Querida Dulcinea del Toboso:
Dulcinea, eres pues una mujer que vive dentro de una montaña de muñecas rusas, y sin embargo es posible que, en cuanto metáfora, seáis de lo más real e inmediata. A medias carnadura muy presente, como Aldonza Lorenzo, a medias creación y recreación literaria y caballeresca por parte de Don Quijote, sois quizá representación de todas las mujeres, todas las mujeres amadas, ensoñadas, por los hombres, por tantos hombres, a lo largo de la Historia. Quizá, al final, esto sucede con todas las mujeres.
De no existir, Dulcinea, pasáis a existir mucho, siendo, ya digo, un personaje de ficción hecho de múltiples capas, multiforme y proteico como suele ser el amor, todas estas capas de gran consistencia. Y Don Quijote, primero, con su particular actuar y dialéctica te hace completamente real, pues ajusta sus pasos a tu especial existir. Sancho, después, le sigue la corriente a su amo y acaso acaba creyendo tu existencia, pues los sueños son un buen motivo para seguir viviendo, y por eso, por eso también, leemos novelas, y las escribimos, leemos y escribimos todos los libros.
La literatura tiene una fuerza que desborda lo que parecen sus estrechos cauces. Don Quijote es el gran lector, pero también el primer caballero, nuestro primer caballero, y de algún modo de esto se dan cuenta muchos de los lectores de las dos magníficas partes de la novela. Voltaire sugiere, y lo recoge Umbral en un prólogo memorable, que Don Quijote se inventa pasiones sólo para ejercitarse. Intuimos que tenía razón.
Don Quijote no está loco, sólo nos enseña a leer, a vivir las lecturas, llevándolas al límite, a dejarnos empapar por su enseñanza y aventura, por su vitalidad. Don Quijote ya está, como diría Baroja, en la última vuelta del camino, pero sale de su casa, sale de su pueblo, y hace verdad, realidad, todo lo que ha leído, lo que le apasiona, que no es otra cosa que lo que hacemos todos al leer nuestros textos más queridos. Lo que llevamos dentro todos en nuestra imaginación y pensamiento él lo vuelve acción, realidad (en verdad realidad con otro matiz, imaginada), y se ejercita, como sutilmente recoge Umbral que decía Voltaire.
Dentro de todo esto, Dulcinea, eres una creación bien lúcida por parte de Don Quijote. Cuando nos enamoramos, todos creamos Dulcineas; puede que todos los hombres seamos también los héroes, los caballeros, de nuestras enamoradas, cuando en verdad no pasamos de ser pobres mortales con bastantes defectos. Los poetas saben mucho de estas creaciones, y muchas veces, cuando escriben sus versos (también cuando no los escriben), no paran de ver y erigir Dulcineas, pues es que Don Quijote es un poeta, un gran poeta; tiene la visión deformadora, por decirlo de algún modo, de los poetas, la visión creadora, porque sólo viendo y diciendo diferente, leyendo diferente, pienso, se puede hacer literatura. Esto Cervantes lo sabía muy bien. Lo sabía y lo escribía.
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