Partamos de la base de que he descubierto a una Sylvia que no conocía. Permitidme que la llame Sylvia, que no diga su nombre completo. Es ya de mi familia. He vivido en sus cartas y en su forma de ser, he convivido con ella durante meses, me he zambullido en su mente, y disculpadme pero no quiero salir. Decía, sigo, que he conocido a Sylvia. Percibid que vuelvo a utilizar sólo su nombre. Porque es a Sylvia a quienes conocemos en estas cartas. No es Sylvia Plath, no es la autora de Ariel (que también), ni la que metió la cabeza en el horno mientras sus hijos dormían. No es la que le robó la muerte a Anne Sexton. Es Sylvia: la niña vulnerable, extremadamente sensible, obsesiva y llena de vida que habitaba en ella. Esta es la de verdad: la que era antes de entrar en barrena, la que era antes de que la vida se le pusiese chula, la que era antes de conocer a Ted Hughes. La que comía como una lima, la que se iba de campamento y remaba, y nadaba, y cantaba, y se disfrazaba, y bailaba, y reía, y ayudaba, y pintaba de color su vida y la de aquellos que recibían sus misivas. La Sylvia que adecuaba el lenguaje al destinatario, la Sylvia que se dejaba fluir con su madre, mostrándole sus entresijos, sus virtudes y sus defectos, la que pormenorizaba todo lo que había comido, en lo que se había gastado el dinero; la Sylvia que no tenía reparos en contarles, contarse, contarnos, sus entrañas, su interés por los chicos, sus decepciones, sus alegrías, su obsesión por los sellos, sus horas de estudio, lo mucho que le gustaba tomar el sol, las fiestas a las que iba, los chicos con los que quedaba, sus ganas; la Sylvia que era capaz de posicionarse, siempre, del «lado correcto de las cosas»; la Sylvia que escribía a Hans-Joachim Neupert y era capaz de escribir sobre la guerra y sus consecuencias, así como de lo que supondría para sus compañeros ser llamados a filas; la Sylvia que escribió a Edward Cohen cartas de lo más irónicas a la par que reflexivas; la Sylvia empática, tremendamente inteligente, tenaz, divertida; la Sylvia perfeccionista hasta decir basta, la Sylvia deseosa de exprimir la vida hasta el límite. Sí, Sylvia Plath era divertida. Quién lo iba a decir, ¿verdad? Después de tantos años, tantas biografías, tantos estudios, descubrimos que Sylvia era divertida. Y que su entrega a la literatura, a las palabras, al inglés que tanto amaba, no era una tabla de salvación, como sí lo fue en el caso de Anne Sexton, sino que era un modo de vida. Sylvia era todas las palabras, toda la lingüística, toda la literatura. Literatura llena de energía, de lucidez, de vulnerabilidad y, claro, de una tendencia a la depresión. Pero en este primer volumen no hay rastro de eso. Hay una Sylvia que, en las primeras cartas, escribe tal y como fluyen sus pensamientos: sin orden ni concierto, de forma atropellada y efusiva, con faltas de ortografía; hay otra Sylvia, otra capa, que escribe, se cansa y se despide. Todo siempre con amor. Y hay una Sylvia que siente, quizás demasiado, y que escribe porque sabe que así, al menos, calma a una cosa oscura, como diría más adelante, que le aterroriza. Pero si algo hay en estas cartas, es luz. Mucha, mucha luz. Es como la luz que se cuela por la ventana a primera hora en un día soleado de primavera.
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Autora: Sylvia Plath. Título: Cartas de Sylvia Plath. Vol. I, (1940-1951). Editorial: Tres Hermanas. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
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