Michael Patrick Hearn, célebre anotador de grandes clásicos como El mago de Oz y Las aventuras de Huckleberry Finn, ha preparado una nueva edición de Cuento de Navidad. Sus notas profundizan en la historia del libro y de su publicación inicial. Además, esta edición viene con ilustraciones de John Leech.
En Zenda reproducimos el inicio de la Introducción de esta edición anotada de Cuento de Navidad (Akal), de Charles Dickens.
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Cuento de Navidad (1843) es la obra más famosa del novelista más popular de Inglaterra y ha tenido una extraordinaria vida propia más allá de la vasta reputación de su autor. Si todas las maravillosas creaciones de Charles Dickens, desde Los papeles Pickwick (1837) hasta El misterio de Edwin Drood (1870), se vieran de repente amenazadas con la extinción, la historia de Ebenezer Scrooge sin duda sobreviviría. Se ha convertido en parte del folclore navideño. Todos los avaros son Mr. Scrooge, todos los púdines de pasas son devorados por los famélicos Cratchit. Aparte de haber escrito una narración tremendamente entretenida, Dickens tenía esa habilidad especial de definir mejor que cualquiera antes que él, o desde entonces, el espíritu de estas fiestas. En lo que llamó «la filosofía del villancico», fue más allá de simplemente venerar la Navidad por «su sagrado nombre y origen» para reconocer su humanismo básico en las palabras del sobrino de Scrooge, Fred: «una buena época: una agradable época de amabilidad, de perdón, de caridad; el único momento del año que conozco de todo el largo calendario en el que hombres y mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir sus cerrados corazones libremente y para considerar a las personas de estatus inferior como si realmente fueran compañeros de viaje hacia la tumba y no como otra raza de criaturas embarcadas en una travesía diferente». En el momento de su muerte en 1870, Dickens ya se había asegurado de forma tan firme un lugar en la mitología de la festividad que circuló una historia sobre una pequeña niña, vendedora ambulante, en Drury Lane que, al conocer la triste noticia, preguntó: «¿Dickens ha muerto? ¿Entonces Papá Noel también morirá?».
Ya a principios del siglo XIX parecía quedar poco de las viejas celebraciones que habían empezado alrededor del año 601 d.C., cuando el papa Gregorio le pidió a su misionero san Agustín de Canterbury, al evangelizar a los anglosajones, que convirtiera la fiesta invernal local en un festival de Navidad. El resultado fue la, a menudo, extraña adaptación de las costumbres paganas con fines navideños, desde Saturnalia, Yule (la festividad sajona para celebrar el regreso del Sol, en honor al dios Thor) y la festividad druida. La iglesia medieval vio pocos conflictos entre las intenciones paganas y las cristianas, y absorbió las costumbres locales sin reparos; como Chaucer observó, el dios romano Jano era bienvenido siempre que los hombres cristianos cantaban «Nowel». Las festividades aumentaron a los doce días, desde la Nochebuena hasta la Epifanía, con los reyes anglonormandos. En una fecha tan temprana como el año 1170, bajo el dominio de Enrique II, la Iglesia recibía la temporada con representaciones, mascaradas y otros espectáculos que proporcionaban celebraciones religiosas junto con entretenimiento. La nobleza inglesa organizó muchos banquetes y desfiles legendarios durante la Edad Media. La magnitud de estas celebraciones no decayó cuando Enrique III estableció la Iglesia de Inglaterra; al contrario, el rey no sólo promocionó los desfiles festivos, sino que también actuó en ellos.
Todo cambió con Oliver Cromwell y los puritanos. Citando las Escrituras, atacaron las viejas costumbres por no ser más que supersticiones paganas; era blasfemo celebrar el nacimiento de Cristo de la misma manera que la fiesta romana de Saturnalia. Pequeños placeres como los mince pies fueron juzgados como simples supersticiones y abominaciones papistas. El primer golpe fue directo a las antiguas festividades con una ordenanza de 1642 que prohibía la representación de obras. El 3 de julio de 1647, el Parlamento roundhead decretó que la fiesta de la Natividad de Cristo no se podía celebrar con las otras festividades. El golpe definitivo llegó el 24 de diciembre de 1652, cuando se proclamó que «no se deberá tener observancia alguna el veinticinco de diciembre, comúnmente llamado día de Navidad; ni ninguna solemnidad se empleará o se celebrará en las iglesias ese día en relación con el mismo».
Con la derrota de los puritanos ante los monárquicos llegó la conquista de la Navidad. En The Arraignment, Conviction, and Imprisonment of Christmas (1645), se describía a Papá Noel como «muy consumido, así que se le había visto muy delgado y enfermo últimamente». En ese momento era un marginado en Inglaterra debido a que su temporada había sido anteriormente «un tiempo visible para las personas corrientes para traer un gran número de ofrendas a la santidad del papa con el fin de mantener a los cardenales, a los curas y a los frailes». Según Josiah King en The Examination and Tryal of Old Father Christmas (1678), Papá Noel, «del Pueblo de Superstición, en el Condado de Idolatría», ahora se alzaba acusado de haber «de cuando en cuando, abusado de las personas de esta Common-wealth, atrayéndolos e incitándolos a la embriaguez, a la glotonería y al juego ilícito, a la promiscuidad, a la inmundicia, a la lascivia, a la blasfemia, a la maldición, al abuso de criaturas a algunos y al vicio a otros; a todos a la holgazanería». La supresión de la Navidad se convirtió en la prueba de la degeneración de la época; la buena hermandad había decaído y, con ello, los ricos ahora rechazaban el viejo espíritu navideño de la caridad. Los puritanos creían en honrar su sagrado nombre y su origen sólo con la oración y la contemplación.
La Restauración de la monarquía inglesa fracasó en revivir por completo el esplendor pasado de la Navidad. Pero muchas de las antiguas costumbres aún podían encontrarse en las provincias. «El espíritu de la hospitalidad no nos ha abandonado del todo», decía Round about Our Coal-Fire, or Christmas Entertainments (1740). «Varios miembros de la nobleza se han marchado a sus respectivos asientos en el país para mantener su Navidad a la vieja usanza y entretener a sus aparceros y a sus menestrales como sus ancestros solían hacer, y desearles una feliz Navidad como corresponde». Sin embargo, ya a finales del siglo xviii, muchos de los viejos adornos y pasatiempos habían desaparecido por completo. Elementos tales como el plum porridge y el peacock pie, tan frecuentes en los menús antiguos, ahora eran desconocidos y la corte mostraba poco interés por celebrar a la vieja usanza.
La Revolución industrial empobreció aún más los pequeños placeres de la estación; las empresas mantenían sus fábricas abiertas durante el día de Navidad. «Si un éxito ligeramente mayor hubiera coronado el movimiento puritano del siglo XVII o el movimiento utilitarista del siglo XIX», apuntó G. K. Chesterton en su introducción a la edición de 1924 de Charles E. Lauriat de Cuento de Navidad, las antiguas tradiciones de las fiestas se habían «convertido en simples detalles de un pasado olvidado, una parte de la historia o incluso de la arqueología… Tal vez la palabra villancico sonaría como la antigua palabra villanella».
Afortunadamente, unas pocas voces valientes se alzaron para alabar esta época. Un puñado de académicos y de historiadores trataron las antiguas costumbres navideñas con respeto y seriedad, como si fueran por completo de otra cultura. Uno de los estudios tempranos más importantes fue The Book of Christmas (1835) de Thomas K. Hervey; no sólo fue notable por sus historias en profundidad y su evaluación de la festividad inglesa sino también por los alegres grabados de Robert Seymour (1798-1836), quien, al año siguiente, empezó a embellecer con sus ilustraciones el aún más famoso Los papeles Pickwick (1837). Otros eruditos preservaron las antiguas canciones asociadas con la festividad que aún se cantaban en el país. Davies Gilbert publicó Some Ancient Christmas Carols en 1822, pero la colección más ambiciosa fue Christmas Carols, Ancient and Modern (1833), de William Sandys, con una fina y larga introducción erudita sobre la historia de la Navidad. Experto en costumbres de Cornualles que mantenía correspondencia con Dickens, sabía bien que preservar estas viejas canciones no era tarea fácil. «En muchas partes del reino, sobre todo en la zona norte y la noroeste», explicaba en su introducción, «el festival se mantiene con alegría entre las clases medias y bajas, aunque su influencia está en decadencia incluso entre ellos; los genios de la época actual trabajan y no juegan, y desde el inicio de este siglo se puede trazar un gran cambio. Los docentes modernos de la humanidad no creen necesario sufragar pasatiempos populares, al considerar la mejora mental lo único necesario».
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Autor: Charles Dickens. Título: Cuento de Navidad. Traducción: Editorial: Akal. Venta: Todos tus libros.
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