Para empezar a hablar de Antitauropedia debo remontarme a 2015. En concreto a otoño de 2015. Por aquel entonces hacía poco tiempo que me había mudado a una casita de montaña en el interior de Mallorca, a los pies de la Tramuntana. Un lugar tranquilo, solitario y rodeado de naturaleza. Tampoco hacía mucho tiempo que me había pedido una excedencia en mi trabajo como periodista. Después de más de diez años ejerciendo, necesitaba parar y explorar tanto hacia dentro de mí como hacia afuera. Y aquella casita era el lugar ideal tanto para una cosa como para la otra.
Al final, y aunque estuve a punto, no estudié Derecho, sino Periodismo. Y tiene mucho sentido, pues en cierto modo el periodismo, según lo concibo yo, es una herramienta fundamental para dar un altavoz a los pobres, los vulnerables y los necesitados. Y para luchar contra las injusticias.
Con el paso del tiempo aprendí mucho más de la vulnerabilidad. Los ancianos, los niños, las mujeres en situaciones de riesgo o algunos colectivos discriminados… Yo sentía como mía su vulnerabilidad, y por eso me ponía de su parte y en contra, siempre en contra, de los abusadores. Con el paso de más tiempo aprendí otra cosa: al final de la cadena social de víctimas de abusos y de injusticias están los animales, totalmente indefensos ante la brutalidad del animal más cruel que existe, el humano.
Por eso, además de seguir defendiendo a ancianos, niños o mujeres en situación de vulnerabilidad, también empecé a defender a los animales. Y digo “también” porque, como resulta evidente, defender a los animales no sólo no es excluyente, sino que resulta compatible con defender otras causas nobles. Como dijo Blas Infante, la violencia es violencia venga de donde venga y sea cual sea la víctima que la padece.
Tras esta breve introducción vuelvo a Antitauropedia, vuelvo a aquel otoño de 2015, porque ahí empezó todo. Después de seis o siete años de activismo en defensa de los animales, y animado por buenas y buenos amigos, me planteé qué más podía hacer yo para defender a los animales, para seguir siendo “un abogado de pleitos pobres”. Y entonces, de una manera muy natural, un día me acerqué a la Universitat de les Illes Balears (UIB) y me matriculé en el programa de doctorado de Historia.
En aquella época (sigue sucediendo hoy en día) los periódicos estaban llenos de titulares que sostenían, sin ningún pudor, que el antitaurinismo era una simple moda. ¿Una moda? ¿Como la canción del verano? Yo entonces no sabía mucho acerca de la arraigada e histórica cultura antitaurina de España, pero ¿una simple moda actual? Eso no podía ser. Así que mi tesis doctoral se centró en intentar demostrar, desde la Academia y la Ciencia, que de moda nada de nada. De hecho, la hipótesis principal de mi tesis fue, literalmente, esta: “¿Se puede considerar el antitaurinismo español como una moda?”.
Tras tres años de investigación, y con una tesis de más de mil doscientas páginas, la respuesta a esa hipótesis fue “no”. Un no rotundo.
A finales de la primavera de 2018 deposité y defendí mi tesis. Los hallazgos que había ido encontrando por el camino resultaban realmente sorprendentes. Por ejemplo, el primer atisbo de antitaurinismo en nuestra historia lo encontramos en el siglo XIII, cuando Alfonso X el Sabio escribe que “aquellos que lidian reses por dinero —es decir, los toreros— son unos infames”. Sí, han leído bien, siglo XIII. ¿Sabían ustedes, además, que Isabel de Castilla, la mismísima Isabel la Católica, dijo en el siglo XV que si dependiera de ella prohibiría las corridas de toros? Lean a su confesor, fray Hernando de Talavera, para confirmar esta referencia.
Pero la mayor sorpresa para mí resultó descubrir que el antitaurinismo existe desde la celebración del primer espectáculo taurino. Y que supone una tradición cultural e histórica totalmente desconocida… al menos hasta ahora. Otro gran hallazgo fue descubrir que uno de los más antiguos argumentos esgrimidos contra la tauromaquia fue la defensa del toro, condenando el sufrimiento y el martirio al que es sometido por mera diversión. Lean a Gabriel Alonso de Herrera. En su Obra de agricultura, de 1513, defiende al toro, llegando a decir que es una res inocente y que, si algún daño hace durante la corrida, es por desesperación y por defenderse de las espadas y las lanzas. Y lean a fray Luis de Escobar, quien, también en el siglo XVI, escribe prácticamente lo mismo. Y lean a Quevedo, que decía que el toro es un ser inofensivo si no se le provoca, un ser que no es más que el “marido” de la vaca. Y lean a Jovellanos, y a Martín Sarmiento, y al padre Feijoo, y a Larra, y a Emilia Pardo Bazán, y a Joaquín Costa, a Antonio Machado, Carolina Coronado, Concepción Arenal, Francisco Silvela, Modesto Lafuente, al conde de Campomanes, al marqués de San Carlos, o a Manuel Godoy, Unanumo, Pío Baroja, Pi i Margall o Emilio Castelar… y hasta a Arsenio Martínez Campos o a santo Tomás de Villanueva.
Y si no quieren recurrir a ellos, lean Antitauropedia, porque esta obra va de todo eso. Se trata de una enciclopedia (la primera realizada en la historia de España) que recorre la amplia, culta y argumentada tradición antitaurina de nuestro país. A lo largo de sus páginas descubrirán, además, que en España no sólo ha habido una histórica cultura antitaurina que llega hasta nuestros días sino que, además, existe una cultura igualmente centenaria y de larga tradición que aboga por la defensa y la protección de los animales como principio rector de un país moralmente sano.
Y también podrán constatar que la sociedad civil, la propia ciudadanía, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, participó activamente en ambas culturas que, por otra parte, resultan inseparables: el antitaurinismo y la lucha contra la crueldad y los abusos sobre los animales. Sólo un dato: la primera Sociedad Protectora de Animales de España se creó en Cádiz en 1872, y las primeras manifestaciones populares antitaurinas se remontan a finales del XIX y comienzos del XX.
Como digo, de todo eso va Antitauropedia, una obra en la que he intentado resumir mi propia tesis doctoral seleccionando, de entre el largo centenar de personalidades que aparecían en mi trabajo académico, un total de ciento quince personajes expuestos por orden alfabético y describiendo los argumentos que esgrimieron contra la tauromaquia en particular y contra la crueldad hacia los animales en general.
En este sentido, Antitauropedia, que cuenta con un magnífico prólogo de Espido Freire, aspira a convertirse en la gran obra de referencia del antitaurinismo español. Por eso se ha planteado como un libro muy manejable, con ilustraciones y grabados históricos, ameno y repleto de sorpresas.
Recuperar la memoria histórica también pasa por rescatar del olvido la argumentada postura antitaurina de celebérrimos personajes que forman parte de nuestro acervo histórico, político y social, así como del pensamiento o del arte. Porque el antitaurinismo y la defensa de los animales forman parte de nuestra cultura como país, de nuestra españolidad. Está en nuestro ADN como españoles. Es algo que no podemos dejar caer en el olvido. Porque aquella sociedad que olvida su pasado difícilmente podrá prosperar. Si no sabemos de dónde venimos, si desconocemos nuestra identidad, ¿cómo vamos a saber quiénes somos? ¿Cómo vamos a saber hacia dónde vamos? Partiendo de esta base, me planteo Antitauropedia como un mapa, como una guía que no sólo trata de la historia del pensamiento antitaurino español, sino también de la propia historia de España.
Y sí, mi madre, en el fondo, tenía razón. Tal vez ella, sin darse cuenta, modeló lo que fui y lo que sigo siendo ahora, “un abogado de pleitos pobres”. Porque ante cualquier causa noble que defienda a los seres más vulnerables no siempre se gana, pero siempre merece la pena seguir luchando por ella.
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Autor: .Juan Ignacio Codina Segovia Título: Antitauropedia. Editorial: Plaza y Valdés. Venta: Página web de la editorial
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Buenas tardes:
Interesante libro parece.
Cuando lo vea en una librería lo estudiaré atentamente.
Pero ahora que he leído el artículo. Si, por casualidad, lo hubiera visto de lejos no creo que me hubiera acercado. Parece un tratado de cría y manejo de vacas lecheras.
Porque, ¿quién ha elegido la foto que ilustra la tapa? ¿No han encontrado nada más relevante en el mundo de los bóvidos? ¿De verdad cree alguien que esa imagen, melancólica y mofletuda, de una vaca, que podría llamarse Margarita, tiene algo que ver con los toros de los que trata el libro? Sí, serán lejanos parientes. Pero poco más.