Dos ideas funcionan como columna vertebral del testimonio de Simone Veil sobre su dura experiencia en los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial: el dolor de las víctimas por no haber sido escuchadas y la necesidad de transmitir esa memoria de lo sucedido a las siguientes generaciones para que nunca se olvide. Son la razón por la que, desde su presidencia de la Fondation pour la Mémoire de la Shoah, decidió apoyar el proyecto Memoria de la Shoah, que recogió más de cien testimonios filmados por Dominique Missika, entre ellos el suyo. La transcripción de aquella entrevista es lo que podemos leer en este volumen que publica Lumen este año en el que se cumplen ochenta de la victoria sobre la Alemania nazi y la liberación de los campos.
Asumida como un deber personal la necesidad histórica de recoger los testimonios de los testigos antes de su desaparición, Veil relata de manera estremecedora a lo largo de 160 páginas sus vivencias y recuerdos desde su feliz infancia en una familia culta de clase media en Niza hasta su regreso a Francia después de la guerra. Sólo ella y sus dos hermanas sobrevivieron al Holocausto. Su hermano y sus padres murieron. Unos padres para los que “la religión no existía, o al menos su apego al judaísmo no estaba vinculado en absoluto a la religión” (p. 22). Por eso, señala Veil, su primera experiencia de lo irracional fue la de sentirse señalados como judíos, algo que, hasta ese momento, no los había definido nunca: “En el fondo, yo entonces no sabía lo que era ser judía (…). Éramos judías y ya está” (p. 47-48), a lo que se añade la incredulidad ante la deriva de unos acontecimientos que no son capaces de asumir ni sospechar: “Ni siquiera después, en los vagones. Ni siquiera cuando estamos en Drancy” (p. 67), reconoce. En una Europa civilizada ¿quién podía imaginar algo así? Esa fue la trampa terrible en la que cayeron muchos hombres y mujeres, la de confiar en que la sensatez, la cultura y la civilización prevalecerían. Por eso, a pesar de las señales y advertencias (“nos contaban un montón de cosas terribles que no nos creíamos”, p. 41, reconoce sobre los relatos de los refugiados llegados de Alemania desde 1933), tantos millones de personas acabaron en los campos de exterminio.
Veil salpica sus recuerdos con reflexiones muy sinceras y de hondo calado ético como las referidas a la solidaridad en el campo (“no fuimos unos santos, es decir, cuando uno tenía su trozo de pan, no lo compartía”, p. 79); las diferencias entre los deportados gloriosos, los que habían sido miembros de la resistencia; y los deportados vergonzosos, cuya repatriación se demoró (“no tenían ninguna prisa por llevarnos a casa. De hecho, no nos cuidaron en absoluto (…). No sé qué hacían las autoridades francesas”, p. 113); el papel de Francia, su traición a sus ciudadanos judíos (su padre, cuenta, “no podía imaginarse que Francia fuera a traicionarlo. Era muy patriota”, p. 45) o el silencio que “se organizó y se promovió en aras de la reconciliación” (p. 128). Y señala con agudeza las diferencias entre la Shoah y otros exterminios, como los de Ruanda o Camboya, negándose a englobarlos todos en un único término, el de “genocidio”, que los equipare, eliminando sus diferencias y matices singulares.
Terrible es la conciencia que adquiere durante la “marcha de la muerte” de la existencia de una voluntad implacable cuyo único fin es el de exterminarlos: “¿Por qué nos evacuaron? (…) Los últimos días nos llevaban de un campo a otro… Todo aquello no tenía sentido, ningún sentido. Sólo querían dejar cadáveres tras de sí” (p. 100). Estremecedor el recuerdo que la atormenta de los niños asesinados y la angustia de aquellos que, aunque lograron esconderse y eludir las redadas, se quedaron a “esperar el retorno de sus padres; primero esperaron la liberación del país, luego el fin de la guerra, y siempre albergaban esperanzas” (p. 52).
Para iluminar la historia es necesaria la memoria. Por iluminar me refiero a traducir, a entender un periodo histórico o un pasado distante de una manera que amplíe nuestra comprensión del mismo y aprendamos de él. Para que no nos limitemos a recitar y aprender los hechos históricos como meros sucesos inanimados para, como señala la pensadora Susan Buck-Morss, “reconocer semejanzas para las que hemos perdido capacidad, en lugar de borrar sus huellas en nuestra representación de la historia, como si no fueran un atributo necesario de la verdad histórica” (Año 1, Akal, 2025). Libros como el de Simone Veil cumplen esa misión fundamental. Ese “puedo” que nos devuelve la esperanza en el ser humano: “Entonces, algo parecido a una sonrisa asomó por lo que antes había sido su rostro” (Ajmátova, Réquiem).
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Autora: Simone Veil. Título: Solo la esperanza calma el dolor. Traducción: María Lidia Vázquez Jiménez. Editorial: Lumen. Venta: Todos tus libros.
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