(basado en hechos reales)
Como el caniche enano de mi amigo Alpha (no voy a dar nombres) llevaba semanas quejándose por las esquinas y ningún veterinario daba con lo que tenía, una vecina le aconsejó llevarlo al mismo tipo que había tratado a su gata de una invasión de parásitos intestinales. La especialidad del veterinario en cuestión era la homeopatía, las terapias holísticas y las dietas naturales para mascotas. Así que, sin nada que perder, al día siguiente Alpha se presentó con su caniche enano en la clínica Beta, donde el can, nada más ver al veterinario Omega, se puso a menear la cola como si estuviese ante el mismísimo César Millán, el famoso entrenador de amos, más que de perros. Tras un somero reconocimiento del caniche (jalonado de innumerables alabanzas hacia su raza), el veterinario concluyó que tenía dañado el disco intervertebral, por lo que consideraba que la electro-acupuntura era el tratamiento más adecuado. Alpha le dijo que lo del disco intervertebral ya lo habían sugerido antes otros veterinarios, pero que no acababan de verlo claro, a lo que Omega respondió que no se preocupase, que con tres o cuatro sesiones de electro-acupuntura y un ramo de flores de Bach, el perro quedaría como nuevo. Le dijo también que el caniche tenía una pata más corta que las otras y que eso podía ser la causa de todo, la raíz del problema. A Alpha el veterinario le pareció un charlatán y un embaucador, pero como su vecina hablaba maravillas de él y pocas veces había visto a su perro mover la cola con ese garbo, se dejó llevar. Además, justo cuando concertaba la fecha de la primera sesión, un chico salió del interior de la clínica acompañado de un rottweiler, al que al parecer acababan de aplicarle su tercera ración de electro-acupuntura. Alpha le preguntó al chaval que cómo se encontraba su perro, a lo que el chico dijo que fenomenal, que aquel remedio había supuesto un antes y un después para Épsilon (quinta letra del alfabeto griego, nombre ficticio del rottweiler), lo que convenció todavía más a Alpha de que, a pesar de sus dudas y cautelas, estaba haciendo lo correcto. Finalmente, la cita de la primera sesión se concertó para tres días más tarde, tiempo que Alpha aprovechó para informarse sobre todo lo relativo a la electro-acupuntura canina, llegando a la conclusión de que era fiable y que no había nada que temer. En el peor de los casos no produciría ningún efecto sobre el paciente y listo. Se llegó así al día de la primera sesión. Mi amigo y el caniche se presentaron en la clínica, donde otra vez se encontraron con Épsilon y su dueño, que justo acababan de terminar el tratamiento. El reguero de saliva que iba dejando el rottweiler a su paso era más caudaloso de lo razonable, lo que alarmó a Alpha. «Son los efectos de la electro-acupuntura; los deja como si acabaran de nacer. Vamos, ya puede pasar», le dijo Gamma, una veterinaria joven, ayudante de Omega. Una vez en el quirófano, el veterinario dispuso al caniche sobre la mesa de operaciones, mientras el chucho lo miraba con esa cara de infinita resignación que solo saben adoptar los perros. La ayudante, con delicadeza, procedió a colocar sobre su lomo una serie de agujas negras y rojas, unidas a cables. Cuando la última aguja fue insertada, Omega accionó el encendido del aparato y la corriente se abrió paso a través de los cables, tal y como Alpha había contemplado en numerosos vídeos de YouTube. Pero aquí el perro, nada más sentir el voltaje en contacto con su piel, emitió un quejido espantoso y salió despedido hacia arriba como un misil, aterrizando más muerto que vivo sobre la mesa de operaciones. Alpha gritó. El tiempo de las veterinarias se detuvo. Épsilon aulló desde la calle. Gamma y Omega se lanzaron a reanimar al caniche entre mutuas acusaciones de mala praxis, mientras mi amigo no dejaba de dar vueltas por el quirófano. ¿Qué había sucedido? ¿No era fiable la electro-acupuntura? ¿Representan un peligro las llamadas medicinas alternativas? Sobre esto hay disparidad de opiniones. Lo que pasó fue que el veterinario o su ayudante se olvidaron de ajustar el regulador de peso del aparato, después de haberlo utilizado con el rottweiler (peso estimado, 50 kilos). Así, cuando la electricidad penetró en el cuerpo del caniche (peso estimado, cinco kilos) el animal recibió tal descarga que casi no lo cuenta, para espanto de los veterinarios y de su dueño. El perro se recuperó, aunque envejeció algunos años y le cogió miedo a la vida. Alpha recibió una indemnización de la aseguradora de la veterinaria y no volvió más por la clínica. Pero yo a veces paso por el escaparate, donde duerme un gato aburrido, y siempre recuerdo la historia de Dseta (sexta letra del alfabeto griego, nombre real del caniche).
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