Para mí es un misterio que nunca me encuentre a un escritor en una biblioteca pública. Allí está su trabajo, obviamente, que es como una embajada o delegación de su figura; y están a veces ellos mismos, dando una charla. Pero voy dos o tres veces por semana a una biblioteca pública del centro de Madrid —ciudad con una población de escritores superior quizá a la de bibliotecarios— y nunca he visto por allí a un escritor. Llevo décadas visitando bibliotecas por toda la ciudad, en busca de este o aquel libro, y no recuerdo una sola vez en la que me diera de bruces con un colega, ya sea un novelista amigo, uno al que conozco de lejos u otro cuya cara identifico por haberla visto en fotografía, en un periódico.
He acabado pensando que voy a las bibliotecas públicas animado por el hecho de que allí no veré nunca a un escritor.
Sin embargo, el misterio se expande, casi se vuelve cancerígeno, cuando caemos en la cuenta de que los escritores nunca hablan de las bibliotecas públicas en las entrevistas. Hablan de muchas cosas, pero no de las bibliotecas. Mencionan, de hecho con frecuencia, las librerías. Si uno atiende exclusivamente a lo que dicen los escritores, parece que la única forma de leer un libro es comprándolo, espejismo mercantil que quizá promueven por el más evidente de los motivos.
Los libreros, para los escritores, son maravillosos; y las librerías, templos del saber. Leer, entonces, supone siempre un desembolso; y, lo que es peor, una elección fatal.
Yo no puedo entender la lectura libre sin la existencia de las bibliotecas públicas, que es el lugar donde se da el intercambio más puro entre los lectores y los libros. A saber: cuando alguien entra en una biblioteca, quiere leer. Sin embargo, cuando alguien entra en una librería, lo que quiere, en rigor, es comprar.
Puede razonarse que no hay diferencia alguna entre hacerse con un ejemplar de La muerte del padre, de Karl Ove Knausgaard, en la librería La Central y conseguirlo en la Biblioteca Central, pero lo cierto es que el lector que compra el libro será capaz de aburrirse durante más tiempo que el que lo tomó prestado de la biblioteca. Aquel que ha pagado 20 o 30 euros por un libro corre siempre el riesgo de tener que leérselo hasta el final. El usuario de una biblioteca pública no.
Esto es así porque uno no toma prestados de la biblioteca los libros que quiere leer, sino los libros que quiere saber si quiere leer, como esa gente que compra ropa sin probársela porque sólo puede reconocer si le queda bien poniéndosela en su propia casa. Yo muchas veces me llevo una novela y la hojeo tranquilamente en mi domicilio, y en diez minutos comprendo que no me interesa. Al día siguiente, aprovechando un paseo, la devuelvo. Si la bibliotecaria que me atiende es la misma que me gestionó el préstamo el día anterior, leo en su mirada cierta reprobación: “En un solo día tú no te has leído Una casa para señor Biswas, majo; me estás haciendo trabajar a lo tonto.”
Sin lugar a dudas, hago trabajar mucho a lo tonto a las bibliotecarias, pues para mí ir a la biblioteca se ha convertido en un vicio. En estos últimos meses, en que he leído muy poco, desencantado de la ficción tal vez ya debido a la edad, he ido más que nunca. Así, tomo en préstamo tres libros de seiscientas páginas cada uno un martes y los devuelvo, sin apenas abrirlos, un jueves.
Mi fanatismo por la biblioteca llega a tal punto que pocas cosas despiertan mi aversión hacia una persona como el hecho de que no devuelva los libros a tiempo. Cada día que un amigo tiene en casa un libro pasado de fecha, recibe un mail por mi parte pidiéndole que libere al rehén cuanto antes. El libro de biblioteca es el oro de todos, riqueza en anarquía, democracia. Cuando alguien se queda un libro de biblioteca en casa, pareciera que reivindicara la propiedad privada y el robo, la desigualdad social y la corrupción. Y solo es un librito de 17 euros, sí. Pero es nuestro librito de 17 euros, el libro del pueblo.
Los escritores que mencionaba más arriba, los que no van nunca a las bibliotecas, son los que suelen denunciar en sus columnas o perfiles en redes sociales que se ha reducido el presupuesto para estos centros, y que ya no adquieren libros. Obviamente no tienen ni idea de lo que dicen. Si visitaran las bibliotecas, verían que no paran de llegar novedades, incluso demasiadas (nunca entenderé por qué una biblioteca pública tiene que comprar el libro de un programa de televisión, sin ir más lejos).
La reducción del presupuesto afecta sobre todo a la compra de periódicos y revistas, y a la gestión de la propia sede bibliotecaria, que muchas veces no tiene clavos para clavar los cuadros de una exposición, y no veas lo difícil que es conseguir que la administración se pague unos clavos.
El peligro que corren las bibliotecas no tiene que ver con el presupuesto —a fin de cuentas, yo leo muchos libros de biblioteca que llevan allí esperándome dos, tres y hasta cuatro décadas, de modo que libros nunca van a faltar—, sino con el hecho de que nos olvidemos de que esos edificios los hemos construido para guardar y ofrecer libros.
Desde mediados de los noventa, las bibliotecas de Madrid empezaron a hacer hueco en sus instalaciones a estanterías llenas de DVDs y Cds, y hasta alguna biblioteca en concreto se vació de libros y se convirtió exclusivamente en videoclub. Hay que negarse a que un solo libro en el mundo no tenga sitio en una biblioteca por culpa de la quinta entrega de la saga de Harry Potter. Llámenme retrógrado.
Sin embargo, el otro día en mi biblioteca habitual vi a una señora devolver un DVD y me di cuenta de lo anticuado que era ya esa escena. Señora, ¡el DVD ha muerto!
Y fue entonces cuando me vine arriba y vi venir la resurrección de las bibliotecas, el triunfo inopinado del papel, pues todos esos estantes feísimos llenos de círculos de plástico, en diez, veinte o treinta años, carecerán de utilidad alguna, dado que toda la música y todas las películas estarán disponibles en Internet —como de hecho están ya ahora—, de modo que tendrán que retirar los estantes de DVDs y Cds y barrer el suelo, y colocar algo sobre esa superficie ahora despejada y, quién sabe, quizá sean libros lo que coloquen; un buen montón de libros.
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