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La vida extraordinaria, de Tenconi Blanco

La vida extraordinaria, de Tenconi Blanco

La opinión es el escalón más bajo del conocimiento y lo que sigue es mi opinión, burda y trivial, subjetiva y desgarbada. Palabrejas tarambanas acerca del remolino que me provocó La vida extraordinaria, obra que Tenconi Blanco escribió y dirige en Timbre 4, un lindo teatro en el barrio de Boedo, Barletta, Artl y Castelnuovo. Y es que yo me las hubiera llevado a las dos a mi casa. Que no pararan nunca, que no acabara, que siguieran haciéndome olvidar de todo. Y de nada. Que siguieran haciéndome pensar, y sufrir, y emocionar; sorprendiéndome, dejándome sin aliento, resucitándome el ánima. Que siguieran obligándome a seguir creyendo en que la puta que vale la pena estar viva. Todavía. A pesar de todo. A pesar de las mascarillas que inundaban la sala de teatro y nos veíamos todos como espectros, como imbéciles, como quien ignora que la muerte llega más temprano que tarde. Más tarde que temprano. Mascarillas negras, blancas, amarillas; mascarillas resaca del absurdo que nos hicieron vivir durante dos años los animales de la OMS, su séquito de expertos en alarmar al ñudo, a quienes no se les ocurrió investigar un poquito antes de hablar, de existir, antes de entrar en pánico, de cerrar un planeta y una pena porque vaya a saber cuánta gente murió de protocolos inútiles, de miedo, de desesperanza, de locura.

Pero estas chicas me hicieron reír. Y llorar. Y yo me las hubiera llevado a casa a Blanca y a Aurora, Fierro la una, Cruz la otra, una suerte de homenaje que el autor ofrece al poema de José Hernández. Me las hubiera llevado por el despliegue tremebundo, sus actuaciones descollantes, sus voces y estallidos, el alma que le ponen, el manejo de los cuerpos, las intensidades de las energías, la chifladura bendita que se dejan pasar durante dos horas sobre el escenario. Insondable. Inexorable. De otro planeta. Las dos. Valeria Lois. Lorena Vega. Y viceversa. Qué las parió… Y el texto maravilloso que les permite hacer lo que hacen, danzar sobre las palabras, jugar a fondo, como decía Pavlovsky, exprimir hasta decir basta todas sus posibilidades. Divertirse. Salvarse. Refugiarse, y darnos refugio a nosotros.

El texto de La vida extraordinaria es excelente. Y la estructura. Y la música. Tenconi Blanco nos va contando los divagues exquisitos que se le ocurren de diferentes maneras, como un collage, un popurrí, un cadáver exquisito, valga la redundancia. Y logra eso, que uno no sepa lo que sigue pero siga en esperes. Con atención. Con ansiedad. Todo el tiempo. Estas actrices, este director y dramaturgo hacen que la vida, al menos por ese rato, merezca la pena. Lo hacen hablándonos de la vida y de la muerte, del monstruo del amor, del sentido, del sinsentido, de la paradoja y de la ciencia, del milagro de estar vivos, uno, no alguien más, uno en singular. Nos hace pensar acerca de todo lo que tuvo que pasar a lo largo de millones de años para que esa célula única, irrepetible, ocurriera. Y la calamidad de enamorarse. Y de divorciarse. De parir y de no parir. De casarse y de quedarse solo.

A través de cartas, poemas a público, monólogos, música en vivo interpretada también divinamente, a través de escenas entre estas dos amigas cuarentonas que se conocen desde la infancia nos vamos sumergiendo en un túnel del que al final cuesta salir. Volver. Aceptar que todo concluye. Semejante banquete de buen teatro, que escasea, especie en extinción. Antes de ingresar a la sala un muchacho nos previno que fuéramos al baño porque la obra duraba dos horas. Casi me muero. Casi me escapo, pero la recomendación venía de buena fuente. Fui al baño y me aguanté. Maula. Sentada bien cerca de la salida por si las moscas. Y ahí quedé. Pasmada hasta el final. Escuchando los aplausos. Observando la sala llena de fantasmas embarbijados que se iban parando de a poco. Uno a uno. Dos a dos. Cinco a cuatro. Celebraban con chiflidos y todo. Con alegría. Con agradecimiento, y ellas dos lo mismo. La gratitud les desbordaba los ojos, la sonrisa, la existencia. Hasta que el muchacho me pidió que me moviera, que salían primero los de las primeras filas, por esto de los protocolos inútiles. Por esto de la idiota realidad. Como dice el maestro Bartís, pueden venir por lo que quieran, pero lo que nos apasiona nadie nos lo puede quitar, ni siquiera la bruta realidad. Gracias Lorena. Gracias Valeria. Gracias Tenconi. Músicos. Teatro. No se me mueran nunca.

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