Leer El naranjo permite comprender de un modo gozoso y a simple vista (el libro no llega a las 20 palabras, casi todas onomatopeyas repetidas) las claves de la obra de Andrea Antinori, uno de los artistas jóvenes más interesantes del panorama contemporáneo. Culto y ligero (interesado por el arte —Gilgamesh, Ensor…—, por el jazz, ilustrador de clásicos italianos —Calvino, Rodari…—, y creador de obras propias ajenas a toda pompa), Antinori dibuja con regocijo, sus figuras son plásticas, risueñas, de aspecto sencillo y vibrante. Trabaja con pocos colores, planos y bien mezclados, imita el trazado infantil, quizás porque su espíritu mantiene la ductilidad de los niños (una desvergüenza absoluta, un desparpajo capaz de dibujarlo todo y disfrutar con ello). Los dibujos de Antinori suelen presentarse “haciéndose”, como si el lector pudiera verlos crecer, de ahí que parezcan extraordinariamente vivos, dotados de esa “naturalidad” con la que volaban, por ejemplo, los ángeles de Giotto.
Todo ello se aprecia en El naranjo, donde este arte de viveza de los dibujos se transfiere también a la trama. Esta es sencilla, como no puede ser de otra forma. Un juvenil naranjo al que vemos nacer en las primeras páginas (sobre un fondo blanco impoluto restalla el color) decide tomarse venganza de aquéllos que lo merman (los pájaros que pican sus frutos, el jardinero que poda sus ramas, la oruga que masca sus hojas, el perro que orina en su tronco…). El lector comprobará cómo el árbol “toma vida” (lo que ya anunciaban el color y el trazo se dibuja ahora, de repente, como rostro en la corteza), se desatan las raíces y el naranjo puede echarse a correr. A partir de ahí comienza el disparate, la gracia del “hacerse la historia” de nuevo ante los ojos que la siguen página a página: una persecución de cine mudo donde el naranjo es capaz de saltar sobre un transatlántico o subirse a un avión huyendo de la policía.
Como ocurre en la vida, siempre hay un nuevo empezar. El final vuelve a presentar un principio, de nuevo la posibilidad de “volver a hacerse”. Es la principal lección que nos ofrece la imaginación de Andrea Antinori: la dimensión alegre de la vida es la de una fe carnavalesca, siempre viva y en movimiento, la fe en un continuo renacer y muda de las formas.
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Autor: Andrea Antinori. Traductora: Aina S. Erice. Título: El naranjo. Editorial: A Fin de Cuentos. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
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