Correspondencia manuscrita del Maestro de la República Abel Bravo del Rincón, dirigida al canónigo Bruno Morey Fiol, durante los años de 1943 a 1960. Entre ambas circunstancias, con palabras sinceras, silencios naturales, fechas y recuerdos, consiguen ambos narrar el equilibro entre la confrontación y lo natural de sentir, pensar, convivir y así sobrevivir.
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Articular una historia es que pueda respirar, es conseguir que tenga aliento, es cederle el protagonismo y no invadir. Dejar que hablen las cartas sin atosigar, o apagar, es lo que a veces requiere una historia tan frágil y resistente como la de Abel. O es posible que estas misivas, que abarcan dos décadas (1942-1962), revisadas y releídas por otra persona, con diferente mirada, le aporten una perspectiva todavía más interna, o más nítida. A lo largo de ellas, Abel no es una sola persona, son muchas las que asoman y conviven en él; son paisaje y permanencia. Son una especie de eternidad. Qué dejó sin escribir o describir, o qué no pudo siquiera confrontar, son el asiento del silencio y del sonido, de espacios que no significan distancia, pero que tampoco son huecos, y que aun así dejan algunos vacíos resueltos a medias.
Bruno Morey Fiol sobrevivió al maestro más de cuarenta años. Vivió hasta los ciento uno, y Abel tuvo un lugar preferente en sus artículos, memorias y años significativos. Tiene su espacio ahí, junto a otros nombres, otros sonidos. Entre los dos iniciaron (como tantas otras personas) un ajuste y un reajuste. También formalizaron una especie de pre-transición. Es factible que la Transición en España comenzara así, y mucho antes de lo pensado; que fuera posible porque existieron personas que creyeron firmemente en esa posibilidad, y que, de forma silenciosa e invisible, fueran preparando el camino, si aceptamos que los procesos históricos no se improvisan, no surgen sin algo previo y es difícil concebir que avancen desde la nada, o desde algo meramente político y previamente cuadriculado.
Al final, queda en las cartas lo que se truncó, lo que lamenta Abel década tras década; lo que no pudo ser y que sin embargo tuvieron entre las manos. Fue un fracaso de todos y de nadie. Había que apartar los bandos, sin silenciarlos, pero debían abandonarlos para que naciera otra época, acaso distinta. Tampoco se repara ese daño, porque lo que se lastima no es un electrodoméstico, ni un vehículo ni una lámpara. Cabe imaginar lo que sintió Bruno Morey en su infancia, al ver desaparecer a su maestro en los años veinte del siglo pasado. Quedó allí náufrago, en su Valldemossa, sin comprender nada de lo que sucedía. Y lo mismo ocurrió con otras infancias al finalizar la Guerra Civil, apoyados en el recuerdo de unos maestros y maestras amables, mientras algo se llevaban sus revistas, sus bibliotecas, el cine, y aquello fue sustituido por unas voces grises e inciertas, y por otras que se excedieron al trasplantar odios y traiciones, y que fueron el abono perfecto para un desierto, el abandono de las aulas o tomar direcciones diversas, solo para intentar sobrevivir. Fue una segunda orfandad.
Bruno Morey, de la misma manera que tomó la decisión de encaminarse a un mundo espiritual en Roma, pudo haber optado por la filosofía, la música, la poesía. Esto es lo que rumia el maestro Abel al respecto de Bruno, sin desmerecer lo conseguido por su alumno, pero sobrevuela esta posibilidad diferenciadora. Lo que pudo ser… Aquel mundo Armilar. Mientras Abel dejaba este espacio terrenal, parecía que aquel Brunito seguía necesitando sus cartas, la conversación o incluso el recuerdo de lo que no fue. Y es curioso, o coincidente, que diecisiete años después de fallecer nuestro Abel, Bruno asome con un largo artículo en el diario Baleares, en febrero de 1979, cuando se habían convocado las elecciones generales, y luego las primeras municipales:
«Se llamaba Abel Bravo. Don Abel Bravo del Rincón. Y como el Abel bíblico, le regaló a Valldemossa diariamente, durante años, lo mejor de su ganado. Acaso por ello la envidia, que es mal de la gente baja, emponzoñó el corazón de tanto Caín, como se estila por estos mundos de Dios o del diablo. Pero don Abel tenía una clase extraordinaria. Era un hombre meteórico. Un hombre de estos, que, de tarde en tarde, solo de tarde en tarde, asoman a nuestras latitudes. Una vocación singular, insobornable, al magisterio le tenía atado a las actividades docentes todo el día. Y dedicaba las noches a la mejora de su hacer diario. Toda una generación de hombres, ahora ya maduros, sabe en Valldemossa de su gestión nobilísima al frente de una escuela pública, que no dudo fue la primera en calidad en toda la isla, y acaso no fue superada por ninguna otra en España… Muchas cosas no tuve ya que aprender, porque él ya me las había enseñado. Cuando le dije que quería ser sacerdote, me habló largamente y me animó a ser hombre antes que adjetivarme en nada. He procurado no olvidarlo. Y me enseñó también el difícil arte del perdón. El que se llamó Abel, nunca habló mal de sus Caínes, de aquellos ridículos Caínes de la envidia pérfida… Se llamaba Abel. Acaso su nombre no figure, y bien que lo merece, en los diccionarios. No todos los que figuran son figuras… Y yo me quedo satisfecho de haber subrayado algo, que bien merecía ser subrayado, y en mis manos no ha de quedarse quieto el incensario, que repite y repetirá sus golpes, para rendirle a don Abel el humo perfumado de mi mejor agradecimiento… Le admiro y le amo. Amo su espíritu, la fuerza cósmica de su personalidad, su inmutable voluntad de servicio, su entrega entera a la vocación. Amo la forma como él me enseñó a caminar por los duros senderos de esta vida… Hasta que un día supe que había muerto. Y protesté, porque hombres como don Abel no deberían morir nunca, porque la muerte debiera de estar avergonzada de acercarse a personas de tan alto nivel…»
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(Agradecimiento a las fuentes consultadas, bibliotecas online, archivos, prensa y profesionales, y en especial a los apoyos ilustrados de Micharmut)
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