La Europa de finales del siglo XIX dominó el mundo, por todo el morro. Su poder financiero, sus técnicas industriales, sus ideas modernas, habían llegado a colonizar la tierra entera. Todo cristo en América, Asia, África y Oceanía, desde el conspicuo millonetis hasta el más humilde tiñalpa, anhelaba imitar las tendencias impuestas por el Viejo Continente en economía, política y cultura. Nacionalismos pujantes, medios y dinero convertían el momento en perfecto para la expansión colonial, y Europa se aplicó a ella con entusiasmo. La idea básica venía ya del siglo anterior, de la Ilustración, y manejaba el argumento (léase hábil truco o pretexto) de que los países europeos, más avanzados en todos los aspectos (incluido, por supuesto, el militar), tenían la obligación moral de beneficiar a los pueblos atrasados, llevando a cabo con ellos una misión civilizadora. El gabacho Ernest Renan lo había definido perfectamente: El porvenir es de Europa y sólo de ella. Conquistaremos el mundo y le aplicaremos nuestra religión, que es el derecho, la libertad, el respeto al género humano. Sin embargo, a la hora de la verdad eso del respeto no quedó nada claro, porque buena parte de aquella intensa actividad colonial (los belgas en el Congo, los alemanes en Namibia, los franceses en Argelia y los ingleses en todas partes) se llevó a cabo con el más absoluto desprecio hacia las poblaciones indígenas; que mientras eran despojadas de sus tierras y riquezas, reducidas al servilismo y a una más o menos disimulada esclavitud, sufrieron innumerables abusos y verdaderos genocidios. Y así, respaldada por su notable potencia demográfica, su tecnología e industria punteras y su fuerza intelectual sin igual en el mundo, jaleada desde dentro por una prensa triunfalista que excitaba los sentimientos populares, aquella sociedad colonial violenta, como la definió Françoise Martinetti, se lanzó a una desaforada competición para ver quién colonizaba más, mejor y más rápido, en plan, como se decía antes, maricón el último. A partir de la Conferencia de Berlín (que fue en 1885), casi toda África y el resto del planeta (Océano Índico, Pacífico, Oriente Medio y Sudeste Asiático) se la repartieron entre Gran Bretaña, Francia y Alemania, dejando a España y Portugal algunas antiguas migajas. Misiones cristianas de diverso signo, sobre todo anglosajonas (no se pierdan la turbia hipocresía victoriana narrada en el relato Lluvia de Somerset Maugham y en la película protagonizada por Joan Crawford), proliferaron como setas, transformando (a veces para bien y otras muchas para mal) las costumbres locales, la cultura y los conceptos de familia y sociedad de los pueblos colonizados. Hasta los que no lo fueron, pero se fijaban mucho en lo que pasaba cerca y lejos, procuraban imitar las maneras occidentales; como fue el caso del Japón feudal, que en la última década del siglo se calzó a sí mismo una señora constitución, una organización militar y un código civil calcados de los europeos. Y del mismo modo que entre los siglos XV y XVII el idioma español, y en menor medida el portugués, se habían asentado en los territorios ultramarinos de ambos imperios, la parla de los nuevos amos del mundo también se impuso en todas partes, en especial el inglés y el francés, aunque nunca llegaron a la profunda penetración popular de las dos lenguas ibéricas y fueron más bien patrimonio de las élites coloniales y de las clases dirigentes locales. Dándose así la absurda circunstancia de que los indígenas que (en número limitado y selecto, naturalmente) accedían a la educación escolar eran despojados de la historia y cultura de su país para adoptar como propias las de las potencias colonizadoras. Eso fundió no pocos plomos y tuvo sus consecuencias, porque muchos de los jóvenes de las élites locales, mestizos culturales indecisos entre dos mundos opuestos, que iban a completar sus estudios superiores en Oxford, Cambridge o París, se encontraban con la inquietante contradicción de que los valores de libertad, equidad, derechos y amor a la humanidad que les enseñaban en las universidades nada tenían que ver con lo que las autoridades coloniales practicaban en sus países de origen. Y de esa contradicción, o sea, de la mala leche que ser conscientes de tanto camelo retórico y tanto timo de la estampita les fue dejando a esos chavales en la cabeza, surgirían, más rápido que deprisa, las ideas nacionales y anticoloniales (Gandhi, Sun Yat-sen y compañía) que algo más tarde iban a agitar el paisaje, después de que Europa, descubierta su estúpida vocación suicida, marchase cada vez con más rapidez hacia los grandes cataclismos del siglo XX, y la primera y la segunda guerras mundiales destruyeran su rancia hegemonía, mandándolo todo a tomar por saco.
[Continuará].
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Publicado el 21 de febrero de 2025 en XL Semanal.
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Importantísimo momento histórico el que se glosa en esta centésima entrega de la serie: el auge y consciencia de la potencia capitalista azuzada por los nacionalismos. En el presente no vemos todavía el cambio hacia el tecnofeudalismo: un mundo de individuos consumidores, sin oficio ni raíces, en manos de un puñado de oligarcas que, llegado el momento, nos considerarán en gran medida como prescindibles.
Impresionante, amigo. Inefable.
Conferencia con Berlín
La cosa fue tal que así:
-Señorita solicito
Conferencia con Berlín,
Uno, ocho, ocho, cinco.
(Ring, ring…)
-Cancillería del Reich.
-Hola Otto, soy Leopoldo…
-Hombre Leo ¡qué “surprise”!
¿Qué se te ofrece por “Mordor”?
-Pues quiero que mi país
No quede a los pies de Francia…
Recuerda que la Belgique
Fue aliada de tu patria.
-¿Y qué es lo que te incomoda?
-Pues que entre Angola y Cabinda,
Que Portugal incorpora,
Queda muy estrecha mi finca…
-Tienes que comprender
Que desde hace cuatro siglos
El marino portugués
Navegaba ya esos ríos…
-La entrada al Congo belga,
Es ese río también…
Que compartimos a medias
Con el vecino francés…
-¿Y dónde encuentras la pega?
-Pues que así mi territorio
Parece poco de fuera…
¡Se me llevan los demonios!
-Tranquilo que comparado
Con lo que tienes aquí
Ese jardín africano
Es inmenso para ti…
No quedó don Leopoldo
Convencido de tal hecho
Y decidió así que, el Congo,
Fuese para su provecho.
“…Europa, descubierta su estúpida vocación suicida…”
Ahí está la cuestión. Europa desperdició tontamente, tanto dentro como fuera de sus fronteras, su economía, su supuesto progreso y su supuesta libertad y democracia en cuitas internas, violencia y genocidios. Y, tras todo ello, se embarcó en un intento de solventar dichos males llamado pomposamente Unión Europea. Y ahora viene un loco rubito de Estados Unidos queriendo frustrar el intento, que por ahora es lo único que tenemos para lograr la armonía, a base de presiones, insultos, traiciones y amenazas.
El tecnocolonialismo se ha adueñado del mundo, con tres actores principales;
y Europa, parece, se queda exclusivamente para el turismo y la gastronomía.
¡Que aproveche!
Cualquier analogía con los oligarcas hipócritas en 2025 es pura coincidencia.
Bueno, al fon y al cabo, las potencias emergentes,
(China, India, etc) y emergidas, (USA) no están haciendo más que tomar el relevo de la vieja Europa, en lo que a herencia cultural, política, social y económica se refiere. El capitalismo, tan de moda ahora en la República Popular China, ya lo usaban las potencias europeas allá por…Fíjese que cada día que pasa estoy más de acuerdo con Ortega y Gasset en aquello de que América fue construida con el sobrante de Europa.
Ni América, ni China, ni ninguna otra potencia emergente, o emergida, está aportando nada nuevo al panorama social y político del mundo.
En la Edad Media hubo una crisis también similar a ésta. Roma se hundió, y los árabes, y los mongoles, y los turcos, y… aprovecharon el momento para; asómbrense; hacer lo mismo que antes hicieron Grecia y Roma. Tuvo que ser Europa la que renaciendo en el siglo xv volvería a poner las cosas en su sitio con renovados bríos.
¿Pasará ahora lo mismo?…Veremos.
Magnífico como siempre
No pasa desapercibido la ausencia del señor Ricarrob en este espacio, es curiosa esta relación de algunos de los que aquí escribimos, en particular, me parece que si me encontrara por la calle con este caballero, lo reconocería de inmediato…pero esto no es así, somos todos anónimos, solo creemos conocernos por nuestras ideas, pensamientos y posiciones frente a los problemas del mundo y de la vida.
Si alguien sabe del paradero de este buen señor, sería alentador que lo informara, basta que diga: “está todo bien, solo es una ausencia temporaria”.
Cordial saludo
Cierto. Llega un punto en que su ausencia es más intrigante que adivinar el contenido del próximo artículo de don Arturo. Por una vez, sin que sirva de precedente, quiero ser positivo y pensar que se trata de un simple cambio o avería de sus medios técnicos.
Quizá unas vacaciones.
Si es así que las disfrute y regrese con más fuerza si cabe.
En dónde está Ricarrob?