Portada: Ortega Cano con el ‘Platanito’.
Los mayores de sesenta, y menores acompañados, aún recuerdan a un torero bien ‘plantao’ que paseó el palmito por gran parte de los ruedos españoles y que respondía al apodo de Platanito. Su nombre de pila era el de Blas Romero, y vino al mundo en 1945 en un pueblo de Badajoz llamado Castuera, situado entre don Benito y Cabeza del Buey. Un territorio propicio para el nacimiento de conquistadores y de aventureros como Blas, que se lanzaron al mundo con lo puesto.
Platanito, como tantos otros de su misma profesión, no gozó de una infancia feliz. Tuvo nueve hermanos, una madre a la que conoció cuando cumplió los nueve años, y un padre al que fue a visitar al manicomio y que, en vez de darle un abrazo, si apenas mirarlo a la cara, le pidió tabaco. Fue carne de hospicio y huésped habitual de muchos correccionales, de donde, ya cumplidos los quince, comenzó a fugarse para torear de extranjis a luz de la luna. Lo suyo, según los entendidos, fue un “toreo tremendista”, que era, ciertamente, una manera como otra cualquiera de jugarse la vida en cada pase. Como le gustaba a Hemingway.
Finalmente, dejó a un lado la faena clásica y correcta, y se decantó por la bufonada, que era lo que más divertía al público. Ora se montaba a lomos del toro, ora se comía un plátano delante del astado, y llegó, incluso, a besar a una de estas temibles bestias en el hocico. Es probable que haya sido el único diestro a lo largo de la historia en hacer el paseíllo completamente borracho; hasta el punto de que el médico de la plaza, al ver su estado de embriaguez, llegó a asegurar que, en caso de que tuviera una cogida grave, no haría falta aplicarle anestesia. Que ya iba bien servido.
Ciertos críticos, finos y ortodoxos, lo tildaron de “torero muy malo” al que, en realidad, sólo le interesaba vender entradas. Fue así como terminó fundando, y convirtiéndose en gerente, una troupe, en cuya nómina figuraban enanos y payasos, que le hizo la competencia al mismísimo Bombero Torero.
Ganó mucho dinero, y lo dilapidó conforme caía en sus manos. Sin el más mínimo pudor, una vez retirado, declaró a cierto periódico que llegó a tener, al mismo tiempo, siete novias, sin contar a las muchachas que los colegas le llevaban a los hoteles, horas antes de cada corrida. Cobró tanta fama que cierto director de cine, a mediados de los sesenta, lo contrató para protagonizar la película autobiográfica titulada Jugando a morir, en donde, además de Platanito, participaron reconocidos actores de la época, como José Sancho, Ismael Merlo y Alfonso del Real.
Pero su estrella fue declinando, oscureciéndose, poco a poco, como una luciérnaga anémica. Como un cuento de hadas contado del revés, terminó por arruinarse y recurrir a la venta ambulante de lotería, con un cartel en la solapa con el que recordaba a sus clientes que él había sido el verdadero Platanito, el Cordobés de los pobres. En cierta ocasión, Juan Gómez Juanito, el malogrado jugador del Real Madrid, que le tenía mucho afecto, le sugirió que comprara doscientas mil pesetas de lotería y que la llevara a la Ciudad Deportiva en donde se encargaría de repartirla entre todos los del equipo, con la intención de echarle una mano.
Platanito, que aún vive, cercano ya a los ochenta años, se jacta, orgulloso, de no haber repartido jamás ni un solo premio con su lotería. Ni la pedrea siquiera. Como si circulara por su sangre el amargo sabor de la derrota y del fracaso.
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