la ciudad; casi seiscientos años de historia. Se perdió mucho, desde luego, pero aquello sobrevivió y sobrevive. Yo he querido corroborarlo con esta novela.
—¿Daría para una novela la destrucción actual originada por la desmemoria?
—Esa es una buena pregunta, pero te diría que el olvido sí tiene remedio, porque nunca es para siempre. La pérdida física es terrible porque es definitiva. Mientras haya alguien que recuerde, las cosas no se perderán.
—¿Qué debemos aprender de los desastres históricos?
—En este caso la moraleja está en la dedicatoria. Quien lea la novela podrá conocerla y compartirla. O no.
—El manuscrito de Resurrecta tiene 374 páginas. No es casual, ¿verdad?
—¿Cómo has sido capaz de fijarte en eso? Lo hice como un guiño personal, sabiendo que por razones de edición el libro ya maquetado y en papel iba a perder ese simbolismo. De hecho, ha salido a la venta con un total de 500 páginas, más o menos. Pero si, efectivamente, el manuscrito tiene 376 páginas, aproximadamente una por minuto del desastre. Había decido el cálculo desde el principio. A mí me sale así, soy muy organizada, como buena intérprete. (Risas)
—Una novela que ha nacido con suerte…
—Antes fuera que dentro de España. Fíjate, se ha vendido en Italia para la potente editorial Mondadori y también, por supuesto, en Portugal, antes que España. En Portugal sale a tiempo para conmemorar la catástrofe. Para ellos es una especie de vaca sagrada. La edita Suma de Letras, del grupo Penguin Random House.
—Tú nunca estás quieta. ¿Cuáles son tus próximos proyectos?
—Nunca sé qué es lo siguiente que voy a escribir. Tengo fichas de posibles novelas, las presento al editor y elegimos.
—Un escritor me dijo una vez que nadie le había preguntado nunca las razones de su vocación. ¿Por qué escribe Vic Echegoyen?
—Pues en mi caso debe de ser defecto genético de familia. Es natural. Lo llevo en la sangre.
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Reímos las dos. No ha querido decirlo, o no en esta ocasión, pero ya lo digo yo. Vic Echegoyen tiene sangre de escritora, pero no cualquier sangre, pues aunque nació en Madrid proviene de una familia hispano-húngara de artistas y escritores. Ella es nada menos que la sobrina nieta de Sándor Károly Henrik Grosschmied de Mára, más conocido como Sándor Márai. ¿Alguien da más?
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