Alberto Cardín

La publicación de Mi más hermoso texto, un volumen que recoge la poesía completa de Alberto Cardín (Villamayor, Asturias, 1948 – Barcelona, 1992), supone la constatación de un acto de justicia poética. La editorial Ultramarinos ha trabajado este libro con mimo estético y con profundidad intelectual, y ha rodeado la poesía de Cardín de unos textos, propios y ajenos, que le dan a la publicación la seriedad y la complejidad que merecía este autor “disidente”.

CARDIN libro

En mayo de 1988 invité a Alberto Cardín a participar en los segundos Encuentros Literarios de Oviedo, que bajo el epígrafe de “Narrativa 80” se celebraron en el teatro Campoamor. Durante los tres días que duraron los debates entre escritores y críticos pasaron por aquella tribuna, con Cardín, Juan Carlos Suñén, Alejandro Gándara, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Javier García Sánchez, Soledad Puértolas, Mariano Antolín Rato, Antonio Muñoz Molina, Juan José Millás, Carme Riera, Santos Sanz Villanueva, Jorge Herralde y Rafael Conte, entre otros.

Ante las primeras preguntas de Suñén, que moderó una de las mesas, respecto a la opinión que les merecía el florecimiento de la novela española, y más concretamente, cómo se veían a sí mismos en el interior de esa explosión, Alberto Cardín dijo: “Si se trata de situarse personalmente, yo la verdad, es que no me sitúo en ningún sitio con relación a la narrativa actual”.

"El tiempo es una apisonadora implacable"

Hoy, la lectura de los debates de aquellos Encuentros, con la perspectiva de casi treinta años, me hace darme cuenta de que el tiempo es una apisonadora implacable y que en el caso de España, y en lo que respecta a su parcela cultural, todo lo que entonces estábamos intentando construir se ha venido abajo de forma estrepitosa, o más bien ha venido siendo pasto de un proyecto de eliminación producido por un sistema democráticamente perverso. Así es la propia democracia cuando sus mandatarios, convertidos en secta, reconstruyen  a su modo los parámetros sociales del Despotismo Ilustrado (“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”), solo que sin ilustración alguna, es decir, sin contribuir al enriquecimiento cultural sino solo al enriquecimiento de las arcas del Estado y de los políticos que hacen las leyes.

Alberto Cardín no se sintió nunca identificado con los rasgos grupales de la entonces denominada Nueva Narrativa, “tal vez”, decía, “porque mi ficción resulta menos visible que mi actividad como ensayista”.

CARDIN REVISTA POESIA

Nº 1 de Poesía (1978)

Voy a recordar muy por encima algunos de los temas que salieron entonces en los debates y también el entorno cultural en el que vivíamos inmersos, es decir, respecto a esto último, qué soportes culturales de muy distinta índole, estaban vigentes, como Ajoblanco, revista en la que colaboraba Cardín; Ínsula; Los Cuadernos del Norte, que un dinámico y aguerrido Juan Cueto impulsaba; Camp de l´arpa, dirigida por Vázquez Montalbán, amparado por un consejo asesor con nombres de la talla de Barral, Claudín, Castellet, Matute…, incluso la revista Poesía, que bajo la dirección de Gonzalo Armero editaba el Ministerio de Cultura. Los temas propuestos en los Encuentros de 1988 iban del aprendizaje cultural y pasaban por novela y pensamiento, el nacimiento de las nuevas tecnologías y su posible repercusión en la actividad creativa, la complicidad con el lector, el espejo de la literatura, sentido y sensibilidad de la crítica… hasta cine y literatura, animados por un público masivo que seguía las intervenciones y encontraba su turno de preguntas al final de cada sesión.

CARDIN LOS CUADERNOS

Nº 0 Los Cuadernos del Norte (1980)

Santos Sanz Villanueva preguntó en un coloquio en el que participaban todos: “¿Tenéis conciencia de constituir algo distinto a la novela que se hacía con anterioridad a vosotros?, ¿a la de los Goytisolo, Marsé, Caballero Bonald, García Hortelano…?”. Cardín, tras aclarar que no había escrito ninguna novela, “aunque cuando se habla de narrativa habrá que incluir el cuento”, afirmó que había una tradición del cuento español, y señaló a Valle-Inclán como una de sus más claras influencias. “Hay otros autores que también pudieron influir en mí, como el mismo Clarín o como la Pardo Bazán. Creo que hay una tradición del cuento realmente muy amplia, desde el siglo XIX hasta la guerra civil, que además tiene bastante fuerza y que no tiene nada que ver con el cuento anglosajón de la época, y sí, en todo caso con la tradición francesa, sobre todo en Valle-Inclán con Maupassant, con Anatole France… Mi influencia va por ahí: asumo conscientemente mi vinculación con esa tradición”.

Como decía, el libro que recoge la poesía completa de Alberto Cardín que han publicado estos nuevos y encomiables editores de Ultramarinos, me recuerda a un pretérito que creí finiquitado: al de unas personas que “necesitan” poner libros “así” en las manos de quienes buscamos textos que no forman parte del circuito tradicional de las librerías y que no estarán nunca en la lista de los más vendidos (aquí prefería equivocarme, naturalmente).

Para completar el libro que publiqué después con las actas de los Encuentros pedí a los escritores un texto inédito. El primero en enviarlo fue Alberto Cardín: diez páginas de lo que no sé si más adelante se llegó a publicar y que se titulaba El obispo sidoso, cuyo primer párrafo empezaba así:

“Cual si quisiera imitar a Agustín en la Hipona cercada por los vándalos, Mons Eugenio Salgado, jesuita y obispo siromalabar de Jaffna, entregó su alma a Dios mientras la ciudad era asaltada por la tropas cingalesas del gobierno de Colombo, y los fieles tamiles volvieron de inmediato sus ojos a él en la desdicha, consagrándolo espontáneamente santo”.

Los encuentros

Mi más hermoso texto, toda la poesía que Cardín escribió desde 1976 hasta 1983, va precedida por un prólogo eficaz y muy personal de Ernesto Castro Córdoba,al que le le siguen los poemas de Paciencia del destino, de 1980, de Despojos, de 1981, Indículo de sombras, de 1983, y de un grupo de poemas Inéditos que recorren los años de escritura poética de Cardín, más una Nota Previa de los editores, que no tiene desperdicio, y otros escritos, algunos del Cardín de los tiempos de La bañera y de Diwan.

Este libro me trae ahora el recuerdo de aquellos días ovetenses con Alberto, en los que buscábamos la esencia y reivindicábamos la poesía desde posiciones entusiasmadamente críticas. Como él mismo escribió en el poema “Gloria”:

¡Qué idiota!
Pasión estúpida,
vieja y sabida:
perseguir una sombra,
sabiendo que jamás
el destello primero
volverá a chispear en el segundo intento.

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