Años 70, A Coruña, una ciudad sumida en las drogas, la fantasía y el sexo. Lo protagonista de esta novela busca su propia identidad en un relato vivo, en el que la poesía, el humor y un paisaje ominoso se alían para crear una epopeya de autodestrucción personal.
En este making of, Blanca Riestra recuerda el proceso creativo de Aquí empieza el mar (Reino de Cordelia).
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No recuerdo bien cuando se empezó a fraguar Aquí empieza el mar. En 2013, yo había vuelto a vivir a mi ciudad, y ya había escrito allí una primera novelita en gallego y otra más larga en castellano que ganaría luego el Ateneo de Sevilla, en plena pandemia. Pero, enseguida, cuando supe que me iba a quedar en Galicia, me resultó evidente que tenía que cambiar de lengua y embarcarme en un proyecto más ambicioso.
Por otro lado, yo llevaba ya mucho tiempo soñando con una novela bosque —toda una vida—, una novela total, un ingenio arquitextural —citando a Amélie Florenchie— “à la Bolaño”, pero la empresa siempre se quedaba a medias, muy a menudo por falta de paciencia propia, también por incomprensión de los editores que en general abominan de las novelas largas y rechazan todo lo que huela a heterodoxia.
De hecho, a mi parecer, Aquí empieza el mar, Tritón —publicada este año— y As augas interiores —que aparecerá en 2025— constituyen una única novela.
Por otro lado, cuando me mudé al sistema gallego fue con la esperanza de instalarme en una constelación que no castigase lo individual y lo excéntrico, el mundo de Manoel Antonio, de Ferrín, de Dieste, de Cunqueiro, un mundo polifónico, descentrado, en que el “yo” puede ser omnisciente, el narrador oscilatorio, donde los perros hablan, y la costa bulle de ciudades sumergidas.
Creo que fue en 2019 cuando empecé a hablar con gente, buscaba a los testigos vivos de mi adolescencia y de mi primera juventud, amigos propios pero también de mis hermanos, —uno de ellos fallecido en 2017— fotógrafos, pintores, clásicos de los bares, escritores, músicos. Llamé a muchos que conocía y no había visto desde hacía décadas, y a otros con los que no había hablado nunca pero que pensé que podían ser interesantes. Las preguntas que yo les hice a menudo recibían respuestas insatisfactorias: yo no quería historias o datos, quería imágenes. De todas formas, los meses que pasé charlando en los bares y buscando crearon entorno a mí una especie de nebulosa envolvente como vapor alucinógeno. Yo esperaba oír cosas que nadie me decía y preguntaba y hablaba con unos y con otros y supongo que anotaba lo contrario.
Quería entender qué había ocurrido con la ciudad, con el país, con el mundo, cuál había sido la causa de que tanta gente se hubiese quedado en el camino, de que cosas y personas se hubiesen ido escapando por los bordes, rumbo a la desaparición. Del mismo modo, nuestra manera de ser —como sociedad— se había transformado irremediablemente y yo quería entender la razón. En el fondo, supongo que mientras coleccionaba símbolos, iconos que transmitiesen algún mensaje coherente, rastreaba el sentido de todo. Esa ansiedad de encontrar un sistema recorre todo el libro.
Vari Caramés me habló del Patacón, Javier Nikopol del Xornes y del Latino, Josito Pereiro de Atlantismo y de Radio Océano, Xurxo Souto de la ciudad barco, de Luisa Villalta, del Bravú, Miguel Anxo Fernán-Vello de la Xeración de Amor e desamor, José Manuel Sande de Paco Vázquez, Pedro Granell de los Eskizos, Alberto Ramos recordó a Viuda Gómez y se sacó la idea del “Sumidero” de la manga —esa oscuridad húmeda y succionadora que nos llama desde debajo de nuestra ciudad, para perdernos—, Pedro Esperón recordó la llegada de la heroína a la ciudad, con los autobuses de la droga aparcados en las Lagoas, durante años. Diana Atkinson, Gelitos Fernández Castro, María Cabrera revivieron para mí a mi hermano Javier, a la pandilla de pintores del Sotanillo de Juana de Vega, a Tim Behrens, a César Otero.
Muchos nos preguntábamos que había sido de la Marimba, aquel bar fantasma, que unos situaban en Adormideras, otros en San Amaro, y del que ya no quedaban restos.
Hubo momentos de genialidad, chisporroteos que yo anotaba rápidamente en un cuaderno que sacaba del bolso en las barras de los bares. Durante meses —y aún ahora— la gente me contó sus intuiciones, recordaban de repente algo que se les había quedado en el tintero, una intuición de una noche, un movimiento de perspectiva en el litoral, irregularidades que impedían mediciones, petroleros hundidos, lluvias de chapapote, festivales de verano, sobredosis.
Mis amigas, periféricamente, también me hablaban de sí mismas, de sus padres, de los besos dados a escondidas, de Mar Adentro, de Punto tres, del Enrique, de los galpones del puerto, del miedo a perdernos que teníamos y de cómo nos salvamos por los pelos; esgrimían catálogos de locos: el paseante, la niña de las trenzas, Suso el chapas, el Perchas, todos los suicidados que se tiraron por las ventanas, niños y mayores, pues ese es el suicidio que se estila aún ahora en mi ciudad. Y yo volví a ver a mi madre con sus guantes de piel y su pañuelo de seda probándose zapatos, diciendo que había que alejarse de las cornisas pues, en cualquier momento, un suicida podía caernos encima y aplastarnos.
Las novelas son cuerpos vivos, construidos con material de derribo, esta novela también degeneró y reivindicó su propia forma, coral, plurívoca, barroca y acabó hablando de nosotras, de lo que significa crecer y sobrevivir, que te manden callar cuando lo que quieres es ser escuchada y existir, en un mundo que ya no entiende más que el lenguaje de la lisura y del dinero, también de lo que significa escribir sin que te lean, convertirse en la proyeccionista que crea el mundo, pues el mundo nos necesita para no hundirse en la inexistencia para siempre. Partituras puestas a secar en un tendal.
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Autora: Blanca Riestra. Título: Aquí empieza el mar. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros.
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