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Alicia Aza: Compromiso humanista y ético

Alicia Aza. Foto: Jeosm

Llevo siguiendo la trayectoria de la poeta madrileña Alicia Aza Campos casi una década. De su obra me interesa especialmente su compromiso humanista y ético (la patria es el mundo en toda su extensión y el dolor de los otros es un dolor compartido que hay que nombrar) imbricado en la naturaleza, su versatilidad rítmica en la construcción versal, la fusión de artes (plástica, literaria y musical) y esa evolución hacia una mayor introspección, ahondando en una profundidad reflexiva de corte intimista, que son —a mi parecer— rasgos primordiales de su poética. Todo ello se constata en sus cinco obras publicadas: El libro de los árboles (2010), El viaje del invierno (Premio Rosalía de Castro 2011), Las huellas fértiles (2014), Arquitectura del silencio (2017) y en la recientísima Al final del paisaje.

A lo largo de estos años se percibe claramente la voluntad de la autora por desnudar la palabra de cualquier artificio literario que no resulte imprescindible, lo que propicia que los lectores/as se acerquen al poema como quien se acerca a una verdad descalza, y de esa desnudez recibe su fuerza, el valor hondo. Si Arquitectura del silencio suponía un viaje circular y emocional en torno a los horrores de la guerra y la destrucción del ser (de Auschwitz a Tiananmen, pasando por el Madrid del 11-M y avanzando por Israel o Vietnam) para convertirse en una llamada necesaria a una nueva rehumanización frente a tanta barbarie y tanto sufrimiento (“Me queda la memoria de los gestos, / el olvido de quien no llegué a ser / y unos zapatos en tierra de nadie”), ahora Aza indaga serenamente desde los límites de la identidad en una invitación sutil y necesaria a que profundicemos en la  vital trascendencia de la memoria (“me abraza la memoria y me protege / me salva de creer mías las rosas / que no fueron cortadas en el día / en el que la renuncia fue mi faro”, p. 64), en una remembranza reflexiva e interpretativa como eje vertebrador del yo desde su constante posicionamiento humanista en comunión con la naturaleza, enlazando con su Libro de los árboles pero desde otra perspectiva en tanto en cuanto el personaje poemático se integra en el entorno natural y sus ciclos como un elemento más (“soy el tronco apartado en el camino. Mirar es descubrir y, después, crear. Me descubro en el tronco con forma de mujer”, p. 37).

"Llama mucho la atención esa omnipresencia del silencio, ese silencio cómplice del recuerdo que es capaz de resonar como un eco de la voz porque es remembranza."

Resultan muy significativas esas dos citas iniciáticas de Cesare Pavese (“Si sonara la voz también el latido corto / del silencio que dura, se haría dolor”) y Claudio Rodríguez (“la belleza anterior a toda forma / nos va haciendo a su misma semejanza”) que evidencian una declaración de intenciones rotunda manifestada en las seis partes que componen Al final del paisaje: “La suerte no viene de fuera de mí”, “Despertar en esta época del año”, “Cada objeto cambia según la perspectiva”, la elegía “No sé en qué lugar nos perdimos”, “Amanecer y darte cuenta de que apenas has dormido” y ese cierre luminoso que supone “Fui madre junto al río Yangtsé”.

Cada parte la componen siete poemas (salvo la primera, “La suerte no viene de fuera de mí”, organizada en diez composiciones, y la cuarta, “No sé en qué lugar nos perdimos”, que, como avanzábamos, es una elegía). Pero lo nuevo, lo que supone una aportación altamente significativa en la trayectoria de la madrileña, es la forma en que, en cada sección, la autora ha sabido componer, en el sentido musical del término, un esplendente texto en prosa poética que ejerce a modo de introducción y que está pleno de aseveraciones como fogonazos que entroncan con el surrealismo casi pictórico de Magritte —ut pictura poesis, que diría el clásico—, con una potencia y una precisión lírica absolutas capaces de reforzar la estructura temática que los sucede.

Y, de fondo, llama mucho la atención esa omnipresencia del silencio, ese silencio cómplice del recuerdo que es capaz de resonar como un eco de la voz porque es remembranza, palabra viva y abrazo: “me basta mi silencio / para hacer del olvido mi palabra” (p. 53) escribe en “Elegía”, o, más tarde, “El silencio nutre mis labios” (p. 80) afirma en “Pájaros”, el poema final de la obra.

"La poeta nos lleva ahora al final del paisaje para hacernos notar en cada instante ese mismo temblor inexplicable"

De esta manera, como una pintura cargada de matices, Al final del paisaje va a sorprender a los lectores habituales de Alicia Aza porque, desde una musicalidad distinta (se perciben las influencias de sus lecturas de Herta Müller, Unica Zürn, Virginia Woolf, Byung-Chul Han, Mario Satz o Siri Hustvedt, entre otros), con un perfume diferente que huele a espuma de mar, a sombra, a cieno y a sueño bretoniano, se ha arriesgado a desarrollar una modernidad infrecuente en la lírica española y ha salido victoriosa —conste que esto es más infrecuente aún—  porque ha tenido la capacidad de construir un universo polifónico en el que se imbrican un verso y una prosa intensamente reveladores de la realidad ambivalente que habitamos y de la condición humana en esta época de penumbra donde todo se percibe desde un desolado retiro vital que nos aletarga a ratos, pero que no resta lucidez en los momentos clave (“El tiempo pasará / y cuando ya no estés, / o yo me haya ido / sólo la música que hicimos nuestra / será memoria de la arena”, p. 20).

Y así la poeta, que es consciente de que el mundo lo hace habitable sólo la buena literatura (“La poesía es un volcán y el poema es una lava solidificada en la palabra”, p. 14), de que la palabra precisa es la que nos salva, nos lleva ahora al final del paisaje para hacernos notar en cada instante ese mismo temblor inexplicable que es capaz de entrelazar los versos de Alda Merini con los de Claudio Rodríguez, esa emoción que sólo se alcanza con quien ha aprendido que la poesía debe ser cultivada con idéntico esmero al de quien roza, despaciosamente, los pétalos de una flor erguida en soledad al borde de un precipicio.

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Autor: Alicia Aza. TítuloAl final del paisajeEditorial: Valparaíso. VentaTodostuslibros y Amazon.

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  • Tomaré lo mismo que ellos

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    marzo 27, 2025
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    El camino más corto para que uno se adentre sin miedo en El castillo, de Franz Kafka, viaje al Imperio Austrohúngaro con La marcha Radetzky de la mano de Joseph Roth o quiera comprobar por sí mismo por qué el cine ama tanto las novelas de Jane Austen, el camino más corto, decía, es leer los tres primeros volúmenes de la colección Dos tardes, dirigida por Sergio del Molino para la editorial Alianza. Porque en estos libros hay conocimiento sobre los autores, sus vidas y obras, pero sobre todo hay genuino entusiasmo, el que saben contagiar, en algo más de…

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