Cuánto añora los pinares. Hay un olor atrás. Una nube que se mueve hacia la pérdida. Nube de olor verde oscuro. Absorbida por el agujero del horizonte. Atrás. Donde fueron los bosques. Pero añorar es avanzar entre los cantos, las rocas, los tomillares. Evitar el olor del zorro. Agazaparse ante el grito del águila. No ser. No ser tampoco el golpe de aire que se adentra en el pelaje rojo y lo mueve.
El hambre es una ardilla fuera de sitio. Allí la encuentro. Encaramada a las ramas de un olmo, a unos pasos de casa. La oigo primero deslizarse, escurrirse, escaparse, detenerse. Es ahora cuando me mira desde unos ojos tan negros que parecen alfileres puestos en pie. Alfileres de luz negra me clava. ¿Quién soy?
No la escopeta.
No la dentellada.
No el que intenta cogerla en un movimiento más rápido que el tiempo.
Solo el que observa.
El que es observado.
¿Qué haces tú aquí fuera de sitio?
¿Que hago yo aquí fuera de sitio?
Fuera de sitio los dos.
En el olmo negro. El olmo que tiene una enfermedad en las ramas en forma de trapecios y triángulos de corcho. La enfermedad que acabará con el árbol en pocos años.
Pero la ardilla, todavía, está ahí, en la rama. Latiendo y mirándome.
Si vienes en busca de los almendros, le advierto, aquí solo hay almendras amargas.
Su contestación es una persistencia en oscuro silencio. Un brillo ocular que atrapa cualquier vibración de mi pensamiento y que lee en mi adn de pasado cazador.
Plantaré para ti almendros dulces, le digo.
Los plantaré en ese solar de ahí delante.
Llenaré el vacío con los árboles.
Para que no corras con miedo en los eriales.
Plantaré pinos de apretados piñones para que sacies tu cuerpo rojo.
Si es que vuelves por aquí.
Si es que sobrevives al águila.
Y, si mañana formas parte del águila como las almendras forman parte de ti, plantaré el pinar para tus hijos.
Si es que no eres la última de tu especie en esta tierra.
El brillo ocular ha atrapado un significado y la ardilla se mueve abruptamente. Escala por las ramas, se esconde. Todavía nadie le ha comido las patas y sabe que puede ser veloz en la espesura, y quedarse inmóvil hasta ser olvidada por todos los peligros.
Así la dejo en el árbol
Y sé que en algún momento correrá en busca de los almendros, aunque sean amargos.
Los días pasan en el olmo vacío. Lo vuelven verde y amarillo y le arrancan las estaciones. El ciclo se repite.
Desde entonces la espero.
Y, aunque me empeño en cumplir mi promesa, me responde la ausencia.
Los pinos comienzan a emitir las señales de su aroma como faros de lentitud.
El océano de estepa.
La ardilla, si aún existe.
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