De ese mismo tono ocre de las gotas de coñac son sus lágrimas, envejecidas por el tiempo. Con idéntica densidad y esa capacidad de derramarse lentas por el rostro. Así es el llanto de José María Álvarez en Música para el funeral de la Libertad.
Aunque este Música para el funeral de la Libertad está marcado por un pesimismo crepuscular que poco tiene que ver con la fuerza arrogante con la que el escritor enfrenta la vida. Hay, en este poemario, versos que comienzan a saber a despedida, que evocan recuerdos de una infancia poderosa y feliz, que, en suma, hacen balance ante un mundo que se desmorona.
Porque esa es la premisa con la que el autor comienza a escribir unos poemas que se fechan entre 2003 y 2020 (aunque la mayoría de ellos estén firmados en los dos últimos años): se posiciona ante un ventanal que, desde su gruta de libros y recuerdos, le muestra un mundo al que ya no pertenece.
Mira Álvarez una realidad ajena, en la que pocas cosas quedan que puedan servirle de estímulo: tal vez una mirada, un cuerpo femenino bañado por el sol del Mar Menor, la Luna siempre como una esfera perfecta… ¿Qué más hay?, parece preguntarse el autor del Museo de Cera. ¿Para qué seguir insistiendo? ¿Por qué no obviar lo que hace indigna a la mirada?
Y en ese hacerse ajeno a todo lo que está fuera, este velatorio hacia uno mismo, hacia esa vivida exprimida intensamente, a todos esos libros robados al olvido en librerías de lance, a lo que se ha amado en carne viva.
La contemplación de la Luna.
Un libro en las manos, lo que sienten
esas manos
Entrar en la mar con los ojos abiertos
Mis dedos cuando acarician
unos muslos esa mano que asciende
en ese mundo, primero su frescor y luego
ese calor y esa humedad de vidaAquel crepúsculo aquella tarde en Amalfi
Aquel cuadro de Velázquez
Un día, contemplando la Laguna al salir de
la Madonna dell’OrtoLa Música, a donde conduce
Y, en fin… La Despedida
Ese momento en que
lugares que amas
momentos que adoras
lo que tanto hizo posible
va alejándoseY no es que ya no los desees
pero qué insoportable
la humillación de los aeropuertos
lo Sagrado convertido
en parques temáticos las necias
prohibiciones que hacen desagradables
sobremesas y placeres
la miseria de nuestro mundo literario
la lobotomía sexual que nos destruye
la devastación de nuestras libertades
todo lo que la gentuza que gobierna
decide desde su indigencia
intelectual y su vilezaEse momento
cuando uno se da cuenta
de que ya puede decir “Despide a Alejandría”
como en el poema de Kavafis y
que lo único
que ya cabe esperar
es poder acompañarlo
de su “Como quien digno ha sido
de tal ciudad”
Un testamento en verso
Dice Abelardo Linares en la contracubierta de Música para el funeral de la libertad que este libro es “uno de los primeros libros mayores del aún literariamente indeciso siglo XXI”. Yo no sé si es cierto (tampoco creo que al poeta le importe apenas nada), pero sí hay algo claro: Álvarez sigue escribiendo un testamento para aquellos que han comprendido su imaginario y que, de algún modo, conciben la vida del modo que él va dictando en sus poemas.
Ese vigor con el que rechazar lo indigno, la pleitesía a la belleza y el disfrute, el modo en el que se aceleran las pulsaciones tras una página magistral de algún maestro, la música inmortal que eleva el alma… Por eso hay un ejército de devotos que reciben cada libro como un Evangelio en verso, cuyo ánimo coincide con el del poeta, que desolado por lo que ocurre fuera de los muros de su templo, cierra las puertas de su Villa Gracia, su París, de su Venecia, y se engrandece dentro de cada VIEJA CASA:
En el filo de la tarde.
Cuando los ojos parecen
atravesar los cielos.
Y es otra vez Verano,
y tú paseas
por una orilla que ya es otra,
pero donde resplandece la misma mar.
Y en este atardecerSí, era ahí. Fue
ahí.
Aquella casa
que para ti fue el Paraíso.
Hoy es un hueco; tierra, ladrillos rotos,
bolsas de plástico y latas de
cerveza. Y menos mal que algunos gatos
dan gloria a ese vacío.
Pero yo aún veo aquellos blancos muros
que ardían de sol, las ventanas azules, el sonar
del viento en los toldos del Verano, y ahí, en las aguas
en esa playa donde brillan los balnearios,
nuestro barco, velándose ya por el crepúsculo.
Sí, ahí estás. Estamos.
Y siento viva como entonces
la alegría que yo era,
con la que contemplaba
todo esto
cuando el mundo era sólo eses pasado de oro.
—————————————
Autor: José María Álvarez. Título: Música para el funeral de la libertad. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros.
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