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Zona de penumbra

Zona de penumbra

He aquí un interesante libro que añadir a la normalización de lo fantástico entre nosotros. He señalado en alguna ocasión que los largos años del nacionalcatolicismo sacaron lo fantástico del canon literario, pero que ya desde finales de los años 60 las cosas habían comenzado a cambiar, pues en el año 1969 el crítico de cine y guionista José Luis Guarner publicó una memorable Antología de la literatura fantástica española que arrancaba con el Amadís de Gaula y El brujo postergado y terminaba con El vampiro de Pratdip de Joan —entonces Juan— Perucho, presentando un abundante panorama fantástico de nuestra literatura… Con el fin de la dictadura franquista, dicha normalización del tema penetró cada vez más en el mundo editorial y académico, y en el caso de Ana Casas y David Roas se ha mostrado en su interés continuo por la investigación del asunto, que en Roas se ha desarrollado además en el aspecto creador, con varios libros propios de cuentos y microrrelatos.

Zona de penumbra, tras un sustancioso prólogo, recoge once cuentos significativos de lo que fue la literatura fantástica en España en esas cuatro décadas. El prólogo, muy interesante para conocer el desarrollo de lo fantástico en aquellos tiempos, está dividido en cinco partes, tras una introducción en la que se señala cómo lo que llamamos “fantástico” nace en España con el Romanticismo, sobre todo en el cuento y con la prensa periódica como sistema difusor y que, tras un inicio en el que predomina lo legendario, recibe las decisivas influencias de E. T. A. Hoffmann y de Edgar Allan Poe, aunque el Fin de Siglo traerá “el empeño renovador del Modernismo”.

"El prólogo introduce el tema de lo grotesco, donde la risa y el horror se combinan, pero donde no juega lo imposible, propio de lo fantástico, sino la deformación de lo real"

La influencia de Edgar Allan Poe —traducido en España a partir de 1858— se analizará en la primera parte del prólogo, haciendo notar “la intensificación de la cotidianidad, la presencia de lo macabro y el recurso al cientifismo”. La segunda parte del prólogo hablará de “la fusión de lo sobrenatural y lo inconsciente”, sustituyendo los elementos exteriores —“fantasmas, vampiros, monstruos”— por “sueños, delirios, locura, desdoblamiento, influencia magnética…” que tienen que ver mucho con los logros de la psiquiatría, y donde Guy de Maupassant fue un indudable maestro. La tercera parte nos recuerda las influencias del esoterismo y del ocultismo en ciertas perspectivas modernistas. El “cuento fantástico de base legendaria y folklórica” será analizado en la cuarta parte, apuntando cómo en el cambio de siglo “abundan también los relatos fantásticos… basados en lo legendario” aunque “con divergencias notables con respecto al cuento legendario romántico”, entre ellas “la estetización del mal y la exploración de lo monstruoso”. Por último, el prólogo introduce el tema de lo grotesco, donde la risa y el horror se combinan, pero donde no juega lo imposible, propio de lo fantástico, sino la deformación de lo real, para “provocar la risa del lector” e impresionarlo negativamente… por “el carácter monstruoso, macabro, o… repugnante de los seres y situaciones representados”.

En el primero de los cuentos, El doctor Centurias (1887), de Salvador Rueda, el doctor, rodeado de las ánimas cadavéricas de otros científicos, intentará dar forma al producto capaz de lograr la inmortalidad, mientras se complica la discusión y el enfrentamiento entre las citadas ánimas… A continuación, La vida cerebral (1891), de Justo Sanjurjo y López de Gómara, nos contará la historia de otro científico, el doctor Charcot, considerado como brujo en la localidad en que reside, y los resultados de sus experimentos con la cabeza de un siniestro delincuente asesino que ha conseguido mantener viva. La cabeza es también el tema central del siguiente cuento, ¿Dónde está mi cabeza? (1892), de Benito Pérez Galdós, que es lo que se pregunta un hombre que la ha perdido y que anda en su busca… El talismán (1894) —una pequeña raíz de mandrágora— de Emilia Pardo Bazán, da continua buena suerte a su propietario hasta determinado momento… Rosarito (1895), de Ramón María del Valle Inclán, nos presenta a un misterioso libertino, don Miguel de Montenegro, en un inesperado regreso del exilio al que asiste la niña Rosarito, personaje decisivo en la historia. Médium (1899), de Pío Baroja, es el siguiente cuento, en el que Ángeles, la hermana de uno de los dos jóvenes amigos del relato, tiene ciertos poderes misteriosos y horripilantes, y le sigue Los buitres (1908), de Ángeles Vicente, en el que otro doctor, que según dice “hace lo que quiere con la materia” conduce a los alumnos a su laboratorio para, mediante una operación, demostrarles que el espíritu es adaptable a cualquier cosa… En El que se enterró (1908), de Miguel de Unamuno, el personaje central cuenta a un amigo cómo, “enfermo de terror”, invocó a la muerte, apareció su doble, y luego se produjo un asombroso suceso. En La máscara del dominó negro (1910), de Miguel Sawa, que es el cuento presentado a continuación, se relata un encuentro del narrador, en una fiesta, con una mujer que sufre mucho frío y que le cuenta su terrible historia. Fantasmagórica (de las memorias de un neurasténico) (1910), de Antonio de Hoyos y Vinent, es el penúltimo cuento, y en él, al hilo del recuerdo de un espectáculo parisino de amor y traición, el narrador recupera de repente la memoria de la hermosa Rosario/Rosita, de su ridículo marido, de la relación del narrador con ella, de su descubrimiento por el marido y de los extraños sucesos mortíferos que tienen lugar a continuación. Cierra la antología El hombre de la barba negra (1930), de Eduardo Zamacois, en el que un sueño premonitorio ha mostrado un personaje y su maléfica intervención.

"Un libro que profundiza en un tema demasiado marginado durante muchos años por los estudiosos"

Aunque no todos los cuentos tienen la misma calidad dramática, pues El doctor Centurias o Rosarito están rematados con demasiada oscuridad, e incluso alguno no llegó a terminarse por el autor —¿Dónde está mi cabeza?— hay otros realmente excelentes, como La vida cerebral, El talismán, El que se enterróuna sorprendente iluminación del tema del doble en nuestra historia literaria—, La máscara del dominó negro, El hombre de la barba negra… y sin duda todos son muy apropiados para lo que los antólogos han expuesto en el prólogo: la intensificación de la cotidianidad, la presencia de lo macabro y el recurso al cientifismo; el empeño renovador del Modernismo; la fusión de lo sobrenatural y lo inconsciente; la aparición de sueños, delirios, locura, desdoblamiento, influencia magnética; la estetización del mal y la exploración de lo monstruoso, y todos los aspectos que van a ir marcando la evolución del género fantástico hasta nuestros días.

En definitiva, un libro que profundiza en un tema demasiado marginado durante muchos años por los estudiosos, en el país en que se tradujo por primera vez el Calila y Dimna o se escribieron en el Siglo de Oro El mágico prodigioso o El diablo cojuelo

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VV.AA. Edición y prólogo: Ana Casas y David Roas. Título: Zona de penumbra: Antología del cuento fantástico en el Fin de Siglo y el Modernismo. Editorial: Eolas. Venta: Todos tus libros, Amazon y Casa del Libro.

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