Vuelvo, después de publicar “Al otro lado del río y entre los árboles”, al apasionante tema de las relaciones entre literatura y cine. En esta ocasión para referirme a un clásico como es El Padrino que, de alguna manera, me ha acompañado toda mi vida.
Así, leí, siendo aún bastante joven, la novela original de Mario Puzo, vi después (en el cine) las tres películas sucesivas de Francis Ford Coppola y, finalmente, acabo de ver una gran serie (que usted, amable lector, tiene todavía disponible en la plataforma Movistar) llamada La oferta o The offer, en versión original, que relata el complejo proceso que hizo posible el viaje desde una novela única hacia una trilogía que forma parte de lo mejor de la historia del cine.
Es importante precisar, para que los lectores de esta pieza no se confundan, que La oferta no es un remake del Padrino, lo que, además de imperdonable, sería totalmente superfluo sino un relato veraz (no un documental) sobre cómo la primera película de la saga pudo ser posible, a pesar de las enormes dificultades que afrontó.
No es, en absoluto, el final. Me propongo volver a ver las tres grandes películas sobre las que trata la serie y que cuentan la historia de una familia americana y, de algún modo, de la propia América como nación de emigrantes, y lo haré porque La oferta, que acabo de concluir, me ha hecho darme cuenta de dos cosas.
La primera, he tomado conciencia del enorme mérito que tuvo el que aquella trilogía, que desafió buena parte de los cánones de la industria del cine del momento, pudiera llegar a las pantallas de cine. Qué energía, talento y valor fue necesario para que ocurriera y qué increíble galería de personajes únicos lo hizo posible. Todo esto me pasó inadvertido cuando me senté en el cine, sucesivamente, para ver cada una de las tres películas que cuentan la inolvidable epopeya de los Corleone.
La segunda, he tomado conciencia de que el yo que leyó la novela era muy distinto del que contempló cada una de esas tres películas y, sin duda, me faltaban por aprender muchas de las cosas que sólo enseña el paso de los años y que hacen que entiendas mejor la historia de otros, a veces no tan distante de la tuya como pensaste inicialmente.
Mario Puzo escribió una enorme novela. Toda una epopeya sobre una familia italoamericana que explicó, por primera vez, lo que era la Mafia. Fue uno de los libros más vendidos de su tiempo y puedo decir, como lector, que el relato te atrapa desde la primera página.
La galería de personajes que componía era prodigiosa pero lo más impresionante de todo era contemplar su evolución: del joven inmigrante Vito Corleone al padrino Don Corleone y de su hijo, Michael, joven héroe de guerra, al nuevo “Padrino”.
Llevar la novela al cine fue toda una proeza que La oferta relata con todo lujo de detalles y reunió, para escribir su guión, al propio autor de la novela, Mario Puzo, y a su director, Francis Ford Coppola. Esa colaboración fue capaz de adaptar un magnífico texto al cine, en uno de los mejores ejemplos de cooperación entre literatura y arte cinematográfico, precisamente por entender lo distinto de ambos lenguajes.
¡Cómo olvidar la escena final de la primera película cuando la esposa de Michael contempla cómo los hombres de “la familia” rinden pleitesía a su marido, besando su anillo, al tiempo que la puerta se cierra lentamente para ella! Es, sin duda, una escena cumbre en la historia del cine.
Viendo la serie he podido darme cuenta del milagro que supuso poder contar con dos “monstruos” de la interpretación como Marlon Brando y Al Pacino para encarnar a ambos personajes. A ellos se une otro “monstruo” como Robert de Niro para interpretar al joven Corleone. Cuando se contemplan las tres películas la sensación que se tiene es que sus protagonistas no podrían haber sido otros. Si me hacen caso y ven la serie comprobarán que nada más lejos de la realidad.
El padre en que la vida me ha convertido me ha hecho entender mejor también la obsesión de los dos hombres por alejar, al menos, a uno de sus hijos, del mundo del crimen y el rastro de muerte que acabó con muchos miembros de la familia y el dolor por el fracaso que tuvieron sus buenas intenciones. Al final, como en Cien Años de Soledad, las “especies condenadas” en este caso a la violencia, “no conocerán otra oportunidad sobre la tierra”.
Confieso, no obstante, mi fascinación, tanto en la novela como en la primera película por otro personaje, no perteneciente a la familia, que era su consigliere y abogado, Tom (Thomas) Hagen, interpretado por otro actor extraordinario, Robert Duvall.
Es posible que parte de la decisión de estudiar derecho, que tomé hace ya muchos años y de la que nunca me he arrepentido, tuviera que ver con ese personaje. Desde entonces pienso que el abogado, al igual que el médico, es, ante todo, alguien en quien se confía.
A estas alturas no me atrevo a recomendarles el periplo completo, y por su orden; novela, películas y serie, aunque a mí me ha permitido disfrutar más de cada uno de sus elementos. Puede ser, quizá, una inversión en tiempo que no pueda usted permitirse aunque, si no es así, no dejo de aconsejarla.
Puestos a renunciar a uno de los tres elementos optaría, sin duda, por la novela. Me parece que lo mejor de ella está plasmado en las películas y nada se ha perdido del relato original, antes al contrario. A pesar de sus virtudes no es una obra maestra como si lo son aquéllas.
Pero volver a ver (si no lo ha hecho ya, corra por favor) las tres películas de El Padrino y conocer la historia de cómo ese milagro de la historia del cine fue posible viendo la serie que les he recomendado me parece, sin más, obligado, casi urgente.
Aquí afronto una discrepancia que he advertido cuando, en los últimos tiempos, he comentado con algunos buenos amigos, películas y serie. ¿Qué ver primero?
Mi conclusión, tras algunas dudas, y sujeta a su mejor opinión, es la siguiente; si no han visto las películas empiecen por ellas pero si ya tuvieron la oportunidad de verlas, comiencen por la serie y, guiados por la explicación que habrán recibido sobre cada una de las decisiones que hicieron posible la primera película y que explican la saga en su conjunto, vuelvan (como pretendo hacer yo) a sentarse a ver las películas.
¿Las tres? Sí, las tres. Soy consciente de que todos los espectadores considerarán, sin duda, que la primera película de El Padrino fue una obra maestra pero que, cuando nos adentramos en la segunda o la tercera, las dudas aumentan. A veces, tiene que ver con alguno de los actores elegidos (como la hija del director, Sofía Coppola, ahora convertida en una de las directoras de mayor talento) y en otras simplemente por su temática. Lo entiendo.
Pero ¿qué quieren que les diga? ¿Renunciarían ustedes a entender cómo se convierte un joven emigrante italiano en el Padrino o a asistir al arrepentimiento de Michael Corleone, no por haber asesinado a su hermano, sino por haber matado “al hijo de su madre” (y entender por qué lo siente así) o la hondura de su dolor (cuya causa no revelaré) al término de la tercera y última película de la serie?
Dicho lo cual, hagan lo que consideren mejor, pero, por favor, no dejen de volver al Padrino si es que hace tiempo que no la han visto, déjense guiar por La oferta para entender hasta qué punto es una obra maestra nacida del valor y la perseverancia de un pequeño grupo de personas excepcionales y, si todavía no las han visto, háganlo para ver después la serie y después, de haberlas visto, si son conscientes de que sus parejas, sus hijos, o sus amigos no lo han hecho, aconséjeles que no dejen pasar un día más sin hacerlo.
Les aseguro que me lo agradecerán.
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No he visto todavía la serie, pero solo decirles que en mi círculo familiar la tradición manda ver el Padrino (las tres son una para mí) cada año aprovechando las fiestas de Navidad, y todos incluso mi hijo de 20 años y mi gata están encantados con el visionado año tras año, o eso dicen.
Con la excepción de Doctor Zhivago -comparable a esos efectos- El Padrino es la cinta que más he interiorizado en el momento de verla, a modo de revelación sobre la inmensidad del cine, incluidos su valor estético. Leí con posterioridad la novela -estaba en la biblioteca del cuartel y la leí metido en una garita, nada menos- y me pareció a la altura de la ‘primera parte’ que había visto [también creo que la fragmentación es ilusoria, es la misma película, más larga], aunque muy posteriormente supe que, según el propio Mario Puzo, él no había tenido un especial conocimiento directo sobre la mafia italiana, lo que no acabo de creer del todo. La obra de Puzo me pareció una magistral interpretación de la cultura mediterránea, incluida la violencia y el poder. Lo que remite a un significativo recorrido por la condición humana.
Estimado Paco Uría:
Gracias por su artículo. En mi caso, he visto la saga completa y he leído algo de la novela -que como usted dice, quizá no está a la altura del filme-, y mi preferido de toda la saga es Tom Hagen (Robert Duvall), que también está soberbio en Apocalypse Now, en la que por lo visto Coppola se arruinó y Marlon Brando no se hablaba con el actor de Easy Rider cuyo nombre ahora no recuerdo.
Un saludo.