El Concierto para piano número 2 de Rajmáninov fue un punto de inflexión en la carrera del compositor ruso. Sumergido en una terrible depresión tras el fracaso de su primera sinfonía, estrenada en 1897, luchó durante tres años con ayuda de un psicólogo por superar el golpe a su autoestima que supuso aquel revés. El resultado fue una pieza en la que la complejidad técnica no tiene una presencia abrumadora, sino que se entremezcla con una enorme riqueza musical, proporcionando una lectura fértil y atractiva para todo gran intérprete.
Elsa fue una niña prodigio abandonada por su madre (de la que no sabe nada), a la que el maestro de maestros, Arthur Goldstein (en quien uno no puede dejar de ver un paralelismo con el legendario Arthur Rubinstein), descubre con seis años. Ofrece Goldstein a los padres adoptivos de Elsa, entonces Ann, llevarse a la niña para educarla: “Cuando yo tenía seis años, Arthur me había dicho: Si te doy clases, te llevaré muy lejos de tu vida tal como la conoces” (p.39). El misterio de sus orígenes, encerrado en unos papeles que Elsa se resiste a leer, unido al misterio de la creación artística y su difícil conciliación vital, conforman el dilema existencial que ha paralizado a Elsa y al que debe enfrentarse, su particular viaje a Ítaca, que arranca, cómo no, en Grecia:
“Tal vez esté haciéndolo.
¿Tal vez estés haciendo qué?
Buscando motivos para vivir” (p. 42)
Los caballos mecánicos del mercadillo en Atenas encierran en su vientre algo más arrasador que un ejército (“proseguimos el viaje en silencio a través del bosque quemado y carbonizado” p. 140), dos secretos: el biológico y el artístico. Porque en un remolque conducido por dos caballos, recordaba la pequeña Ann, llegó su primer piano de cola: un Bösendorfer. Solo a través de la lectura de los documentos podrá descubrir Elsa de dónde venía aquel piano que le cambió la vida y que se convierte en el cordón umbilical con la madre desconocida, su legado y, más importante, su mensaje de amor.
La mujer que compró los dos caballos mecánicos, adelantándose a Elsa, y con la que se va cruzando en varios países, semeja una Ariadna encargada de desplegar el hilo que ayudará a Elsa a encontrar la salida a su laberinto vital: “Decidí pensar en la mujer que había comprado los caballos como en mi doble. Oía su voz como si fuera música, un estado de ánimo, y a veces una combinación de acordes. La mujer me daba miedo. Sabía más que yo. Me hacía sentir menos sola” (p. 28). Ese “sabía más que yo” es la clave, si recordamos que Deborah Levy, en Cosas que no quiero saber, primer volumen de su Autobiografía en construcción, especulaba con el tema de que las cosas que no queremos saber son las que sabemos de todos modos, y la figura de la mujer cobra pleno sentido: la personificación de lo que Elsa sabe, pero se oculta a sí misma: “¿Cómo era posible saber algo así? ¿Cómo sabemos lo que sabemos?” (p. 164), se preguntará al final.
El azul no es solo el color de Grecia, el color del mar a través del cual navega Ulises, el color del verano o de agosto, el color de la calma y de lo eterno, de lo que deseamos que permanezca, sino también, y precisamente, el color que elige Elsa para teñirse el pelo antes del concierto de Viena: “El azul era una forma de separarme de mi ADN” (p. 19). La señal externa de su rito de paso, de ahí que escuchemos decir a un Arthur agonizante:
“Pero ¿dónde estás?
Estoy aquí, contigo.
Todavía azul, dijo” (p. 122).
Las diversas vivencias de Elsa en su recorrido, desde las clases particulares en la isla de Poros y en París a las excursiones a coger erizos, las conversaciones con su amiga Marie y la amante de esta, Julia, la relación con Rajesh y la despedida de Arthur, se convierten en desarrollos de la melodía principal y contribuyen a conformar un doloroso paisaje post covid con el que explorar la soledad del ser humano y nuestra necesidad de amor. Navegaremos con Elsa en este mar que la humanidad lleva transitando desde siempre, y en el que nos reconocemos, hasta atisbar con ella las costas de Ítaca: “Le conté que la noche de aquel concierto de Viena yo había dejado de habitar la tristeza de Rajmáninov y por un momento me había atrevido a vivir en la nuestra” (p. 165).
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Autora: Deborah Levy. Título: Azul de agosto. Traducción: Antonia Martín. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.
© Sheila Burnett
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