El arte, la amistad y el amor son los tres pilares de la vida de la francesa Muriel Barbery, pero es la belleza la que ha impregnado cada esquina de sus novelas con una forma de mirar peculiar, pero no especial, pues todo el mundo puede apreciarla.
Barbery se fija en la forma de apelotonarse de las nubes, la vegetación de las montañas en mayo o el polvillo ligero que suelta el tiempo cuando se transfiguran las horas. No hace falta tener una mirada especial, solo los ojos abiertos para acceder a esos detalles, afirma.
A la francesa siempre le ha deslumbrado la belleza; una fascinación sobrevenida por la campiña donde creció, entre los viñedos y los castillos de la región del Loira. “Creo que la belleza del campo donde viví ha educado mi forma de mirar”, apunta.
La inusual belleza de Japón
Y de la sutileza del Loira se trasladó a la belleza milenaria de Japón, que ha impregnado sus dos últimos libros.
“Viví dos años en Japón y probablemente haya sido la experiencia más importante de mi vida. Es un tema inagotable para mí… ¡podría aún escribir 50 novelas sobre Japón! Por suerte tengo editores que me recuerdan que tengo que explotar otras cosas porque sino seguiría escribiendo sobre eso”, bromea Barbery.
A pesar de ser francesa —nacida en Casablanca (Marruecos)—, no le intimida adentrarse en una cultura “extraña y extranjera” porque lo hace como una enamorada: “hablo como de alguien de quien te enamoras sin saber quién es realmente, y continúas explorando el misterio”.
Tampoco le da miedo cometer errores, pues “las novelas son invenciones” surgidas de fragmentos de realidad. “En un relato periodístico no puedes contar cualquier cosa, pero yo puedo; el objetivo mismo de la ficción es permitirnos ser otra persona. Si cada uno escribe sobre sí mismo, no va a funcionar”, explica.
Personajes contradictorios y red flags
“En Una rosa sola (Seix Barral, 2021) contaba la historia de una joven francesa que va a Kioto (Japón) para recibir el testamento de su padre japonés que jamás ha conocido y ese viaje va a cambiar su vida. Cuando acabé la novela pensé en hacer otra cosa, pero me di cuenta que el personaje aún estaba muy dentro de mí y tenía muchas ganas de saber quién era su padre”, explica Barbery.
De ahí nació Una hora de fervor (Seix Barral, 2023), donde retrata a Haru, un exitoso comerciante de arte que se jacta de conocerse muy bien y tiene relaciones de amistad muy fuertes, pero es incapaz de mantener una relación amorosa con las mujeres.
Haru es en cierta forma un red flag: un padre ausente, un mal amante, un seductor solo interesado en las mujeres extranjeras; pero también un generoso y gran amigo…
“Yo escribo libros sobre personajes muy diferentes a mí y no siempre simpáticos”, justifica la novelista, “es complejo pero la verdadera función de una novela es esa: mostrar la complejidad y permitir comprender sin juzgar; esas son las dos cosas más importantes”.
Y ella misma se sorprende de muchas decisiones que toman sus personajes: “hay veces que no les entiendo pero sé que es así como se comportarían. Muchas veces me sorprende totalmente”, ironiza.
El amor y la amistad
Sin embargo, la exquisitez del relato y las mismas contradicciones permiten empatizar con esos personajes “no siempre simpáticos”, quizás sobre todo en lo más esencial, en las relaciones románticas y amistosas, en las que prevalece el amor.
“Es muy curioso que no vemos que la amistad es una parte del amor y hay amistades que duran una vida entera, que son fundamentales en la existencia, mientras el amor romántico a veces dura menos”, apunta.
El amor sin jerarquías, sin niveles. Sin que uno sea más importante que el otro. Romance y amistad. Sin priorizar las formas de amar: “cuanto más amemos de todas las maneras posibles, mejor”, señala la francesa.
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