Hace años, escribía en un diario. Era un cuaderno no mayor que un A5, de tapas duras y negras y páginas de color crema, completamente lisas, sin marcas. Luego, después de años dejándome la muñeca, llorando tinta sobre el papel, me sobrevino la necesidad romántica de usar una vieja máquina de escribir que me habían prestado, así que me pasé a las teclas. Era lento y cometía muchos errores que quedaban impresos para la posteridad. Luego descubrí esos papelitos con los que se podían tapar las faltas de una torpe mecanografía, pero acabé pasando de ellos en favor de una mayor impronta. Cuando tuve mi primer ordenador y descubrí la maravilla de los procesadores de texto, mi diario se hizo más fluido. De un tiempo a esta parte, apenas escribo. Yo lo llamo Cajón Desastre. Y sé que está mal escrito, pero ¿quién va a leer esto salvo yo? Es mi diario. Un batiburrillo de emociones, percepciones, hechos y demás que, por algún motivo, no quiero que se me olviden. O sí, y tal vez por eso lo hago. Para volcarlo todo allí y que no me atormente dando vueltas en mi cabeza. No funciona siempre, pero no es mala terapia. Debería hacerlo más a menudo. Como lo de meditar. Como lo de salir a correr. Pero son tantas y tantas cosas las que deberíamos hacer para encontrar ese equilibrio que la vida —como decía alguien a quien conocí— se nos va en catas y los medios que usamos para aliviar el estrés se acaban convirtiendo en una fuente de ansiedad adicional.
No hay más pretensión en este nuevo diario que la de seguir exorcizándome, sacar de mí toda esa basura que me intoxica y dejarla aquí, como quien barre bajo la alfombra. No son textos a los que vuelva. Alguna vez he regresado a aquellos legajos mecanografiados hace décadas y no es algo agradable, ni siquiera útil. Entonces, en aquella época —supongo—, sí lo fueron. Un proceso necesario para el entendimiento de todo aquello que pasaba a mi alrededor, quizá con la idea de que, en un futuro, me sirviera para no caer en los mismos errores y no repetir así esas historias de desdicha y desamor. Para lo que sí sirve, sin lugar a dudas, es para advertir cuánto hemos cambiado con el paso de los años. También para comprobar la fortaleza de nuestras convicciones, así como la de otros. Las palabras escritas no se las puede llevar el viento, no del todo, al menos. El tiempo sí. El tiempo las erosiona y las pervierte. Las convierte en ajenas y nos muestra aquel otro que fuimos en el pasado para demostrarnos que, en el futuro, tampoco seremos los mismos.
Escribo estas líneas sentado en la cafetería de siempre, aunque la gente, como esas palabras del pasado, ya no es la misma. Literalmente. Algunos murieron durante la pandemia. Los dueños del Café Moi traspasaron el local. Han sucedido guerras, inundaciones, catástrofes naturales, cambios en la política mundial. Lo de siempre. Y como siempre, nuestra mirada se turba unos instantes y cambia hacia horizontes menos lesivos. No recuerdo el día en que «ellos» aparecieron por primera vez. Ya nadie lo ve raro. Y es que la definición de extraño se ha pervertido tanto que la normalidad es en sí misma una abstracción de lo que era. Yo no suelo beber alcohol. Alguna cerveza de cuando en cuando. Prefiero el café. Paco, el camarero, me lo pone a desgana, porque dice que aquel es un sitio al que se va a «beber». A veces usa los tentáculos para colocar el sobrecito de azúcar con pasmosa precisión en el borde de la taza. Desde entonces tomo el café amargo. No me gusta tocar esa baba sutil, como de caracol. Hay ocasiones en que veo a alguien a quien reconozco sentado en otra mesa. Nos miramos y asentimos, pero poco más. A veces ni eso. Los parroquianos, con sus cabezas de pez o molusco, cada vez son más frecuentes. Y de algún modo, me recuerdan a Dagón, el relato de Howard Phillips Lovecraft que leí hace años. Y me pregunto si ellos son más como las criaturas de esa historia o como el hombre pez mesopotámico de la mitología de donde proviene, ese al que se calificó como Dios de la Venganza. No creo que sean una cosa ni la otra. Todo ha cambiado. No solo hay hombres y mujeres con aspecto de medusa o tiburón. A algunos ni siquiera se les puede describir. Pero están ahí. Llegaron sin más. No representan una amenaza. No más que la que supone cualquier otro habitante del planeta. No tengo mucho más que contar. Espero poder hacerlo con más frecuencia y recuperar el hábito de escribir. Necesito esta terapia. El hombre de la mesa de enfrente ya se ha marchado y yo no tardaré en hacerlo. Como cada día desde hace un par de años, dejaré el importe del café en la mesa y me despediré como si todo fuera como antes. Aunque sepa que no lo es. Aunque sea consciente de que, en realidad, que te sirva un hombre con cabeza de pulpo o una mujer con patitas de araña no es lo peor ni lo más raro con lo que me voy a encontrar. La vida puede cambiar en un instante. Ese café de las mañanas me lo recuerda a diario.
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Es curioso. Leo este artículo de Zenda, el primero que leo de Victor Morata, al sorprenderme la foto que ha elegido o se ha elegido en su comienzo, de un desvencijado sillón en un páramo con cactus, zarzales secos y restos de todo tipo. Y la foto corresponde casi exactamente a como me imaginaba siempre el porche de la casa de Don Juan, en México, cuando celebraba las entrevistas con su pupilo Carlos Castaneda, en los relatos de éste último. Ni que decir tiene que he sido, soy y seré un enamorado de los libros de Castaneda. Así que mi sorpresa ha sido supina cuando, tras el artículo, leo en las referencias literarias de Victor Morata que ha escrito un libro titulado “La sombra del nagual”, siendo el nagual uno de los misterios, una de las partes más interesantes de la filosofía del citado Don juan. Es como si un venado me hubiera hablado de forma también natural. Es como si ese Victor fuera un humano con dones de águila.
Un poder de relato con un nuevo hermano…