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Comenzar de nuevo

[FEBRERO 2025]

De nuevo aquí. Vuelves a comenzar un diario y, una vez más, tampoco tú te lo explicas. Justo cuando tendrías que encerrarte a escribir y dejarlo todo, te comprometes de nuevo. No es la primera vez que sucede. Te suele ocurrir cuando te embarcas en una novela. La escritura se desata y quiere salir a la superficie. Necesitas soltar la mano. Gritar en voz alta las dudas. Calentar las ideas y, en ocasiones, también frenar la mente. Pero sobre todo descargar tensión. Escribir sobre la propia escritura para, después, poder escribir tranquilo.

También ocurre —y esto lo entiendes aún menos— cada vez que comienzas una novela que necesita convertir la vida en la literatura. Abrir tu rutina a las palabras, dejar que posean todo lo que te rodea, que se abalancen sobre los viajes que realizas, los libros que lees, las series y películas que ves… La cara B de la historia, que luego se publicará. Tampoco tiene mucho sentido. Pero es la cuarta vez que te pasa, el cuarto diario que decides escribir al mismo tiempo que una novela. Hay otro por ahí —Diario de Ithaca—, pero se trata de un cuaderno de viaje. Allí no había novela por llegar; solo experiencia de extrañamiento en la Norteamérica universitaria. Quizá por eso lo escribiste en primera persona, en una voz más cercana a la tuya —la que empleas cuando hablas, cuando escribes correos y artículos—. Pero en los otros tres —y ahora en este cuarto— dejas que surja este tono. No lo buscas; aparece. Frase corta, segunda persona, tono seco que comparece como si fuera un personaje. También eso lo necesitas. Escribir desde otro lugar, y con otra voz. Para guardarlo todo, sí. Pero también para sacarlo al exterior y dejar espacio allí a la novela que reclama ser escrita.

"No se trata de un diario para convocar la escritura, como el último que escribiste —Tiempo por venir—, sino uno para aproximarte a ella"

Comienzas, pues, este diario para desatascar la escritura. También, en cierto modo, para atraerla. Lo haces cuando tienes abiertos demasiados frentes. Demasiados proyectos, demasiados compromisos, demasiadas cosas que te alejan de lo que, en tu mente, debería ser la prioridad: la novela por venir. En realidad, como decías, deberías dejarlo todo y encerrarte. Pero en lugar de eso, adquieres un compromiso más. Uno grande, como el de la escritura continua. También la obligación de enviar el texto y publicarlo. Aquí, en este territorio mágico de Zenda. Cada dos semanas. Un modo también de obligarte. Una norma autoimpuesta. Escribir para poder escribir, para acercarte aún más a eso que está ahí ya —porque la novela ha comenzado—, pero sientes que aún no camina contigo.

No se trata de un diario para convocar la escritura, como el último que escribiste —Tiempo por venir—, sino uno para aproximarte a ella, para regresar al interior de lo que escribes. Escribir sobre escribir para sentirte cerca de lo que escribes. También cerca de lo que vives. Porque últimamente has comenzado a intuir que la vida se te va de las manos, que se suceden las cosas y no dejan poso, que, si no lo apresas con palabras, el tiempo pasa de largo y nada permanece.

El pasado 13 de febrero, en la presentación del Premio Biblioteca Breve, el flamante ganador, Benjamín G. Rosado, comentó que, mientras uno escribe, la vida está en otro lugar: “Lo que escribes no es lo que pasa, sino lo que no puede pasar porque, precisamente, estás escribiendo”. Tuviste el privilegio de ser miembro del jurado y te interesó muchísimo su novela —un descubrimiento que pronto llegará a las librerías—. Y crees que Rosado no andaba falto de razón. Es cierto, algo de vida se pierde mientras escribes. Las experiencias que te pierdes cuando te sientas frente al ordenador. Pero estás convencido de que escribir es también una forma de vivir. Hacia delante —porque todo presente es un ahora— y también hacia atrás —porque recuperas aquello que ya viviste y pasó de largo—. Lo has dicho ya en alguna otra ocasión, pero ahora te reafirmas: contar la vida, escribirla, rememorarla, es vivir dos veces.

"Por eso comienzas ahora este cuaderno de apuntes apresurados. Para intentar preservar un resquicio de los días que se van, de los rostros que te cruzas, del mundo que tratas de entender"

Por eso comienzas ahora este cuaderno de apuntes apresurados. Para intentar preservar un resquicio de los días que se van, de los rostros que te cruzas, del mundo que tratas de entender. Para tratar de guardar aunque sea una sombra de esa vida que constantemente se escapa.

Y entre las cosas que no quisieras dejar escapar está la semana trepidante en la que has comenzado a escribir. La semana en Barcelona que esta vez renuncias a contar pero que dejas marcada aquí para regresar a ella más adelante. La visita a El Terrat y la reunión esperanzadora sobre la película de tu tercera novela, la experiencia de ser jurado en el Biblioteca Breve y compartir conversaciones y confidencias con personas que admiras, los nervios de la rueda de prensa, la ilusión de ver al premiado emocionado y feliz, el encuentro con amigos queridos y el descubrimiento de amigos nuevos, la nueva gorra de Vila-Matas y su gesto de niño travieso y divertido, la comida en el Liceo junto a Pere Gimferrer, la conversación —difícil— sobre corbatas y sombreros, la absenta en el Marsella, la cena en Il Giardinetto, el baile con Trueba y Pisón y la resaca del día siguiente. Pero sobre todo el regreso a Murcia y las ganas tremendas de sentarte a escribir. Las ganas con las que siempre vuelves de los viajes al mundo literario. Esas ganas que hacen que, nada más llegar, comiences a escribir estos párrafos y vuelvas a pensar en la novela.

"Has llenado varios cuadernos de notas y tienes más de cien páginas escritas en Word. Pero tienes la sensación de que aún necesitas centrarte"

Has llenado varios cuadernos de notas y tienes más de cien páginas escritas en Word. Pero tienes la sensación de que aún necesitas centrarte. Llevas un año y pico con ella en la cabeza, pero aún no has conseguido dedicarle el tiempo necesario. Apenas el último verano y algunos fines de semana de encierro; también algunas mañanas. Has hecho eso que en los talleres de escritura adviertes que nadie haga: salirte de una historia durante meses, centrarte en terminar lo pendiente y dejar la novela para más adelante. La trampa del novelista que trabaja de otra cosa. Pero esta vez se te han cruzado varios proyectos importantes que no has podido esquivar. Un ensayo sobre arte, un guion y, sobre todo, una acreditación de cátedra. También algunos otros compromisos —textos y conferencias— a los que no has sabido decir que no. Y todo se ha llevado la novela por delante, bien lejos de ti. Tanto, que ahora temes no encontrar el modo de atraerla y volver a meterte en la historia como la novela requiere.

Pero estos días empiezas de nuevo. Te lo propones. Escribes aquí para eso. Como si decirlo y publicarlo te obligase a no dar marcha atrás, a dejar de procrastinar y tratar de decir que no a todo lo demás. Al menos ya tienes coartada: “¿Es que no lees mi diario? Estoy concentrado, en medio de una novela, tío. Siento no poder pararlo todo para dedicarme a lo tuyo. Otra vez será”.

"Algún día intentarás explicar cómo puedes trabajar con tres sistemas a la vez y no perder la cabeza. De momento, lo pones todo frente a tus ojos"

Aunque es mucho lo que aún arrastras, comienzas al menos a ver el camino despejado. Apenas tienes clases este cuatrimestre, empiezan a disminuir los eventos a los que te has comprometido y, por encima de todo, ya tienes preparado el proyecto de investigación y toda la documentación para tu oposición a cátedra. Ha costado, pero en menos de un mes sales de cuentas.

Un mes no es nada, te dices, podrías esperar. Pero esta vez es demasiado. Así que, sin pensarlo demasiado, despejas la mesa y vuelves a situar sobre ella los cuadernos Leuchtturm1917 punteados en los que escribes. En el ordenador, abres el archivo de Scrivener y también regresas a las páginas de Word que llevas esbozadas. Algún día intentarás explicar cómo puedes trabajar con tres sistemas a la vez y no perder la cabeza. De momento, lo pones todo frente a tus ojos. Sabes que, durante unas semanas, todavía no podrás dedicarle a la historia el tiempo que se merece. Pero no puedes demorarlo más. Abrirlo todo es también un modo de comenzar. Eso está ahí. Te mira, te reclama, te espera. Ha llegado el momento de regresar.

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