¿Conoces la frase que asegura que escribimos las novelas que nos gustaría leer? Pues en el caso de mi novela El nido de la araña soy culpable.
Una de las condiciones fundamentales para que el pacto se cumpla es que el escritor muestre todos los datos necesarios para resolver el enigma, que la solución sea coherente con la lógica interna de la historia y de los personajes y, por supuesto, que no recurra a ningún deus ex machina (la expresión se remonta al teatro de la Grecia Clásica cuando en el escenario aparecía una deidad colgada de una grúa para resolver la trama).
No sé si a ti te ocurre, pero a mí me frustra si después de haberme sumergido en una lectura el libro concluye con una solución predecible al conflicto. Me siento estafada si el autor no ha jugado limpio.
Por eso el libro que me gustaría leer es uno en el que empatice con los personajes, con una trama adictiva e inteligente, con giros inesperados y un final que me deje con la alegre derrota del “qué bien me has engañado”. Y ese es el que he pretendido escribir en El nido de la araña, aunque, por desgracia, soy la persona menos capaz de valorar si lo he conseguido.
Para alcanzar mi objetivo he recurrido al suspense y al que considero el maestro: Alfred Hitchcock.
De este modo diferenciaba Hitchcock entre sorpresa y suspense en la mítica conversación que mantuvo con François Truffaut: “Nosotros estamos hablando, hay una bomba debajo de esta mesa y nuestra conversación es muy anodina, no sucede nada y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena desprovista de interés. Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto”.
Con El nido de la araña he tratado de rendirle homenaje y de seguir sus enseñanzas acerca del suspense.
La novela comienza con una de sus citas: “No hay ningún terror en el disparo, sólo en la anticipación a él”, y soy tan “aplicada” que en el prólogo nos encontramos a Katy, la protagonista, escondida en los aseos de la multinacional para la que trabaja, hablando por el móvil con los secuestradores de su hija, que le preguntan si lleva la pistola y si tiene claro lo que debe hacer con ella a las 22.00 horas.
A partir de ese momento, intento transmitir al lector la sensación de inminencia, una inquietud creciente para que averigüe si finalmente ocurre esto tan terrible que parece estar a punto de ocurrir. Mientras, juego con las ideas preconcebidas del lector para enredarlo en los pegajosos hilos de la telaraña, que mire en la dirección que yo quiero y que no repare en lo evidente: nada ni nadie es lo que parece.
Quiero terminar con otra frase de Hitchcock, la que incluyó en el cartel de Psicosis: “Psicosis debe verse desde el principio… y, por favor, no revele usted el final. No dispongo de otro”.
Yo tampoco dispongo de otro final.
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Autor: María Frisa. Título: El nido de la araña. Editorial: Ediciones B. Venta: Todostuslibros y Amazon
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