Digo a menudo que, ante una crítica negativa de tu libro, lo primero que debes decir es gracias. Hay, ciertamente, mucho que agradecer a alguien que ha pasado un mal rato, o un rato no placentero, o varias horas antipáticas leyendo tu novela, ensayo, cosa. Hay que agradecerle nada menos que esa elección soberana, la de leerte a ti y no a cualquier otro; y también el tiempo y el tedio y la compañía. Ser leído es difícil. Es, bajo cualquier punto de vista, un honor.
Creía haberlo visto uno todo, en el buzón de casa, pero nunca me había pasado que me convencieran tan ricamente para leer y reseñar un libro con la petición expresa de que no lo reseñara. Me invadió la ternura, el amor y la cordialidad.
Normalmente, uno no existe para alguien hasta que publica (ese alguien) un libro. Pueden pasar años sin que un autor al que conoces, por ejemplo, te pregunte qué tal estás. Sin embargo, en cuanto ese autor tiene a bien concluir y colocar un nuevo libro inútil, se acuerda enseguida de lo mucho que te aprecia, y te escribe, te pregunta qué tal, te comenta que a ver si os veis, y te dice que, oye, tengo un libro nuevo y me gustaría enviártelo. Luego no vuelves a saber nada de él hasta el siguiente libro inútil que coloque.
Esto me irrita muchas veces, saberme instrumental y de uso marquesino.
Una variante habitual de estos envíos —como dicen en las editoriales con los manuscritos— “no solicitados” es que el autor se crea muy original añadiendo, medio en broma, que no le importa si “lo pongo a parir”. Es una estrategia perdedora, a mi juicio. El deseo de ser promocionado (repito: porque tengo una columna de libros, si no tuviera una columna de libros mucha gente no volvería a escribirme en la vida), el deseo, digo, de salir en sitios, de coleccionar enlaces y recortes, de triunfar soñadamente en suma, lleva al autor a renegar de su propia obra, dando por hecho que su calidad puede muy bien ser ínfima, pero que esa ínfima calidad no debe asustarte a la hora de hacerle el favor del comentario, porque todo suma y todo da igual, y uno solo está para leer y hacer bulto en un dossier de vanidad. Es como cuando te invitan a una fiesta y te dicen que no tienes que llevar nada, lo cual parece hacer más fácil que vayas, cuando en realidad vuelve evidente que no eres un invitado importante. Si la fiesta se llena, ojalá ni aparezcas.
Me llama la atención que tantos autores, al enviarte su libro, crean que te están haciendo un favor, como si te enviaran un jamón o unos zapatos bonitos.
También me alucina la facilidad con la que uno que ha escrito un libro cree que te lo vas a leer puntualmente, cuando tú mismo has escrito varios en los últimos años que el otro ni conoce, ni menciona, ni le interesan. Esto, a su vez, es un poco como cuando uno sufre una desgracia y, al contarla, se cree el centro del mundo, del dolor universal, pero nunca se pregunta si el que escucha sus penas habrá sufrido también alguna desgracia, y quién sabe si mucho mayor que la que él está estirando como un sabroso chicle de melón ácido.
De hecho, cuando alguien me quiere mandar su libro y deja caer que leyó uno mío, reciente, y da un par de apuntes sobre él, resulta mucho más agradable contestar su mensaje y atender su obra, cuando me llegue. Desde luego, es mucho más democrático que la situación habitual, donde uno que escribe libros viene a decirte: he escrito este libro que debes leer, y el libro que tú hayas escrito me da igual, no es importante.
La peor estrategia o debilidad (hay estrategias débiles, fatalmente débiles) es la de ese autor que decide hacerte un marcaje: primero te dice que te quiere enviar su libro; luego te escribe para saber si lo has recibido; luego te escribe para saber si lo has empezado a leer… Es instantáneo, en estos casos, que yo deseche su libro.
Si leer es ya de por sí un coñazo, imaginen lo que supone que sea además una obligación, casi un examen de selectividad.
Porque también tiene guasa que un autor (en este caso, suele ser un autor de cierto renombre, con la vanidad desatadísima), toda vez que has leído y comentado su libro, se permita escribirte a su vez un comentario a tu comentario, y no corto, dando por hecho tantas cosas absurdas, como que te importa un huevo lo que él opine sobre tu opinión. Cuando uno vive de despiezar su inteligencia en pequeños textos periódicos, tiene muy en cuenta la misma batalla que produce la publicación de libros: que es muy difícil ser leído. Así, que alguien me envíe una suerte de columna privada donde contesta a mi columna pública (sucede también si no trata de libros) me molesta más que nada en el mundo. No tengo Whastapp, pero supongo que es una molestia parecida a recibir un mensaje de audio de siete minutos. No hay nada tan antierótico en la palabra escrita como venir timbrada con la obligación de leerla.
Así las cosas, si uno entra en el juego promocional, de tardes de mails, de mañanas de envíos, de sueños húmedos de éxito, lo mínimo que debe pedírsele es que envíe su libro y se olvide del asunto, porque toda insistencia resulta ofensiva, muy burocrática. Los lectores de verdad (que yo represento primordialmente en España) siempre acaban leyendo los libros que quieren leer. No tiene sentido librar guerras psicológicas incómodas.
Recuerdo a un autor, hace muchos años, que trató de que leyera su libro diciéndome: “Tú también fuiste un autor que empezaba”, o algo así de sibilino y extorsionador. Desde que yo empecé, de hecho, y hasta hoy, nunca le he dado la tabarra a nadie con mis libros. También es verdad que me da mucha pereza.
Por todo ello, estos dos amables caballeros que me envían su libro casi rogándome que no lo considere para reseña, pues sólo quieren que lo tenga, sin mayor interés tartufo, me han caído muy bien.
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Cuando algo se mueve en ese lugar luminoso del ser, no queda más que sonreír agradecidos. Siempre hay historias que nos mantienen vivos.
Qué gusto leerte siempre. Sobre todo cuando nos representas a los lectores.
En esta fauna también están los que piden tu libro no para leerlo, sino para regarlo, creyendo incrementar su reputación al decir: “el autor en es mi amigo”. En todos los lugares se cuecen habas.