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Amor, misterio, literatura y memoria

Amor, misterio, literatura y memoria

A continuación reproducimos la lectura que hizo Graciela Rodríguez Alonso durante la presentación de la novela Extraña vecindad (Círculo Rojo), de Lourdes de Orduña, en un acto celebrado en el Club Zayas, que contó con la presencia del periodista Luis Herrero como presentador.

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Esta es la historia de un sueño, el sueño de Mickel, 29 años, que decide cambiar su vida de informático muy bien pagado en Manhattan, por la de recadero de una tienda de ultramarinos situada en una antigua casa de Brooklyn, de esas preciosas que vemos en las películas, construidas a finales del XIX o principios del XX, con la fachada de ladrillo rojo. La casa esconde un secreto inexplicablemente unido al sueño de Mickel: ser escritor. Sueño marcado, sobre todo, por su admiración hacia Scott Fitzgerald.

«Sería maravilloso ver el anuncio de mi libro en las revistas y periódicos de América», sueña Mickel. Y, atraído por la casa de Brooklyn, comienza a trabajar en la tienda del Sr. Roberts y la Sra. Maisie. Cada día, al final del trabajo, intenta iniciar la novela. «Allá voy, hoy comienzo, estoy tan emocionado que me tiemblan las manos, pero llevo dando vueltas al tema… espero tener por lo menos las ideas claras… que no cunda el pánico…». Pero cunde, día tras día: «Me reconozco un cobarde. Un folio en blanco me da más miedo que ver una película de terror… ¡Maldita sea! Lo importante es encontrar una historia para escribir. Deberé ir tomando notas de lo que observo… No hay quien me pare. Capítulo primero… El Sr. Roberts y la Sra. Maisie se abrazaron… No, no… El aire arrancó el toldo… No, ¡tampoco!».

En fin, una cosa es soñar con ser escritor y otra llegar a serlo.

Escribir una novela, una película, una epopeya, un poema. ¿Es tan difícil? ¿Qué hace falta para escribir? Rilke (1875-1926), contemporáneo de Fitzgerald (1896-1940), nos dejó este maravilloso texto:

«Para escribir un solo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las pequeñas flores al abrirse por la mañana. Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún aclarado… Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra… Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan… Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que, en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso».

"Vivir y guardar memoria de lo vivido. Pero, la vida es corta, por no hablar de la memoria. No es fácil reunir recuerdos de tantas experiencias y además conservarlos"

Vivir y guardar memoria de lo vivido. Pero, la vida es corta, por no hablar de la memoria. No es fácil reunir recuerdos de tantas experiencias y además conservarlos. ¿Cómo se puede ampliar la experiencia de una vida? Conociendo otras vidas. A través de otros ojos. Por eso Lourdes le regala a Mickel una casa llena de extraños vecinos, y él aprovecha para «escarbar en sus vidas… para saber cosas sobre ellos, para encontrar alguna historia que poder novelar». Hay que decir que uno de los rasgos de Mickel es la bondad por lo que irá tomando cariño a los vecinos a medida que los va conociendo: el Sr. Smitz, librero huido de la justicia por un crimen que no ha cometido; Betsy y Berta, mellizas, hijas de madre soltera, a las que su abuelo echó de casa al quedar huérfanas; Rudy y Mariel, pareja que pelea y bebe sin medida y se hacen llamar Zelda y Scott; el Sr. Tonetti, mujeriego cocinero de una trattoria; Hellen, enfermera cuya madre trabajó en el hospital en el que murió Zelda; la Sra. Kathleen, de casi cien años que en su juventud fue una chica flapper y conoció a los Fitzgerald y a su hija Scottie, etc. Todos sus recuerdos evocan a los Fitzgerald, para regocijo de Mickel, que los va anotando en su libreta como materia novelable, de forma que la realidad de los habitantes de la casa pasará a ser ficción en las páginas de la futura novela (que queda recogida ante nuestros ojos, en las páginas de esta novela).

La ficción se alimenta de la vida y de la memoria.

Pero lo contrario también es cierto, la vida y la memoria se alimentan de la ficción. Por eso Lourdes al crear el personaje de Mickel le ha otorgado un amor desmedido hacia Scott Fitzgerald, a quien lee y relee una y otra vez: A este lado del paraíso, El gran Gatsby, Hermosos y malditos… Scott es el dios al que Mickel reza cada noche pidiéndole inspiración, y con quien habla cada día: «Scott, Scott, te adoro y me perturbas… Muéstrame el camino, dime qué tienen que ver contigo estas personas…».

No voy a desvelar el misterio de la novela, unido al secreto que la casa esconde, pero sí diré que está envuelto en magia, como casi todos los sueños. Nadie es lo que parece, todos son magos que esconden un Fitzgerald en el bolsillo. Betsy y Berta, las mellizas, le regalan a Mickel un viejísimo ejemplar de Pizcas del paraíso que había pertenecido a su madre y que ellas han memorizado de tanto leerlo. El Sr. Smitz, acusado de un crimen que no cometió, le entrega un poemario inédito, escrito para su padre, de puño y letra del mismísimo Scott. Y Jim, el mecánico del segundo izquierda, tiene un Marmon Coupe, de 1920, que había pertenecido a Scott. ¡Cómo es posible! La intriga está servida.

"Amor, misterio, literatura y memoria, son los hilos con los que Lourdes de Orduña va tejiendo la ficción y la realidad"

La nieve cae sobre Nueva York y sus habitantes se preparan para celebrar la Navidad… Mickel, pensando en su amor por Pathy, una de las vecinas de la vieja casa, recuerda que Zelda le escribió a Scott en una de sus cartas: «Lo único que quiero es ser siempre muy joven e irresponsable y sentir que mi vida es mía». Está decidido. Muy pronto les dirá a todos que van a convertirse en protagonistas de su novela. Pero antes desvelará el secreto.

Amor, misterio, literatura y memoria son los hilos con los que Lourdes de Orduña va tejiendo la ficción y la realidad, el pasado de la Generación Perdida y el presente de los personajes de Extraña vecindad, la memoria de los vecinos y los textos de Zelda y Scott. Por supuesto no faltan las menciones al cine (Memorias de África, La fiera de mi niña), y al jazz (Cole Porter). Emociona comprobar cómo la palabra escrita, materializada en las obras de los Fitzgerald (novelas, poemas, cartas, relatos, artículos) pervive a través de las generaciones, los libros que leyeron los padres son atesorados, leídos y memorizados por los hijos. Todo esto tiene una explicación. Marcel Proust murió el mismo año en que Fitzgerald publicó Hermosos y malditos, pero antes escribió: «La verdadera vida, la única vida por fin esclarecida y descubierta, la única vida por lo tanto plenamente vivida, es la literatura». Leer, soñar y vivir.

Gracias, Lourdes, por este homenaje a la creación literaria en sus dos facetas, la lectura y la escritura. Gracias, porque este es uno de esos libros que conduce hasta otros libros. Y gracias por el disfrute que supone leer y soñar estas páginas.

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Autor: Lourdes de Orduña. Título: Extraña vecindad. Editorial: Círculo Rojo.  

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