Correspondencia manuscrita del Maestro de la República Abel Bravo del Rincón, dirigida al canónigo Bruno Morey Fiol, durante los años de 1943 a 1960. Entre ambas circunstancias, con palabras sinceras, silencios naturales, fechas y recuerdos, consiguen ambos narrar el equilibro entre la confrontación y lo natural de sentir, pensar, convivir y así sobrevivir.
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24 de julio (1958) al 12 de julio (1959)
Homenaje, preparativos, imponderables
«Queridísimo Bruno. Supongo en tu poder mi telegrama: “Obstáculos última hora impídenme asistir al acto”. Desde que el día 7 de abril viniste a verme e invitarme a asistir al homenaje que pensabais celebrar en mi honor el día 21 de este mes, tuve el decidido propósito de asistir al acto para daros las gracias por esa distinción. Y a tal fin, fui preparando mis cosas. Me cosieron un traje nuevo; compré camisas, camisetas, calzoncillos, calcetines, corbatas, maleta y otras cosas y lo tenía todo dispuesto para empezar mi ruta hacia Mallorca en el vapor que sale de Alicante el jueves, 25, día de Santiago Apóstol, Patrón de España. Pero, en la semana pasada, han ocurrido dos cosas que me han obligado a cambiar de plan. Una es de tipo personal. La otra es familiar. La personal es que, sin saber cómo ni por qué, mi cuerpo ha dejado de funcionar normalmente. No sé si es que se me han indigestado las frutas porque no estaban ellas muy en condiciones, por verdes o lo que sea… Sea por lo que quiera, la realidad es que mi cuerpo ha tomado un giro que requiere cuidados especiales y caseros que no pueden llevarse fuera de casa. A lo dicho acerca de mi cuerpo, tengo que añadir que estoy escamado con lo que me ocurrió el año 24, y no quiero que se vuelva a repetir. Ese año, en el mes de julio, cuando tenía que ir de Mallorca a Murcia, tenía el cuerpo en malas condiciones. Debí atenderlo y no lo atendí. Debí hacerle caso, y no lo hice. Debí quedarme en Mallorca y no me quedé y emprendí el viaje a Murcia.
Cuando volví a Valldemosa, produjo mi aspecto una mala impresión. Persona hubo que al verme, quedó tan mal impresionada que se echó a llorar. Esa persona fue Maruja Pastor Coll, hermana de Dª Catalina la Maestra.
Lo siento. De verdad…
Contar con el agradecimiento del que fue vuestro Maestro y siempre amigo.»
Desde Julio hasta octubre, Abel estuvo escapando de una fragilidad para entrar en otra. Su experiencia le decía cuándo debía parar y recuperarse, hacer sus dietas frugales, descansos y paseos que alternaba con jornadas de clases particulares para ayudar a mejorar su situación económica. Pero para que Bruno vea que su mistad no enferma, en la carta 11 (octubre de 1958) le envía una cajita de dulces, o le comenta lo bellísima que ha sido la romería de Alcantarilla, a la que acudieron «centenares de miles de personas», siendo la más concurrida de toda España, el día 16 de septiembre. «De mi homenaje, tu llevas la batuta. Los obstáculos que me impidieron ir ahí, desaparecieron.»
Por lo que Abel participa en su carta número 12 (diciembre de 1958), se deduce que Bruno le hace una petición con anterioridad; ésto, en la práctica, no debía de suponer un gran esfuerzo para el Maestro, pero sí le pasó factura emocional: «… Hoy tengo realizado parte de ese trabajo. Las complicaciones que lo impedían, en vez de disminuir, han aumentado, y hoy… me encuentro con que mi plan se retrasa y se nos echan encima días y cosas, poco propicios para hacer lo que uno quiere. Y he pensado en enviarte el trabajo que tengo hecho, para que lo leas cuando puedas, y te enteres de cosas que, supongo, que por ser tu un niño, en aquellos tiempos, estaban en la Penumbra, y hoy te explicarán el por qué de las cosas que ocurrieron y que no podía decirle a todos, y menos a los niños…
Conforme con el aplazamiento del homenaje.
Pd. Sin saber cómo, se ha divulgado la noticia de mi homenaje; y como les parece extraño en mi, me piden en cartas y en entrevistas muchos detalles. Les hablo de ti y desean conocerte y leer tus cartas. Muchos son Maestros y quisieran ir, si el homenaje fuera en época de vacaciones.
Adjunto envío 4 cosas:
1.- Historia de lo que pasó en Valldemosa entre [CAPi] y Yo
2.- Relato de lo que pasó en la escuela de Valldemosa, desde que fui hasta que me marché
3.- Copia de la carta del Sr. Baldrich
4.- Tarjeta postal felicitándolo»
De estos 4 asuntos descritos en letra muy muy pequeña, no hay copia ni referencia ni asomo ni resumen. Cabe entender que el contenido es delicado, e incluso sugiere que Abel necesita sincerarse, en cada aspecto, antes de llegar al homenaje Valldemossa, para adelantarse a lo que sea que vaya a suceder. Casi se asemeja a otro expediente como el de la cárcel de Totana, turbio, lleno de suposiciones, de malentendidos, de culpas, de acusaciones no justificadas. Las 4 cosas las vamos recomponiendo, poco a poco, en líneas sueltas, en este devenir de cartas, en las memorias de Bruno, y quién sabe si algún encadenado de datos llegó incluso a formar parte de sus sermones para sacarlos, así, de aquella Penumbra. Mucho parece que hay que subsanar, mucho más que lo de ser un maestro ateo; qué sumaron de cada cosecha propia, qué tan irreprochable hubo en Abel para semejante cacería, y qué daño le ocasionó aquello para que, en cada epístola, a veces, surja ese mundo tan amargo, tan ajeno al Maestro… Baños de Sol, baños de Ola, juegos con escasa ropa, ejercicio, acampadas, lo que era la educación higienista de aquellas décadas, abordar una educación sexual que hasta el propio Correo de Mallorca (Periódico Católico) dejó impreso en varias columnas, ya desde 1913. Cabe aquí imaginar desde lo más tendencioso a lo más pacato de la época. Un idilio campestre, o bucólico, con Maruja, y algo con su hermana maestra, Catalina Pastor…; o conversaciones a horas intempestivas, o que se despidieran al atardecer… ¿Muy tarde?
Imaginemos, por un momento, que Abel comenzara a recuperarse en Alcantarilla de lo sucedido en Valldemossa, hacia 1930 o 1933, y que entrara después aquella guerra infame donde hablaron, tan solo, órdenes, disparos, y la cerrazón posterior en Baños y Mendigo. De ahí, iría luego a la prisión, y después a una libertad condicional; a un constante suplicatorio para intentar sobrevivir. En realidad, un homenaje no cura todo esto, es posible que incluso despertara lo que creía tener tranquilizado, y, a una edad avanzada en Abel, y a distancia, regrese lo vivido de una manera aún más absurda y cruel, de ahí que se debilite y enferme como si su organismo se rebelara, y ni él mismo puede darle explicación, salvo con ese… sin saber cómo ni por qué…
Meses después, cumplimentado lo que el Maestro se obliga a narrar, recibirá respuesta con una especie de ‘conforme’ por parte de Bruno Morey Fiol, y es aquí cuando Abel toma la firme decisión en su carta 13, el 12 de julio de 1959: «… Para satisfacer tu ansiedad contesto en seguida y te digo que “Acepto Vuestro Homenaje”, por lo que tiene de honroso y por el cariño que encierra. Sois muy especiales y muy agradecidos. Nunca imaginé que las cosas que hice con vosotros, en la Escuela y fuera de ella, pudieran haberse interpretado con tanto favor hacia mi. Es que… Vosotros sois, en ese y otros aspectos, Únicos. Por eso, todo cuanto por vosotros hacía me parecía poco. Merecíais más.
Enterado de que el homenaje será el 27, pero desearías que estuviera ya con vosotros el 23 o el 24. Para complaceros procuraré salir de Alicante el día 23 —jueves—, a las 11 de la mañana con escala en Ibiza y llegada a Palma a la inoportuna hora de las 6 de la mañana, según la información recibida.
Enterado también de los actos complementarios del homenaje: música, cantos y elogios de mi labor.
Y de que deseáis abonarme los gastos de viaje.
Por todo, muy agradecido y especialmente a ti por tu ofrecimiento, de tu insuperable valor, de tu coche y finca de recreo. Muchas, muchísimas gracias.»
Lo del ‘valor’ lleva a pensar que Bruno Morey ha removido sensibilidades, o conciencias, y que no todos están conformes con que semejante homenaje deba llevarse a cabo. Sin embargo, para el canónigo no es un recuerdo sensiblero de su etapa de niño, sino la única reparación posible a una injusticia que nunca debió suceder. Se empeña en hacerlo de forma pública, concurrida y sonada; azuzará a las administraciones, todas, desde las docentes, a las políticas y religiosas, y las pondrá al servicio de su querido maestro; dirán beldades, cantarán para él, le recibirán de pie, le abrirán sus salones y estancias, no aportarán agasajos miserables o dietas exangües, que no es poco para aquella década de los cincuenta. Y, además, ya se encargó el canónigo de publicitar muy a conciencia el acontecimiento allí por donde sermoneara y allí con quien hablara, antes, mientras y después.
«Me alegro mucho de saber que, el entonces bondadosísimo Antonio Vives de San Gual, es el Alcalde de Valldemosa. ¡Qué lástima que el alcalde de entonces no hubiera sido como este!
Voy a decirte que no contesté a tu carta de 1º de enero pasado porque estuve enfermo todo el mes.
Luego he pasado 6 meses en Torreagüera, pueblo a 8 km de Murcia en casa de un amigo, enseñando a 3 niños que tienen de 4-9 y 12 años. El día 21 de junio casi enfermo de pulmonía. Con los medicamentos modernos, lo hemos vencido todo rápidamente. Estoy bien.»
Este Bruno, a ratos Brunito, en otras ocasiones canónigo, doctor, cristiano, teólogo, no conseguirá nunca acallar cierto eco que discurre por su cabeza. Confrontando con vehemencia la realidad y sus propias crisis, abrirá su corazón años después en una serie de semblanzas publicadas bajo el título Páginas sueltas de un diario, y escribirá en enero 1977 (para Diario Balear) algo acerca de su enfermedad interior, que también se despereza y se rebela: Y… sin embargo, no soy feliz. Debe ser porque no soy santo. Pero no soy feliz. No me llena mi sacerdocio, porque muchos ratos pienso, sin poder evitarlo, que estoy representando una miserable comedia. Masco un pequeño fracaso, que no se en qué pueda consistir… No estoy bien en el sitio que ocupo y tengo que decir no al sitio que se me ofrece. Y noto cómo la ambición ajena, y la envidia y yo que sé, están trabajando, en colaboración, para explotar mi cansancio…
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