Advertencia: Este texto es ficción, pero dada la cantidad de tarambanas que andan sueltos por el mundo podría alguno de ellos sentirse identificado, lo cual (no) sería mera coincidencia.
Haré la revolución. ¿Cómo, para qué? ¡Para que me ponga atención la tele y así hacerme famosa! Para que mis amigos me retuiteen, el populacho hable de mí y pueda desplegar entonces mis sosas pero espamentosas plumas de pavo real. Si no, ¿para qué lo haría? ¿Para que acabe el hambre en el mundo? ¿Para que la diferencia entre pobres y ricos no sea pantagruélica? ¿Para terminar con los psicópatas que nos saquean por nuestro propio beneficio? ¡Pfff, fruslerías! Si eso fuera posible, gente de la talla de Eduardo Galeano, Gandhi o Agustina Cherry (una banda de rock maravillosa, busque en Google) ya lo hubiera hecho. ¿O no? Cerebros lúcidos que salen en Wikipedia por tener ideales, carisma, ansia de cambio y esas cosas que quedan tan bien en el currículum. ¡Gente de armas tomar! No como usted y yo, que nos pasamos el día opinando en el saco roto de la internet.
En fin… El problema que tenemos es el problema que ya sabemos que tenemos: mucha plata en pocas manos. Y si gente tan instruida como la antes mencionada no lo ha podido descular… Me permito pensar que debe de haber una relación simbiótica entre nosotros y los psicópatas de turno, ¿no? Si cae un imperio hay necesidad de que llegue otro, y no lo digo yo, lo afirman los datos de la historia. Y aquí podemos ir con una comparación de color: ¿Acaso usted no sigue aguantando a su marido aunque ya no lo soporte? ¿No le deja notitas en la heladera porque no quiere repetirle que no deje mas la hedionda toalla húmeda sobre la cama? Y ahí nos tiene: usted sigue con su marido y yo aguantando a los afanancios de turno.
Por lo que visto y considerando… Como la cosa no estaría teniendo solución, luego de liberar heroicamente al pueblo podría ofrecerme al puesto vacante de nueva psicópata, pero ojo, sería una psicópata asumida, que no cunda el pánico: escucharía a la masa, respondería tuits alegremente, invertiría en la ciencia, ya que soy muy supersticiosa, y hasta alguna que otra vez me tomaría un Uber. Por supuesto acataría las leyes de tránsito (no, las de la Constitución no, las de tránsito). Todo esto en tanto y cuanto el rebaño me obedezca, claro, porque abrir el diálogo para andar escuchando tonterías sobre los derechos de los que menos tienen… Yo no quiero arruinarles la fiesta pero hay cosas más importantes que la educación, señora, que las jubilaciones. Además, no es mi culpa este empeño del ser humano de estirar tanto la vida. Ya ni siquiera hay lugar para estacionar en la puerta de casa.
Al parecer nos es imprescindible un líder a quien encajar la mochila de responsabilidades*, y se los demostraré yo cuando asuma robándoles a siete manos y en forma más que evidente (esto solo para ver si alguno espabila, eh) y ya verán, seguirán ustedes pagando sus impuestos, temerosos y obedientes, descargando impotencias e iras en el estado del WhatsApp, achicando gastos y buscando un enésimo empleo para llegar a fin de mes. Nada de instruirse en la universidad y denunciar a la mafia como el Derecho manda, por ejemplo. ¿Cómo? Sí, claro, si no pagara impuestos habría consecuencias, y si nos denunciara peor, y como dice usted, siempre tan lúcida, en la cárcel no hay televisión HD, pero quédese tranquila, que tampoco hay lugar para la ciudadanía toda. ¡Sin corajudos no hay cambio, mis estimados comunistas del WhatsApp!
*La culpa no la tiene Rousseau, no insista.
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Siempre es triste, pero tiene remedio, aunque no es barato. Mire cómo terminó el fiscal Delgado por plantarse al poder… Saludos.