“Le envidió intensamente, con un sentimiento mezcla de envidia y de piedad por sí mismo”
Así termina uno de los párrafos de este libro que bien representa lo que es La Paradoja de Verne. La idea que esconde esa frase sobrevuela toda la novela intentando representar una frontera que acaba por difuminarse a base de pasar por encima de ella una y otra vez. Y es que su dimensión filosófica no es baladí.
Para Schopenhauer, la función de la ética no es la prescripción de normas sobre cómo deben actuar los seres humanos, sino interpretar, explicar y reducir a su fundamento último la diversa conducta humana en su dimensión moral.
Alguno de los que leen estas líneas estará pesando: ¿qué tendrá esto que ver con ninguna novela negra o de suspense? Pues mucho. Y es que al igual que hace la autora de la novela que vamos a comentar hoy, Schopenhauer asigna a la compasión el fundamento de la moral, ya que la moral es lo único que excluye el egoísmo como motivación de la conducta. Y según el filósofo alemán, la compasión se ejerce en la experiencia de sufrimiento y carencia del otro; en convertir el sufrimiento del otro en mi sufrimiento.
Siempre he defendido que el best seller no está reñido con alta literatura, o que la alta literatura, en general, puede esconder algún tipo de complejo de inferioridad en su propia génesis. En definitiva, que cualquier libro es bueno y que hay dos tipos de libros: los que a mí me parecen buenos y los que parecerán buenos a otros. Para mí, este es de los primeros.
En seguida me bajo de la pedantería (si así queréis llamarlo), pero no voy a salir de ahí sin antes señalar que la sociedad que retrata esta novela, que es la sociedad en la que vivimos (o lo hacíamos hace unos años) aplica que las injusticias empiezan y acaban en los individuos que las producen y las sufren. La autora describe un escenario en el que, al igual que Schopenhauer, la compasión está muy alejada de todo lo que hace referencia a la denuncia de las estructuras sociales injustas. Sólo tiene delante al individuo concreto y singular, no al sujeto que pertenece a una sociedad.
“He perdido la sensación del bien y del mal”, escribió la autora en su diario al terminar la novela. La novela es El talento de Mr. Ripley, y la autora es una de las mejores escritoras de narrativa estadounidense de los últimos cincuenta años: Patricia Highsmith.
El talento de Mr. Ripley es la primera de una serie de cinco novelas protagonizadas por el mismo personaje. Él no es otro que Tom Ripley, un joven norteamericano que al principio parece una cosa y que resulta ser otra muy diferente cuando se ve encajado en… cierto contexto.
¿Quiere decir esto que El talento de Mr. Ripley representa que las apariencias engañan? Rotundamente, sí.
“Era tan buena persona que daba por sentado que todos los demás seres humanos lo eran también. Tom casi se había olvidado de que existiera gente así”
Tom Ripley es un joven tocado por el encanto de la duda y de la ambigüedad. De un refinamiento florentino, amante del arte y de la buena vida, un tipo elegante, ingenioso, soñador… pero con una moral, un sentido de la empatía y de la ética muy particulares. “Más bien simpatizo con los delincuentes”, decía Patricia Highsmith. “Los encuentro interesantes. A no ser que resulten monótonos y estúpidamente brutales”.
Nuestro protagonista vive miserablemente en Nueva York y se gana la vida trampeando. La suerte le pone en contacto con un millonario que desea que su hijo, Dickie, que vive en Italia con su novia, regrese a EE.UU. y asuma sus responsabilidades en el negocio familiar. Tom acepta el encargo, pero enseguida cambia de planes y el viaje comienza a ser algo más que la búsqueda de un viejo conocido.
El talento de Mr. Ripley trata de un juego de suplantación de identidades aderezado con un amplio catálogo criminal. Tom Ripley es un individuo al que sus fantasmas personales y la caótica vida que ha llevado hasta ese momento empujan a satisfacer su hambre de dinero, lujos, fiestas, y sobre todo y ante todo, independencia para aparecer y desaparecer del mapa a su antojo.
“No quería ser un asesino. A veces llegaba a olvidarse por completo de que había asesinado. Pero a veces, como le estaba sucediendo en aquellos momentos, le resultaba imposible olvidar. Sin duda, aquella noche lo había conseguido durante un rato, al pensar sobre el significado de las posesiones y sobre por qué le gustaba vivir en Europa”
Y es que en esta novela la capa moral es muy densa: el héroe es el asesino, un asesino tocado por un leve halo de desamparo que lo hace infeliz y, por tanto, cercano y comprensible. Como contrapunto, las víctimas no nos resultan especialmente simpáticas, y el lector va adentrándose en la oscuridad sin darse cuenta, mientras disfruta de un placer culpable donde nos descubrimos descansando en el lado de la línea que se supone no debe ser rebasado.
Ripley es EL PERSONAJE. Con mayúsculas. Quizá esta sea la novela que mejor ejemplifica cómo un buen personaje puede sostener casi cualquier trama que se le ponga por delante.
El desarrollo del protagonista y su evolución a lo largo del texto es lo más destacable de la lectura. La autora domina el arte de la creación de personajes, cosa que se nota en que los secundarios están perfilados en su justa medida, buscando no quitar protagonismo a Ripley, pero sin dejarlos vacíos y carentes de funciones en la narración. Highsmith sobresale a la hora de desarrollar el diálogo interno de Tom, a través del cual conoceremos la lógica de su mente y nos adentraremos en la psique de una persona con un grave complejo de inferioridad unido a una envidia que le llena de ira y que domina sus impulsos.
No es casual que comencemos a leer novelas de misterio y grandes crímenes a una edad en la que se empieza a ser consciente de que la inocencia es transitoria y ya la hemos dejado atrás. Yo recuerdo que empezaron a interesarme al mismo tiempo la física y la literatura. Cada una por diferentes causas pero con una misma finalidad: entender por qué ocurren las cosas. Dentro de la imagen segura y controlada del mundo adulto que todos teníamos a esa edad, las novelas de Highsmith nos hacían una terrorífica advertencia: en una situación aparentemente apacible, cualquier persona, un vecino, el hermano de un amigo, cualquiera, en el momento menos pensado, podía convertir nuestra existencia en una pesadilla. Tal y como hoy recitan una y otra vez los vecinos de cualquier localidad en la que se ha cometido un crimen al referirse al asesino: era una persona normal.
“Patricia Highsmith es una escritora que ha creado su propio mundo, un mundo claustrofóbico e irracional, en el cual entramos cada vez con un sentimiento de peligro personal, con la cabeza inclinada para mirar por encima del hombro, incluso con cierta renuencia, pues vamos a experimentar placeres crueles, hasta que, en algún punto, allá por el capítulo tercero, se cierra la frontera detrás de nosotros, y ya no podemos retirarnos”.
Esto lo escribió Graham Greene en el prólogo de Once, un libro de relatos de Highsmith. Es, sin duda, la mejor crítica que se ha hecho a la escritora hasta la fecha.
Lo mejor de Highsmith es, quizá, que suspende siempre en corrección política, cosa que cada día que pasa se vuelve más necesaria. Su bibliografía es amplia, dura y referente para el género. La propia Patricia Highsmith era así. Abarcaba desde Schopenhauer hasta Salomón cuando éste decía que “toda persona se convierte en lo que piensa”. Hoy faltan autores como ella: autores que nos digan las cosas como son y no como queremos que nos las digan. Juzguen ustedes mismos. O mejor no juzguen, solo lean. Pasen buen verano, yo me quedo tomando algo bajo el parasol, igual que Ripley.
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