Gracia, ironía y amor a la cultura en todo cuanto esta tiene de contemplación, de goce y disfrute de la vida, son elementos que caracterizan y definen el buen hacer profesional de Martín Llade. Su voz llega todos los días a través de las ondas de radio con el programa ‘Sinfonía de la mañana’, y también las mañanas del primero de enero son suyas sin discusión retransmitiendo el concierto de año nuevo en Viena. Gran comunicador, es también un gran escritor de prosa cuidada, deliberadamente cuidada, tanto como llena de sentido. Con su Horizonte Quimérico nos adentramos en el mundo de la música como quien se adentra en un templo, preparados para la ceremonia de iniciación.
Una ironía fina nos presenta al gran compositor, al archiconocido y excesivo genio de Bonn, más romántico y excesivo que nunca, aficionado no sólo a un discutible régimen de vida, sino a una extraordinaria pasión, la de los crímenes sin resolver.
Tal punto de partida, lejos de redundar en una visión convencional, sienta las bases para un relato en el que se unen y se dan cita otras historias paralelas, que armándose y entrelazándose entre sí construyendo el fresco histórico, tan histórico como ficticio, de la Europa de Viena, esa galaxia de astros fugaces que nació después de que la estrella de Napoleón se eclipsara, lo cual demuestra una vez más no sólo la erudición enciclopédica de Martín Llade, sino su capacidad de contar historias, de fabular.
Pero por encima de misterios, asesinatos y ambientes, la obra brilla por el gran logro de haber desacralizado al gran artista que fue Beethoven, de haberlo sometido a un riguroso proceso de ironía, relativizando sus arrebatos de mal genio, su visión eminentemente agónica y pasional de la vida, ese pathos que resulta inevitables desde el testamento de Heiligenstadt. Aquí, al contrario, aparece una sonrisa para mitigar los males del genio, una sonrisa comprensiva, cariñosa, desde el respeto más delicado y desde la comprensión del gran fenómeno humano que era Beethoven.
Es difícil encontrar en la prosa actual autores que dominen la ironía de este modo, y siendo el Misterio Razumovski una obra notable por su trama, por su conocimiento del período por su acción y por los ambientes que describe, lo es mucho más por su humanidad, por su tierna humanidad llena de cariño y de ironía, porque el buen humor y el ánimo jovial son condiciones imprescindibles para el arte, tanto como la noción del dolor y de lo tremendo, es más, la obra de arte no es completa si no suma en su balanza ambos extremos. El lector encontrará que Martín Llade ha sabido hacerlo, ofreciéndonos un Beethoven que siempre sería trágico, pero que también nos arrancará una sonrisa de reconciliación con la vida.
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