Paul Bowles, el recluso de Tánger no es una biografía. Es una crónica y una crítica. Un artefacto literario escrito por Mohamed Chukri para rebelarse. Que va mucho más allá del simple retrato del escritor norteamericano. Que nos cuenta un combate. Una pelea entre los dos mundos que convivieron en el viejo Tánger del estatuto internacional (1923-1956), el de los escritores occidentales que se trasladaron allí buscando el exotismo y la libertad de una ciudad sin reglas, autores de la misma generación que Bowles, como Burroughs (que escribió allí su Almuerzo desnudo) Kerouac, Capote o Tennesse Williams, que quedaban hipnotizados por Tánger pero eludían todo contacto con la gente que allí vivía, exportando una imagen idílica de la ciudad que no mostraba la miseria y la injusticia social que allí se concentraba.
En esta lucha el lector intuye, casi desde el inicio, que Chukri se siente cercano a los dos bandos. Es marroquí y es escritor. Y al hablar de Bowles se debate entre el odio y la admiración, entre el impulso de mostrar la verdad —que describiría de forma cruda e hiperrealista en El pan a secas— y la amistad que le unió durante tantos años con el escritor norteamericano.
En la mirada de Chukri se refleja un Bowles frío, tremendamente pesimista y falto de toda esperanza, pero esa imagen es compensada por la descripción de un talento innato, de una capacidad única para sublimar su personalidad desapegada a través de los personajes de sus obras, o por el elogio del interés que demostró por la preservación de la cultura marroquí.
También hay espacio en la crónica de Chukri para Jane Bowles, a la que describe como depresiva e insegura, pero a la vez emotiva y risueña. Sobre todas las cosas amaba escribir, y el hecho de no conseguir cumplir con sus propias expectativas literarias la colocó siempre en la frontera quebradiza de la desesperación. Chukri nos habla de su relación amorosa, ejemplo de discreción y frialdad. Y duda, o mejor dicho desmiente, que hubiera algo de autobiográfico en los personajes de El cielo protector, Kit y Port, aunque asegura que existió amor verdadero entre ellos y que fue la enfermedad de Jane y su hospitalización en Málaga —donde finalmente murió— lo que realmente provocó el declive literario de Paul. Cuando ella murió, dice, “envejeció rápidamente, y se volvió soberbio, escondiendo por orgullo su melancolía”.
Bowles fue sobre todo un viajero, no un turista, como él mismo se ocupó de diferenciar en muchos de sus escritos. Un nómada, errante y solitario, para el que cualquier tierra podía ser patria, aunque permaneciera en ella hermético, sin relacionarse más allá de lo superficial con sus vecinos, y haciéndolo únicamente por exigencia de su curiosidad artística. A pesar de todo, sí se distingue en las palabras de Chukri el amor singular que Bowles sintió por Tánger, ciudad que nunca abandonó. Un sentimiento que éste expresó mucho tiempo después, ya en su vejez, al describir los cambios que sufrió la ciudad cuando perdió su estatuto internacional y dejó de ser la ciudad misteriosa y sofisticada que había sido antaño; al describir cómo añoraba la vida en la ciudad antes de dichos cambios, que recordaba con profunda y honesta nostalgia. ¿Fue entonces Bowles un recluso de Tánger? Puede ser. O quizá sólo estuvo enamorado de una época, y permaneció allí como particular resistencia a dejarla marchar del todo.
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Autor: Mohamed Chukri. Título: Paul Bowles, el recluso de Tánger. Editorial: Cabaret Voltaire. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro
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