Siruela vuelve a publicar Madurar hacia la infancia, recopilación que recoge los dos volúmenes de cuentos del polaco Bruno Schulz, Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la clepsidra, junto con algún relato disperso (como «El cometa»), fragmentos variados, textos críticos y autocríticos, y los grabados que conforman su relato gráfico El libro idolátrico. Una edición extraordinaria para conocer a ese escritor del que Gombrowicz dijo que tendía al no ser con todo su ser; creador de un universo literario que oscila entre la nostalgia, la mirada infantil, la imaginación desbordante y la metamorfosis de la realidad cotidiana. Y esta cotidianidad echa raíces en su pueblo natal, Drohobycz, en la actual Ucrania, y de la que apenas se movió, cuyos negocios y boyante vida comercial fueron retratados en su literatura al mismo tiempo que introyectaba la autonomía de la fantasía. En Schulz hallamos, pues, una sentimentalidad tendente a lo maravilloso, reflejada en esta descripción de los productos de esas tiendas de color canela que perfectamente podrían serlo de los paisajes de su escritura:
Allí podías hallar fuegos de bengalas, cajitas encantadas, sellos de países desaparecidos, índigos, colofonias de Malabar, huevos de insectos exóticos, papagayos, tucanes, salamandras vivas y basiliscos, raíz de mandrágora, mecanismos de Núremberg, homúnculos en tiestos, microscopios, catalejos, y sobre todo libros curiosos y extravagantes, viejos folios repletos de extrañísimos dibujos e historias asombrosas. (p. 105)
A Schulz se le ha comparado innumerables veces con Kafka, ya desde que Maurice Nadeau compilara en 1961 la primera antología de sus cuentos. Quizá el punto donde ambos intersecan sea la figura del padre, aunque con dos caras muy distintas: si bien amable (tal vez, diríamos, cariñosa) en el primero; en el segundo se agriaba. Aun así, el interés de Schulz en Kafka resulta innegable; de hecho, en 1936 tradujo a cuatro manos, junto a su pareja Józefina Szelińska, El proceso. Sin obviar otras afinidades electivas como la cuestión de la metamorfosis y otras formas de transformación, la parodia, lo onírico o el absurdo.
De quien fuera junto con Witold Gombrowicz el estandarte de la vanguardia polaca hemos perdido su gran obra, El Mesías, donde transitaba al género de la novela, y en la que trabajó, si atendemos a sus cartas, durante toda la segunda mitad de los años 30. En 1942, con los nazis ocupando Polonia, Schulz, que era judío, fue recluido en el ghetto de su querida Drohobycz. Allí fue protegido por el miembro de las SS Felix Landau, que le había cogido el gusto a los dibujos del artista y le había ordenado algunos encargos. Sin embargo, Landau había matado al protegido de otro nazi, Karl Günther, quien, como represalia por la pérdida de su —seamos claros— esclavo, quiso devolvérsela a su compañero. Nadie sabe qué fue del manuscrito de El Mesías que hoy damos por desaparecido. Según Arthur Sandauer, como leo en un ensayo de Giorgio van Straten, la novela empezaba con unas palabras parecidas a estas: «Sabes, me dijo una mañana mi madre, ha llegado el Mesías, y está ya en el pueblo de Sambor». Mientras lo esperamos —acción consustancial a la figura del Mesías—, en la lectura de Madurar hacia la infancia, en su mundo de prosa y dibujo, hay algo de justicia.
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Autor: Bruno Schulz. Título: Madurar hacia la infancia. Traducción: Elżbieta Bortkiewicz Morawska. Editorial: Siruela. Venta: Todostuslibros.
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