Hace cincuenta años propuse a José Antonio Maravall que me dirigiera una tesis doctoral sobre “Cervantes y la mentalidad española entre el Renacimiento y el Barroco”. El maestro me dijo que no era asunto para una tesis sino para una obra de madurez, y que si decidía hacerlo la escribiera en forma de novela.
El consejo de Maravall se mostró acertado. No solo por la necesidad de que yo madurase como escritor, sino también de que madurase la historiografía. Hoy ya tenemos las biografías de los príncipes de Éboli de Boyden y Rees-Dadson, la obra Agentes de Imperio de Noel Malcolm, la biografía revisionista de Geoffrey Parker sobre El rey imprudente, y una ingente cosecha fresca de tesis doctorales y estudios académicos sobre Cervantes, su época y el Mediterráneo.
Pese a ello, el espacio para la ficción es inmenso. O, más bien, gracias a ello, porque, como dijo Sergio Ramírez en la presentación de la obra, “la historia va de la mano de la ficción como hermanas gemelas, o como hermanas siamesas, para decirlo mejor, prestándose jugos nutricios entre ambas”, escribiendo naturalmente con “rigor imaginativo”.
Siguiendo el ejemplo de Cervantes (que firmaba como “Cerbantes”, de ahí el título de la trilogía), yo he urdido un galimatías narrativo por el que me convierto en simple editor erudito de un manuscrito encontrado en la Alcazaba de Orán, tras el terremoto de 2008, que se atribuye a Ahmad Ibn al-ayyi (Cide Hamete Benengeli), a quien el propio Cervantes habría relatado su vida.
En la primera entrega de la trilogía (Cerbantes: En la casa de Éboli, 2017) se situaba al joven Miguel como preceptor de Anita, la hija de los príncipes, porque para eso se preparaba en sus estudios con López de Hoyos. A su condiscípulo Luis Gálvez de Montalvo lo colocó don Juan como preceptor del nieto del duque del Infantado. Es lógico que situase a su discípulo predilecto en casa del ministro principal del rey. Además, Miguel compartía una prima con doña Ana de Mendoza (Martina de Mendoza Cervantes). Esto resulta verosímil porque no está documentado quién fue el preceptor de sus hijos.
Además, Miguel realiza en la casa funciones de secretario privado y de cartas de los príncipes, por cuyas manos pasan los documentos más secretos que llegan a su casa. Es precisamente esta condición la que suscita la persecución del rey, por estar Miguel al corriente de lo que se hizo con el príncipe don Carlos.
Al huir a Italia, Éboli (que es Contador mayor de Castilla) encarga a Miguel que actúe en su nombre como cambista (oro-plata-oro, y viceversa) aprovechando las diferencias de cambio entre las plazas de Italia y el Adriático, y también como informador adelantado de las acciones del turco durante esta etapa crucial.
Este es el asunto de la segunda entrega de la trilogía (Cerbantes cambista, marino, espía, cautivo), que permite a Miguel darse un baño en la Italia del Renacimiento, participar con don Juan de Austria —ebolista— en Lepanto, Navarino-Morón y Túnez, para acabar finalmente cautivo cinco años en los baños de Argel, de donde vuelve a Lisboa, retorna como espía a Orán, y termina en Madrid.
Queda por aparecer la tercera entrega (Cerbantes: El combate de las letras), la más difícil porque en ella Miguel se enfrentará al reto definitivo de fundar la novela moderna.
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Autor: Álvaro Espina. Título: Cerbantes: Cambista, marino, espía, cautivo. Editorial: Suma. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
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