Recuerdo que me dieron un pase al hueco un poco largo, yo corrí al máximo para llegar a la pelota, y el defensa, aunque era bastante más corpulento que yo, se giró rapidísimo y casi llega al mismo tiempo para despejarla de un patadón. Ese casi supuso que el golpe que iba destinado al balón acabara en mi tobillo y que tuviera que estar un par de semanas sin moverme de casa. Si no es por el percance con el grandullón, no habría encontrado el momento para decidirme a escribir Sin más respuesta que el silencio, la novela que rondaba mi cabeza desde la adolescencia.
Cuando me enfrenté al folio en blanco, fue parpadear y estaba lleno de letras. Las palabras golpeaban la puerta con vehemencia y yo tenía que abrir, que calmarlas, les daba orden y sentido, pero no desde la jerarquía sino desde el cariño.
Entonces, las dos semanas de reposo en casa se quedaron cortas, y volví al trabajo y a la rutina, pero Samuel —el protagonista— ya me acompañaba a todas partes y yo continuaba transcribiendo en los trayectos de metro, en la pausa para el bocadillo, en la cola del supermercado, en los bares, en las reuniones familiares… Me convertí en el tipo que estaba y no estaba al mismo tiempo, en una carcasa que contestaba monosílabos, pero en un conversador interno de una elocuencia sin fin.
Cuando comencé a compartir lo que me traía entre manos, el proceso creativo varió, ya no escribía para mí, ya quería contar una historia, entonces tocó empezar desde cero. Sabía lo que quería decir, pero tocaba transmitirlo. El feedback de Clara —mi compañera de vida— se convirtió en mi principal objetivo, y cuando le pasaba el texto de una escena divertida me ponía a caminar de un lado a otro de la sala mientras ella leía, esperando esa risa que me diera el aprobado y el ánimo para continuar. Lo mismo ocurría con los fragmentos más tristes y, a día de hoy, creo que nunca he estado más cerca del éxito como cuando las primeras lágrimas de Clara emergieron con el portátil apoyado en sus rodillas y su vista fija en la pantalla.
Me resistí tanto como deseé presionar la tecla del punto final. Volví a leerlo, a releerlo, a recortar, a remendar, a corregir… Fue cuando me encontré con una obra de aprendizaje, con el recorrido vital de un Samuel que, sin pretenderlo, tiene algo de los Oliver Twist o Holden Caulfield que me robaron horas de sueño cuando tenía su misma edad.
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Autor: Christian Martínez Silva. Título: Sin más respuesta que el silencio. Editorial: Hilatura. Venta: Todostuslibros y Amazon
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/abril 04, 2025/Este poemario es un texto sagrado. Contiene poemas de magia y ceremonia, y también otros que se sirven del símbolo y la intuición para ofrecer un relato distinto de lo que nos precedió. Una nueva —y definitiva— edición revisada por la autora. En Zenda ofrecemos cinco poemas de Conjuros y cantos (La Bella Varsovia), de Sara Torres. *** En el sueño ella no es la suave forma ella no es la flor del cerezo en su balanceo hacia el pavimento ella no es nido de garzas sobre el agua En el sueño ella es monstruo marino en la lentitud del…
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