Adaptar lo inadaptable. Cien años de soledad trata en sus primeros ocho episodios de contener la grandeza de la novela original en un nuevo intento de la plataforma Netflix de dejar marca cultural (e industrial) en el mercado latinoamericano. De modo que tras el igualmente voluntarioso largometraje Pedro Páramo, estrenado hace pocas semanas, le toca a la traslación al streaming a Gabriel García Márquez, un proyecto que nace marcado desde el principio por esa misma condición: la serie camina a lomos de gigantes.
Consciente quizá de las imposibilidades e imposiciones del proyecto, la primera temporada de Cien años de soledad navega con una cierta humildad dentro de su despliegue notable de medios. Pero lo hace tomando decisiones arriesgadas: estamos ante una saga familiar que, en su traslación al formato serie (se compondrá de 16 episodios en total) renuncia a usar y abusar de recursos folletinescos que, sin duda, habrían podido crear algún tipo de dependencia para precipitar el visionado del siguiente capítulo. El algoritmo manda, pero el algoritmo se habrá tenido que tragar algunos deseos.
La serie, por tanto, trata de transmitir nociones y conceptos complejos y se toma su tiempo para ello. La combinación de valores industriales y la pura alquimia es, como en el matrimonio de José Arcadio y Úrsula, el motor de una civilización que se alza tímida en Macondo, un pueblo en perdido en medio de la selva. Y su retrato bien podría haber dado pie a un buen número de condescendientes tópicos indigenistas. Cien años de soledad gestiona como puede ese legado, pero lo hace bien: su narración es clara y comprensible, su apuesta por lo emotivo y sensual resulta palpable, y aunque el ritmo es lento, la narración esta llena de presagios funestos sin anacronismos.
Afortunadamente la serie está hecha de manera sincera y trata, equilibrando recursos oníricos y realistas, crear esa sensación de espacio interior donde las visiones, lejos de recibirse como un milagro, parecen algo cotidiano, donde lo épico se percibe como un acontecimiento íntimo. El cálculo y la necesidad de invadir todos los recovecos culturales pesa en la adaptación, pero cargar sobre Cien años de soledad con las desventajas y desventuras de los tiempos que corren sería una actividad injusta.
La voluntad, por tanto, de hacer honor a la obra original es notable. La serie es, a la vez, más visual que literaria, adoptado recursos adecuados que transmiten esa búsqueda espiritual, esa identidad cultural, sin renunciar al concepto de “apasionante saga familiar” que necesita el espectador del plataformas. Sin prejuicios, se trata de un producto más que decente.
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