A Pedro González-Trevijano
Hace frío, pero tampoco mucho. La noche está limpia, muy limpia. Limpia y brillante. Es un placer asomarme a la ventana y disfrutar de esta noche, tan brillante, transparente. Se está bien en casa, trabajando en un libro, en un poema, en un artículo. Pero también es muy agradable, y muy necesario, salir a la calle a caminar, simplemente a caminar, o a tomar el pulso de la ciudad, que de algún modo eres tú mismo. Nosotros somos los otros, también lo somos; el conjunto, el gran grupo, la ciudad, es mucho más que un espejo: nosotros formamos parte de él, de ella, de la ciudad. Por eso, también, hay que cuidar de la ciudad, o de nuestro pueblo, porque nosotros somos esa ciudad, ese pueblo. Cada vez siento una identificación más grande con aquello a lo que pertenezco. Y ello es, asimismo, porque ese gran grupo también me pertenece a mí, es decir soy yo.
Además, cuando sales de casa surge lo mágico, la pequeña o gran aventura. Hoy contaré una pequeña, pequeña quizá objetivamente, pero que para mí reviste una gran importancia.
Hace unos días salí a pasear por el Retiro, que el lector ya sabe que es uno de mis grandes recreos, y allí me puse a escuchar música en una pequeña radio que llevo: el azar de las ondas me trajo a Beethoven, un concierto para piano.
Recuerdo que pasé por el estanque, el gran estanque del Retiro, escuchando el concierto de Beethoven, y entonces sentí una fuerte sensación de plenitud, de felicidad. Fue, estoy seguro, la conjunción del espacio, este paraíso que es el Retiro, con la música magnífica de Beethoven. Yo camino mucho por el parque, debido a prescripción médica, auto-prescripción mejor dicho, para perder peso, respirar aire puro, mover el cuerpo, y cuando camino disfruto mucho de la música.
Suelo ponerla más moderna, a veces las noticias, pero el otro día me encontré con Beethoven, y lo dejé sonar. Qué fuerza, qué maravilla, en el fondo qué calidad. Desde entonces he pensado en escribir algo sobre aquel momento, y sobre lo que se me ocurriera alrededor de él. Recuerdo que hace muchos años escribí un relato titulado “Para Elisa”. Recuerdo que al escribirlo pensaba en una chica, y llevaba a esta chica a la composición de Beethoven y a mi cuento, relato que se basaba, si no me falla la memoria en unas páginas de diario que por aquella época escribí, o de un álter-ego personal. Estas páginas tienen ya más de treinta años.
La música tiene mucha fuerza, no digo ninguna novedad. Te llega hasta el alma, cuando te llega, y lo hace de forma muy inmediata, instantánea diría yo, más directa que la literatura, me atrevería a decir. Y eso que mi arte se supone que es la literatura, y esto es verdad, pero admiro y siento todas las demás artes, incluso todo lo que no se considera arte pero que está hecho “con arte”, y que para mí es arte. Por ejemplo, cortar el pelo. Al fin es más la manera que la cosa en sí, más la forma que el qué, aunque la cosa, por supuesto, influya, y mucho en la forma, y en el intérprete o compositor, en este caso. En un libro de texto sobre música que tengo en casa, Comprende y ama la música, de Mariano Pérez, se dice que la música necesita dos artistas, el que la compone y el que la interpreta, pues el intérprete también lo es. Esto me lleva a pensar que en literatura, en los libros, es el lector el intérprete, y por lo tanto el lector también es artista. Y el lector profesional sería el crítico o el profesor.
Yo creo que poseemos un instrumento interior, una sensibilidad que casi habría que poner con mayúscula, alma, cuerdas íntimas, con las que tocar, interpretar, esto que nos llega, que nos interpela, que pulsa con sus notas, ideales, el instrumento que todos llevamos dentro, que todos somos. Algunos, por carácter, por sensibilidad, por dotes o por tiempo de aprendizaje, son virtuosos, y sin necesidad de coger un instrumento hacen música interior, arte interior. Otras personas, siendo esto también, se convierten en grandes músicos, como nuestro querido y admirado Beethoven.
Pero su vida, en la que ahora me intereso, quizá me recuerda una de mis grandes certezas vitales, y es sencilla: cuando uno tiene sensibilidad no sólo la tiene para lo bueno, sino también para lo malo, es decir, disculpadme, para sufrir. Esto es malo; lo bueno es que ese sufrimiento normalmente se convierte en alto arte, como he recordado recientemente al releer Mortal y rosa, de Francisco Umbral, obra que este año cumple 50 años, y que alcanza la máxima potencia de la magistral prosa umbraliana gracias al tema, fortísimo para el autor, que es la paternidad, primero, y luego la enfermedad y muerte de su hijo Paquito, “Pincho”.
Los conductos de la literatura, y seguramente del arte en general, no son los conductos habituales que toma la vida.
A veces se me aparece Umbral como un Beethoven de la prosa, por su virtuosismo, grandeza literaria y entrega a su arte. Quien se entrega al arte también se entrega a la vida, aunque a veces pueda parecer lo contrario. El arte te hace vivir con una fuerza desconocida todo lo que te puede ocurrir, y al mismo tiempo es muy capaz de convertir la peor experiencia en una obra valiosa y perdurable. No es un consuelo para el que la ha sufrido, pero es una realidad para los que pueden disfrutarla como lectores, espectadores, intérpretes y, por qué no, creadores.
Con Umbral sí que tuve la suerte de pasear por el Retiro, por nuestro idílico estanque, hace 25 años, él que amaba tanto —yo también— esta ciudad de Madrid que nos nació. Fue en una Feria del Libro, la del año 2000. Él había ido a firmar sus libros a la caseta del diario El Mundo, y aquel día me dijo cosas que nunca olvidaré, por ejemplo que “el libro cuanto mejor es peor se vende”, una frase a la que le he dado vueltas muchas veces, aunque yo haya conocido libros muy buenos que se han vendido mucho (empezando por el Quijote). Pero debo reconocer que en su caso puede que tuviera razón, porque me da la impresión de que él tenía libros muy buenos que se vendieron menos, o mucho menos, que otros no tan buenos.
Sus palabras quedan flotando en el parque y en mi memoria. También la música de Beethoven. ¿A quién no le hubiera gustado conocerlo? Acaso sea mejor así. ¿No le conocemos lo suficiente, muy en lo profundo, al disfrutar su música, al comprenderla y amarla, como decía mi querido libro de texto de Bachillerato?
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