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Retrato de las dos Españas

Retrato de las dos Españas

Con Santander, 1936, Álvaro Pombo (Santander, 1939) regresa a la editorial más afín a su trayectoria literaria, un espacio natural donde vio la luz un gran número de obras fundamentales para la narrativa del último medio siglo, con El héroe de las mansardas de Mansard (1983), El metro del platino iridiado (1990), Donde las mujeres (1996) y La cuadratura del círculo (1999) como ejemplos de ingenio, elocuencia y disposición, o esa pieza de orfebrería melancólica tan escasamente reconocida como es Aparición del eterno femenino contada por S. M. el Rey (1993). Si en esta última, la novela del infatigable charlatán Ceporro, la historia transcurría durante la Segunda Guerra mundial, la que ahora nos ocupa se centra en los momentos precedentes a la Guerra Civil Española y en los inmediatamente inmersos en el inicio de un drama que todavía colea a estas alturas de la historia reciente española, y si no que se lo pregunten a Ignacio Martínez de Pisón, que acaba de entregar con Castillos de fuego (Seix Barral) su mirada al Madrid postbélico (1939-1945) y se aúna en ambición, excelencia y rigor histórico con la novela del maestro Pombo, al que ya echábamos de menos.

"No se cae en la exageración si se desliza que la suya es una prosa con querencia melódica, que por eso es también poeta el santanderino"

Pombo sigue siendo un eslabón perdido de difícil filiación genética en lo que concierne a sus modos narrativos, próximos a un realismo subjetivo en lo que lo filosófico entronca con lo cotidiano, donde los diálogos conjugan la naturalidad de los personajes humildes con las exigencias de una prosa meditabunda bien armada, acorde a otros tantos personajes de mayor calado intelectual. Lo alto y lo bajo bien medido y mejor resuelto. Un poco haciendo suyas aquellas palabras de Albert Camus, cuando aseguraba que “la nobleza del oficio de escritor radica en la resistencia a la opresión, por tanto en la aceptación de la soledad”. Aquí léase opresión como cualquier forma de ser infiel a los principios que le son propios a uno. Con esas, la soledad se le supone.

"Tal vez gran parte de ese apego a la oralidad tenga que ver con el hecho de que empezara hace décadas a dictar sus novelas porque se dormía escribiéndolas"

Siempre he pensado que en los libros de Álvaro Pombo faltaba música; música de discos, entiéndase, aunque aquí se da cita a los conciertos de clarinete de Brahms. Pero esa carencia se compensa con la música que nace de su prosodia, del gesto de enlazar palabras con gracia y tiento. No se cae en la exageración si se desliza que la suya es una prosa con querencia melódica, que por eso es también poeta el santanderino. Con ese pentagrama alfabetizado, el autor de La fortuna de Matilda Turpin regresa a los lugares, las estrategias narrativas y temas que le son afines, desde los juegos verbales, al psicologismo, desde la política a la sentimentalidad adolescente, de la religión al sexo ascético, sin olvidar el pensamiento paradójico o los asuntos familiares muy cercanos a su propia biografía, con el retrato prebélico de la alta burguesía cántabra (de El Sardinero a La Concha) seguido muy de cerca también en esta ocasión, sobre todo cuando las fiebres del conflicto político se trasladan puertas adentro y se conviertan en asunto doméstico con el desentendimiento entre padre e hijo, entre don Cayo Pombo Ybarra y Alvarín Pombo Caller (tío carnal del escritor) en el avance de aquel fatídico año de 1936, que a la sazón contaba con diecinueve años de edad. Álvaro —Alvarito no lleva bien eso del diminutivo— se afilia a la Falange de su admirado José Antonio Primo de Rivera, para disgusto de su agnóstico y republicano padre, seguidor de Manuel Azaña, para más señas. La madre, la célebre Ana Caller Donesteve, la Ana de Pombo que triunfa en la moda parisina, también aparece en la ficción, sobre todo desde las epístolas que se cruza con su fervoroso hijo, antes y después de que a nuestro protagonista lo apresen y lo encarcelen junto a su maestro Wences en el Alfonso Pérez, el buque-prisión (el barco de la portada) que se encuentra fondeado frente a la costa de Santander. Pombo habla de él como “un carguero desfuncionalizado, convertido en un daguerrotipo melancólico”. Y ocurrió lo peor que podía pasar entre la Izquierda y la Derecha: se llegó a las manos.

Pombo lo cuenta todo como sabe, con el oído muy afinado a las voces de la calle y ese aire metafísico que no le ha abandonado desde sus Relatos sobre la falta de sustancia (1977), pero en esta ocasión el buceo está más cerca de quien pudiera ser el escritor que firma la novela, dado que la artimaña ficcional le sirve al autor para rastrear su propia identidad. Tal vez gran parte de ese apego a la oralidad tenga que ver con el hecho de que empezara hace décadas a dictar sus novelas porque se dormía escribiéndolas. De ahí que el oído se haga fundamental, el que recoge los ecos de las calles y el que sale de su mecanismo relator que transcribe Iñaki Laguna Aparicio. Esta vez el resultado, dentro de una cuidadísima oralidad que no está al alcance de cualquiera, le ha servido para radiografiar a modo de crónica lo que de derrumbe tienen las familias repletas de nuevos ricos venidos a menos, sin parentesco hidalgo ni aristocrático, pero con el ímpetu de la burguesía que todo lo apuesta a la soberbia del emprendedor, muy en la línea thomasmanniana de los Buddenbrook. Luego pasó lo del bombardeo. Léanlo y recuerden lo que hubo antes de Guernica. El narrador lo cuenta para que aquel envenenamiento melancólico resuene en sus lectores y no olviden. Pombo ha vuelto, y de qué manera.

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Autor: Álvaro Pombo. Título: Santander, 1936. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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