Álvaro Pombo vive «empapelado», rodeado de periódicos impresos, de papeles, de libros, de carpetas con recortes, con rimeros de folios, con ensayos más o menos deshojados, con la imaginación espolvoreada de versos, citas, frases, memorias de párrafos, pensamientos de una lucidez profética o, por lo menos, iluminadora. El novelista, el último Premio Cervantes de las letras en español, es un hombre que vive en el «no descanso». Un insurrecto que disfruta con su oficio, que es la escritura, y que la ejerce desde todos los ámbitos y rincones, a todas horas, en el escritorio, en la conversación, en los menudeos cotidianos, también desde la pose, la figura más o menos creada o no. Ahora esta mente tenaz, voluntariosa, anda envuelta en unos relatos autobiográficos y en el discurso que pronunciará en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares durante el acto de entrega del Premio Cervantes.
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—¿Alguna vez fantaseó con ganar el Premio Cervantes?
—Lo he pensado y deseado muchas veces, pero jamás que lo fuera a ganar. Siempre he creído que había muchas sensibilidades y que era tener un poco de suerte. En el fondo, si te lo dan es una enorme suerte, pero uno jamás debe esperar eso. La paciencia consiste en no esperar en serio cosas que dependen, dejando a un lado el mérito, del azar y de las circunstancias. Los premios dependen de eso, de cómo está compuesto el jurado, de la sensatez que predomine y de las sensibilidades. Necesitamos tener paciencia y no esperar absolutamente nada.
—Paciencia. No esperar nada de la vida… Muy ascético.
—Elliott, en uno de sus poemas, venía a sugerir que conviene estar tranquilo si quieres escribir y que los frutos nunca dependen de uno. Cualquier otra persona puede tener una obra magistral. Por eso insisto en la paciencia, que todo lo alcanza. Esto es de Santa Teresa: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza». Así que no queda otra que tener paciencia. Además, los premios se consumen y tiempo después dejas de ser el rey del mambo. Es así, por unos días eres el rey del mambo. Puede que por unas semanas, pero eso queda atrás. Así que hay que tener paciencia para ser el rey del mambo, y después para dejar de serlo.
—Pero vivimos una época en que no están de moda el reposo ni la paciencia ni el esfuerzo…
—Es cierto, el reposo tampoco, pero si hacemos una vida sin un adecuado reposo vivimos entonces en una vida electrizada. Espacio, reposo y tiempo es lo que requiere la cristalización de los cristales. ¡Y también la cristalización de los autores y de las obras de arte! ¡Y de los diarios y el pensamiento! Por eso Rilke asegura que la paciencia lo es todo. Estamos ante una mística del siglo XVI. (Risas). Rilke también comentaba que no basta con tener recuerdos: hay que tener muchos recuerdos y luego tener la paciencia para que vuelvan, porque al volver, seguramente es cuando saldrá la primera palabra de un verso. Todos estamos llenos de recuerdos, de edades. Hay que olvidar los recuerdos cuando son muchos y tener la paciencia de que regresen a ti. Un poco lo que hizo Marcel Proust, que tuvo la virtud de esperar. En parte se acordó y en parte se lo inventó.
—¿Ha pensado el discurso que leerá en el Premio Cervantes?
—Sí. Lo tenía preparado para un discurso magno, pero luego resulta que es de veinte minutos, y en veinte minutos es complicado hacer fenomenología. Es imposible. Con motivo de El licenciado vidriera, quería abordar una fenomenología de la fragilidad, pero lo tengo que descartar, porque no me da tiempo. ¡Me voy a quedar en el punto y coma! Lo estoy escribiendo y hago el minutaje del texto para adecuarlo a esos veinte minutos. En el fondo yo me alegro de que sea tan breve, porque he padecido en la Real Academia Española discursos inacabables. Si es interesante, bien, pero si es malo, estar sentado en una silla es una atrocidad. Pero bueno, ahí muchos habrán ido para saludar al rey y tomar el canapé, y ahí un discurso de tres cuartos de hora cansaría. Veinte minutos es una viñeta, pero bueno… Cervantes me parece un personaje interesante, eso sí. Cuando dije que era un pringado, todo el mundo se escandalizó mucho.
—A mí me hizo gracia, Álvaro.
—Es que lo era. Tenía una familia agitada y las cervantas eran un poco marimandonas. Hay estudios. Y además le plagiaron el libro… El embrujo. Lo que tienen El licenciado Vidriera y el Quijote es que ambos están embrujados. A Tomás Rodaja —el personaje de El licenciado vidriera— lo embruja una dama de todo rumbo y manejo y le fragiliza; al Quijote le embrujan los libros… «Don Quijote, Cervantes y los embrujos»… Este podría ser un bonito título para el discurso. En la primera parte del Quijote, este se deja embrujar y pierde el entendimiento; Sancho permanece en la cordura.
—¿Con qué soñaba aquel niño que suspendía cinco asignaturas y escribía artículos notables en una revista colegial?
—Pues en que le embrujaron ya desde pequeño los libros, como los de Richmal Crompton. Sentí muy pronto ese embrujo, con El cazador de tesoros, una biografía de Stevenson, y la novela de este, La isla del tesoro, igual que después El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde. O Washington Square más adelante… yo he leído siempre embrujado, embebido, porque si dices «embrujado» parece que ha venido Raphael y que te embruja. «Enhechizado» es mejor palabra… La puedes leer en una de las paredes de Salamanca. Solo suspendí tres asignaturas en aquel verano, pero me suspendieron debidamente, aunque, al mismo tiempo, el padre Constantino y el padre Manuel Sedano me ponían por las nubes, porque escribía hasta cuatro artículos en la revista del colegio… El embrujo, ya te digo, fue la escritura.
—Todavía sigue «enhichazado».
—Todavía sigo pensando en eso, en garabatear, sacar libros… En la construcción de una ficción. Entras en contacto, mediante la ciencia, la historia o con datos de la realidad, con el poder de la ficción y la idea de ficción. Escribí un ensayo, La ficción suprema, que quiere decir que eso está más allá del ser, más allá del acto puro, y por eso no puedes conocerlo, porque uno solo puede conocer lo que puede conocer fenomenológicamente, pero ir más allá es entrar en el mundo de los absolutos. No puedes decir que Dios existe y asegurarlo como una verdad, porque no lo puedes saber. Es una ficción suprema, que necesitamos para vivir, porque el hombre no solo vive de apoyarse en la tierra, necesita ficcionalizar la tierra. Otro ejemplo, en la teoría de los personajes: Umbral era un magnífico escritor, pero además necesitaba un personaje, y lo hizo. Estaba Paco Umbral, con quien hablabas y era magnífico, y luego estaba el personaje Paco Umbral, que también era magnífico.
—¿Ha sido un poco personaje?
—Yo soy más huidizo que Umbral… No me escapo, pero no busco eso. Soy una persona solitaria.
—¿Es como el protagonista de su último libro, El exclaustrado?
—Pero este personaje se equivoca al dejar el monasterio y creer que puede con la meditación solo. Ahí se viene abajo. A quien se parece el exclaustrado no es a mí, salvo que tiene una casa en Martín de los Heros. Pero a quien se parece en realidad es a un personaje de Middlemarch, de George Eliot, que es el clérigo, uno que estaba escribiendo un libro y que creía que lo que había que escribir es una llave para entender todas las mitologías. Estaba haciendo una filosofía de la religión anticuada, sin duda.
—Fue raptado muy pronto por la literatura. ¿Eso tiene un coste social?
—La literatura tiene un punto público y mundano, que es lo que te da dinero, las conferencias y eso. Si no las haces, vas a salto de mata económicamente. Lo que hay que tener en cuenta es que no estás solo en el mundo y que escribes para la gente que hay en el mundo. Existen casos, como Kafka, que pensaba que escribir era meterse en una cueva con una pila de papeles y escribir. Yo no soy tan radical.
—Ha estado mucho en el debate público.
—He estado en la televisión y durante dos legislaturas en UPyD, pensando un poco que era mi obligación, porque creo que todos tenemos unas obligaciones personales que hacen referencia al prójimo, y el prójimo es complicado, no solo los que están con nosotros, amigos o familia, que son fáciles, sino también con otros. En España hay que construirse 300.000 viviendas y solo se han construido 100.000, no porque los bancos no den dinero, sino porque no se invierte en construirlas. Hay una responsabilidad. La gente que tiene dinero tiene una responsabilidad social, también; y la gente que no lo tiene pero tenemos elocuencia, como yo, también. Vengo de una época en la que se hablaba mucho del intelectual comprometido y yo me he comprometido públicamente en numerosas ocasiones, pero en los últimos años he estado reduciendo todo eso, más que nada porque a veces se pierde demasiado tiempo hablando o escuchando lo que se dice, la cháchara, y hay que dejar pasar muchas cosas de esas. Estuve en tertulias y ganaba mucho dinero. Estaba encantado, pero lo dejé, porque una vez comenzaron a hablar de doña Leonor, y aquello se convirtió en una tontería. Ya hay prensa del corazón, pero si ya hay esa prensa, no voy a estar ahí yo haciendo el tonto. Además, quería adelantar mis libros. Pero son cosas que no descarto para los demás, porque no las he descartado para mí mismo.
—Hay una trivialización del discurso.
—Hay una cosa que se llama prisa. Todo el mundo anda apresurado. Eso hace que la gente se detenga muy poco en los datos o en las reflexiones. A veces se dicen cosas desmesuradas. «Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas»… Por lo menos el contorno, habría que añadir. Gente que tiene responsabilidad pública, aparte de los maestros, son los periodistas, que tienen una responsabilidad tremenda, porque también son profesores de alguna manera. Lo que sí es cierto es que estamos usando muy mal las palabras. Una que empleamos mal es «capitalista», porque acaba siendo capitalista hasta yo, o usted. De alguna manera te incluye si tienes un trabajo fijo. ¿Y ya por eso perteneces al capital? No, perteneces a una sociedad. El mal uso no tiene más corrección que hacer buen uso.
—¿Corromper las palabras es corromper la sociedad?
—En Noche de reyes, de Shakespeare, existe un bufón que hace reír y que también hace pensar. Este personaje, mediante el juego, deconstruye las palabras. Gracias a esa deconstrucción a veces podemos ver también la luz de las cosas. No hay que ser siempre dramático, pero para hacer un juego de palabras, en ocasiones, hay que corromper el sentido de esa palabra para después recomponerla. “El lenguaje es la casa del ser”, decía Heidegger. Nosotros estamos inmersos en el lenguaje de la plástica. Estamos en el mundo de las palabras y de las transformaciones de las palabras, y del lenguaje.
—En su libro Santander 1934 hay un personaje que se ve atraído por el falangismo. Ahora vuelve esa retórica.
—Uno de mis abuelos se ve atraído por Azaña, pero tiene un hijo que está fascinado por la retórica falangista de Primo de Rivera. La idea que tenían en aquel momento es que amamos a España porque no nos gusta. Entendían que había un amor severo y que estaba en la línea de grandes pedagogos de la época y del Instituto Libre de Enseñanza, muy perseguida por el franquismo, pero muy importante en la anteguerra y posguerra, pero que estaba impulsado por grandes reformadores… Pero yo creo que esa retórica, procedente de todos los lados, fue demasiado. Hablaron demasiado todos los partidos en la Guerra Civil Española. Todo el mundo declamó demasiado. Hubo una afectación del discurso, de la palabra hablada, del mitin, y que no fue conveniente, porque los mítines son exaltaciones y captaciones de la atención. Hay que tener en cuenta que la mitad de población española de los años 30 era analfabeta. No había tantas radios… cómo se les comunicaba las cosas, pero también los dictadores hablaban largas peroratas, como Castro.
—Pero estamos volviendo a eso.
—Lo importante es escuchar lo que dicen los no radicales. Hubo una época en que había gente que creíamos en la posibilidad establecer un centro político, un partido bisagra que alternaría con el PP o el PSOE, bien gobernando o bien dirigiendo el Congreso, introduciendo elementos de corrección. Creíamos en la mediación, y eso es lo que no tenemos a mano hoy.
—El entendimiento es hoy escaso.
—Pero eso siempre ha sido muy importante y necesario entre todos, porque hay cosas que tenemos que hacer entre todos. Por ejemplo, para conseguir una política migratoria a la vez humana y sensata no podemos tener a todos los inmigrantes, pero tampoco podemos tratarlos como sillas, porque no son objetos, son personas. Tenemos demasiados problemas políticos y sociales encima hoy en día. Ahora lo que más me preocupa es escribir y estoy muy concentrado en lo que hago porque estoy al final de mi carrera y ahora mi influencia pública es muy reducida. Me preocupo por cosas más cercanas, pensando en que lo que hago es, a la larga, válido, y pensando en que la gente lo lea. Es que yo tengo un poco de impaciencia con la política, porque, ¿cómo se interviene en la política? ¿Mandando artículos? ¿Eso influye? ¿Viene bien o mal?
—Se ciñe a la literatura.
—Pero no soy obsesivo. Es solo lo que sé hacer mejor, pero no estoy en los círculos literarios o discutiendo lo que hacen los demás. No soy perfeccionista, en el sentido de Juan Ramón Jiménez, no. Hay que dar el contenido más profundo y claro que se pueda. Hay que pensar en las cosas, hay que estar presente en lo grande, magnánimo, en lo que nos sobrepasa y hay que estar en presencia del mundo que nos rebasa, incluso de Dios, que nos sobrepasa a nosotros y al mundo. Hay que estar en la seriedad. Hegel hablaba de la seriedad de lo negativo, yo de la seriedad del mundo en positivo, pero eso no quiere decir que seamos unos muermos, porque el mundo está lleno de luz y de gracia.
—Humor y pensar. ¿Son cualidades suyas?
—El sentido del humor y la ironía son una revitalización y nos hacen falta sobre todo cuando las cosas nos salen mal, cuando descubrimos la alteridad de los otros, entonces hay que tener sentido del humor. Sería un poco parecido a lo que contestó Picasso cuando le interpelaron por las Las señoritas de Avignon y le comentaron que no se parecen en nada a las mujeres, y él replicó, muy guasón, que ya se parecerán. Han seguido sin parecerse, pero lo que quería decir es: “Espere a que el cuadro envejezca, y a que yo también me muera, a ver qué piensa entonces”. No se parecerán físicamente, pero se habrán convertido en un símbolo de una época, de un tratamiento femenino, del estilo de un señor capaz de retratarnos a todos como si fuera un fotógrafo. Esa respuesta es echar hilo a la cometa y forma parte del sentido del humor. El humor depende, eso sí, de la buena salud, porque las enfermedades amargan y entristecen. Aunque también hay que tener sentido del humor para los achaques.
—Dicta, escribe, corrige. ¿Es importante cómo suena la literatura?
—Leo en voz alta siempre. Es importante la prosodia, porque eso da una idea del ritmo, de la prosa en las novelas, pero también en los poemas y en el ensayo, porque si no, se aplastan los textos y los lectores se cansan. A veces piensas que un texto es interesante pero te cansas a la mitad, y eso no puedes permitirlo.
—A sus años, ¿cómo se contempla la vida?
—He tenido suerte. He trabajado mucho y he vivido escribiendo y he sido reconocido por mis coetáneos. Estoy preparado para morir, como se dice. Estoy satisfecho de la vida. Estoy escribiendo ahora una colección de cuentos autobiográficos. Escándalo (Risas).
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