Pablo Gutiérrez ha escrito una novela coral, La tercera clase, en la que unos chavales de baja extracción social descubren eso que los adultos llaman realidad. Pero lo hacen en un poblado de la costa andaluza, La Broa, en el que el tráfico de drogas domina la economía local. Los esfuerzos de los padres y profesores por apartarlos del mal camino chocará frontalmente con la llamada de la delincuencia.
Pablo Gutiérrez explica en este ‘Making of’ el origen de La tercera clase (La navaja suiza).
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Volvíamos conduciendo por la carretera de Lebrija, los niños dormidos, la radio apagada. Mi mujer y yo hablábamos de cualquier cosa vagamente innecesaria, había sido un día muy largo y mirábamos con envidia a los pequeños por el retrovisor, la placidez con la que se rinden y abandonan, la confianza. El sol recién se había puesto sobre el horizonte, bajamos una vaguada y fue entonces cuando descubrimos el cielo de poniente.
De alguna manera, y a pesar de los campos cultivados y del destello de los coches que venían en el curso contrario, todo resultaba iniciático, primitivo, extenso. Hace mil años la caída del sol desprendería los mismos colores después del barrido del viento del norte, igual que hace dos mil años, y hace cinco mil, y veinte mil y cien mil más. La marisma que atravesábamos fue un enorme lago, el Lacus Ligustinos del que hablaba Avieno en su Ora marítima, estuario del reino de Tartessos que llevaba las aguas saladas hasta la cornisa de Sevilla. Imaginé que rodábamos por el fondo de ese lago inmenso, abierto al mar, en cuyas orillas vivió la civilización más enigmática del sur de Europa, con la sensación de emprender un viaje subacuático.
Una novela, cualquier novela, exige un escenario, una voz y unos personajes. Mis personajes de La tercera clase son mundanos. No tienen grandes sueños, tampoco buenas palabras. Uno de ellos dirá de sí que son como cangrejos atrapados en un cubo de plástico, duros y hostiles, intentando escapar, resbalando por los bordes, equivocándose y repitiendo lo mismo.
Aún no sé si entendí bien a mis personajes, quise retirarme un poco y dejar que hablaran entre ellos, yo observando sin llegar a demasiadas conclusiones. La voz, procuré, debía ser la suya. El escenario, sin embargo, lo elegí a conciencia: el Bajo Guadalquivir, la desembocadura, los pueblos ribereños, la orilla contraria a Doñana, los pinares a los que Caballero Bonald llamó Argónida. Tierra hermosa y extraña, las marismas insalubres, los vientos, la leyenda de algún naufragio. Basta con dejar ahí a los personajes para que ocurran cosas. A veces, cosas felices, con vino de la comarca y pescado frito; otras veces, no tanto.
Estrabón habló de un enigmático santuario al que acudían peregrinos de lugares lejanos, Luciferi fanum, el Templo de la Luz Dudosa, Lux dubia, donde se celebrarían extraños cultos prerromanos. Probablemente los peregrinos adorarían a Astarté, una derivación de la diosa Ishtar o de Tanit; o incluso de la diosa egipcia Isis, que llevaba en brazos a su hijo Horus. No se han encontrado restos arqueológicos que lo atestigüen, pero de alguna manera esos cultos orgiásticos en torno a la figura de una diosa madre permanecieron durante milenios, y siguen existiendo. Apenas a unos kilómetros de aquel Luciferi fanum, se celebra cada año la romería más famosa del mundo, sin que los romeros (borrachos e impíos o muy devotos) sepan que lo que ocurre bajo el cielo mutante no es sino una réplica de lo que otros ya hicieron. Con otros nombres, otras ropas, otros vinos y otros idiomas, pero idénticos. Igual esta novela quiso ser una réplica (de mala factura, una copia de yeso) de otras novelas mejores.
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Autor: Pablo Gutiérrez. Título: La tercera clase. Editorial: La Navaja Suiza. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
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