Hay una mosca rarísima en la cocina. No la quiero mirar, que me distrae.
Ayer hicimos croquetas. Siempre están riquísimas, pero esta vez sabían regular y yo no lo entendía, porque estuve delante todo el rato mientras mi madre las preparaba y no vi nada diferente a otras veces. Calentó la mantequilla, la mezcló con harina y leche, removió y removió… Luego echó la sal, los otros polvitos marrones, lo mezcló con mini trozos de jamón en un cuenco grande y lo dejó enfriar. Me dejó rebañar el cazo antes de fregarlo, que es lo que más me gusta del mundo, y llamamos a Elena para que me “ayudara”. Yo intenté meter la cuchara muy rápido para dejarle lo menos posible, y se enfadó. Me llamó rata tonta y me dijo que yo ni siquiera conocía el secreto de las croquetas y que no me lo iba a contar. Le pedí perdón por haberme comido casi todo y le supliqué que me lo contara. Lo hizo, pero antes le tuve que prometer que la próxima vez el cazo lo rebañaría ella sola. Yo se lo prometí, pero con los dedos cruzados, no os creáis (si cruzas los dedos cuando haces una promesa no tienes que cumplirla, lo vi en una serie). Cuando Elena empezó a hablar, vimos que la mosca rara seguía volando por toda la cocina y no nos dimos cuenta de que se posaba en su hombro, como si quisiera enterarse también. La historia era más o menos esta:
Las croquetas las inventó hace muchísimos años un señor de Ávila que se llamaba Juan Croquette. Su abuelo era francés, el pobre (eso dice mi madre cuando alguien dice que alguien es francés), y por eso se apellidaba así. Enseñó a su nieto a hacer la bechamel para que la usara en todas las salsas que quisiera, y al pequeño Juan se le ocurrió mezclarla con unos trocitos de jamón que se habían quedado secos. Así no los tiraba, porque no hay que tirar la comida. Luego le echó un pellizquito de una especie (Elena dice especia pero está mal, es especie) que se llama nuez moscada, por si el jamón ya no estaba rico, e hizo bolitas alargadas con la masa. Las pasó por huevo y pan rallado, y como diría su abuelo, vualá, nacieron las croquetas de Juan Croquette. El secreto era remover la bechamel todo el rato y no pasarse con la nuez moscada, que eran esos polvos marrones que mi madre echaba siempre.
En este punto de la historia, la mosca rara daba saltitos en el hombro de Elena, que me estaba contando que la nuez moscada venía de lejísimos, de Indonesia o de por ahí. Que en la Edad Media ya se usaba porque nos la habían traído los árabes y que… Elena no pudo seguir hablando porque en ese momento una voz desconocida y chillona exclamó:
—¡ESO ES MENTIRA!
Salimos corriendo de la cocina dando un portazo con un susto horrible, aunque yo pensé que había sido Elena poniendo voces para darme miedo.
Esa noche, las croquetas de Juan Croquette y de mi madre estaban malas. Y mi madre no lo entendía, decía que sabían demasiado a nuez moscada y que ella no había echado tanta. Me parecía como si oyese risitas por la cocina, pero eso no tenía sentido, debía de ser la cena, que me había sentado mal.
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