De la necesidad
La apelación a la necesidad ―«¿Qué necesidad había de…»― es tentadora y comprensible, también pertinente y eficaz en algunas ocasiones, pero nunca o casi nunca cuando se lleva al terreno artístico, porque cosas en él eran necesarias antes de que existiesen, y plantearlo es tanto como negar o cuestionar antes de tiempo las aptitudes y los resultados de aquello que se concibe y se crea partiendo casi siempre de la nada y que por ello se gesta en un espacio de incertidumbre cuya resolución sólo puede llegar a posteriori. Pocas cosas hay en verdad que nos resulten estricta y absolutamente necesarias como especie ―alimentarnos y dormir, en lo más básico― y perfectamente habríamos podido vivir desconociendo mucho de lo que sólo tras saber de su existencia nos parece irrenunciables. No había ninguna necesidad de que nadie se lanzara a imaginar las aventuras de un loco fingido que imita a los caballeros andantes por las llanuras manchegas, ni de fabular con lo que podría sentir un hombre que de la noche a la mañana se convierte en insecto, ni de elucubrar acerca de las divagaciones en las que podía incurrir un personaje gris mientras paseaba por Dublín. La humanidad habría seguido su camino ―habría sido un camino peor, pero eso no podían saberlo entonces y por tanto tampoco habrían podido compararlo― sin Las Meninas de Velázquez, sin el Ciudadano Kane de Welles, sin La pasión según San Mateo de Bach, del mismo modo que nuestras vidas habrían podido transcurrir perfectamente ―hay muchas que, de hecho, transcurren así― sin contemplar las pinturas de Altamira o las esculturas de Rodin, sin leer la Iliada y la Odisea ni escuchar el Réquiem de Mozart o las notas que emitía la garganta resquebrajada del último Johnny Cash. Desde un punto de vista puramente pragmático ―que es al fin y al cabo el único que prima cuando se trae a colación la necesidad― son todas ellas cosas inútiles y, por tanto, prescindibles. Y sin embargo, cuánto agradecemos que nadie distrajera la vocación de Pessoa preguntándole qué necesidad tenía de urdir sus heterónimos o amonestara a Picasso por aceptar aquel encargo de un Gobierno abocado al fracaso o recriminara a Virginia Woolf su empeño de contar con una habitación propia. Qué innecesario era todo, y cuánto habríamos perdido si no se hubiese dado.
El griego que inventó Toledo
Cuando llegó a Toledo, Doménikos Theotokópoulos era un hombre maduro y quizá no confiaba mucho en que la vida le brindara oportunidades muy distintas de las que habían quedado a sus espaldas. Había adquirido algo de fama en su tierra natal mientras se entregaba en Creta a la pintura de iconos de posbizantinos y venía de pasar diez años en Italia, estudiando primero en Venecia los estilos de Tiziano y Tintoretto y más tarde el de Miguel Ángel en Roma. Al pisar por vez primera la plaza de Zocodover contaba treinta y seis años de edad ―bastante para la época, hablamos del último tercio del siglo XIV― y acababa de pasar por Madrid con la esperanza de que lo reclamaran para adornar algunas de las estancias del monasterio del Escorial, que Felipe II pretendía ennoblecer con las corrientes artísticas que comenzaba a admirar Europa. Fue en la vieja capital del reino, sin embargo, donde consiguió sus primeros trabajos relevantes. Uno fue la elaboración de una escena del Nuevo Testamento que se terminaría conociendo como El expolio y preside desde entonces la sacristía de la catedral. El otro, la preparación de unos retablos para el convento de Santo Domingo el Antiguo que contribuirían a poner los primeros cimientos de una leyenda llamada a trascender los siglos. El paso del tiempo terminó dispersando las obras ―sólo tres de los nueve lienzos continúan en el lugar para el que fueron concebidos― y el Museo del Prado se ha tomado la molestia de reunirlos en una exposición que ocupa el mismo centro de su Galería Central y que sobrecoge desde el momento en que se sitúa uno ante la entrada y advierte el resplandor eléctrico de unas composiciones en las que se anudan el respeto a lo canónico y la apelación a la modernidad, forjadoras de una personalidad que se mimetizó con la de la ciudad que las inspiró, hasta el punto de que es imposible imaginar Toledo sin El Greco ni recorrer la ciudad sin la impresión de que sus trazados laberínticos y sus pendientes endemoniadas provienen de la misma pulsión que concibió los escorzos en tensión de esos cuerpos alargados que parecen más fruto del ensueño que de la contemplación. También las miradas crean realidades, y a menudo son las que vienen de lejos las que mejor saben captar las esencias de ese bosque que a nosotros nos impiden ver los árboles.
Pagar por aislarse
Leo que se han puesto de moda los llamados retiros lectores, que vienen a ser estancias de fin de semana en entornos rurales que los participantes aprovechan para leer un libro seleccionado previamente y, en ocasiones, charlar sobre él con su autor, que también asiste a ese enclaustramiento voluntario. Quienes se inscriben en la aventura disfrutan de unas cuantas horas de silencio ―tienen que tener apagados sus teléfonos móviles, supongo que también estará prohibido acudir con ordenadores portátiles― para concentrarse tranquilamente en la lectura, sin que los interrumpan el pitido de los guasaps ni las alertas de la actualidad. Se sumen, de alguna manera, en una burbuja controlada de irrealidad que les regala un espacio y un tiempo preciosos para entregarse a aquello que no son capaces de hacer en su vida cotidiana. La cuestión me genera sentimientos encontrados. El propósito me parece excelso y no creo que sus efectos puedan ser otra cosa que benéficos, pero no sé qué clase de época hemos construido para que el ejercicio de la lectura precise de un aislamiento de ese calibre, qué mundo es éste en el que quedarse en casa durante el fin de semana ya no es en muchos casos sinónimo de descanso, sino de disponibilidad continua para todo aquel que nos requiera ―jefes, amistades, familia― sin opción a devolver un no por respuesta. Hasta qué punto la comunicación que nos conecta constantemente con nuestros semejantes no estará despojándonos de nuestra propia condición humana, ésa a la que tanto bien hacen el silencio y la introspección. Me pregunto en qué momento hemos dado por bueno, o por lógico, que haya gente tan agobiada como para estar dispuesta a pagar por que no la molesten, y si no será sensato que nos detengamos y lo pensemos un momento, no vaya a ser que convenga retroceder unos pasos en vez de seguir avanzando a toda prisa por un camino que seguramente no llevará a ninguna parte.
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