No sabemos cuándo Paul David Hewson, alias, Bono ( Dublín, 1960) decidió cambiar la frase “No puedo cambiar el mundo, pero puedo cambiar el mundo que hay en mí”, aquella que pronunciara en el Teatro SFX de Dublín allá por 1982, por esa otra que reza todo lo contrario, la que dice “voy a cambiar el mundo, puesto que a mí ya no hay quien me cambie.” Y es que se llega a una edad en la que hay que dejarse llevar, rendirse a la evidencia que supone la aspiración de todo cambio no consentido. Para cambiar hay que querer hacerlo, y eso cuesta, pero la recompensa haría que estas curiosas memorias del líder de U2 (iba a escribir “de la UE”, disculpen) llevasen al inicio del título un “NO”, para acabar llamándose No Surrender (esto de no traducir los títulos también es tendencia, lo mismo que cambiarlos hasta hacerlos irreconocibles (Vértigo por De entre los muertos, The Searchers por Centauros del desierto). El caso es que el bueno de Bono acaba de descolgarse con un recuento de canciones —40, para ser exactos— y otras tantas historias, amén de los dibujillos que acompañan cada una de las entradas memorísticas, no fuera que quedasen cojas con el simple reclamo verbal del último irlandés incontenible que aspiraba a “ser etéreo”, como las músicas de sus amados Bobby Womack, Sly Stone y Prince, pero que se ha quedado demasiado cerca de lo marmóreo, aunque con “Mysterious Ways” los U2 se aproximaron bastante a aquellas fuentes tan sexys.
Prosa excéntrica la de Bono, como su corazón (literalmente defectuoso desde el nacimiento), aunque lo suficientemente atractiva como para satisfacer al más inquieto de sus fans, y no lo suficientemente aberrante como para satisfacer a sus detractores, legión a partes iguales. Pocos son los agnósticos cuando Bono entra en escena. Lo que sí hay es algún apóstata, que ahora a saber dónde habrá de parar, pero esa bien pudiera ser otra historia (a lo mejor la cuenta The Edge o Adam Clayton, vaya usted a saber). Un botón de muestra: “El flirteo es parte de la electricidad estática de algunas amistades.” Ahí lo dejo.
Libro atractivo en todos los sentidos, el volumen se enriquece con fotografías tratadas gráficamente por el propio cantante, a modo de grafitis o collages, con guardas que amplifican la experiencia estética del conjunto. Caballero comendador de honor de la Orden del Imperio Británico, nuestro memorialista y heterodoxo barítono parece abrirse en canal (ahí está el mea culpa por el fiasco del iTunes de Apple con el asunto Songs of Innocence) en algunos momentos del libro, aunque deja el grueso del volumen para sustanciosas anécdotas que harán las maravillas de sus seguidores. Que yo recuerde, nunca antes había visto la reseña de un libro en toda regla como aparece en las solapas de Surrender. Hubiese estado bien que viniera firmada, aunque en absoluto se parece a las que montaban Leonardo Sciascia o Ana María Moix. En cualquier caso, lo que explican estas memorias es la vida de un artista comprometido, combativo, que dice dar lo mejor de sí mismo cuando aprende a rendirse, a entender su creatividad caótica o sus disonancias que se ajustan a la dicotomía de ira y amor a partes iguales, o a asimilar que tiene “un ego más alto que su autoestima”. Ahí es donde empezarían los problemas para el común de los mortales, pero Bono ha hecho de la mediocridad espiritual virtud y del oenegismo una razón de vida, ahora que su música ha llegado a un estado de perfección en el que ya sólo cabe el acomodo y la repetición. Les pasa a la mayoría de artistas. Es de lo que huían Velazquez y Picasso, Muddy Waters y Miles Davis.
Con Alison Stewart como hilo conductor, su inseparable mujer desde los tiempos de los primeros ensayos con U2, Bono apuesta por una estructura que hilvana desde un básico registro cronológico de canciones con experiencias. El resultado es como el nuevo whisky de malta irlandés Connemara. Ha dejado secar sus anécdotas malteadas sobre el fuego de turba y su sabor y aroma son muy reconocibles. El dueño actual de Connemara es el famoso grupo japonés Suntory. Bono también se ha convertido en una multinacional por derecho propio. Hay honestidad en lo que hace porque siente que tiene una misión. Estas 40 canciones seleccionadas y trenzadas con su biografía así lo atestiguan. Tal vez se repita demasiado la palabra Jesucristo en Surrender. También él se sacrificó por nosotros. Aquí hay sacrificio, desde luego, pero también redención. En el camino, un puñado de canciones hermosas, que no existirían sin Bono y sus amigos. Son las paradojas con las que el mundo nos sorprende de vez en cuando. Más de medio millar de páginas —y 170 millones de discos vendidos— dan cuenta de ello. Bono nunca escatima. Tampoco deja indiferente (o no).
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Autor: Bono. Título: Surrender. Cuarenta canciones, una historia. Editorial: Reservoir Books. Traducción: Ana Mata y Miguel Temprano. Venta: Todostuslibros
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Buena reseña de un libro que, sorprendentemente, y tratándose de quién se trata, además de una época en la que U2 han dejado de ser aquella banda que miraba con valentía al futuro (a partir de 1993 se acabó todo aquello), es todo un festín para nosotros, sus seguidores. Por lo demás, la biografía de Bono es todo un ejercicio sobre cómo abrirse en canal a través de cuarenta canciones escogidas por él mismo; entre las que quizá falten algunas menos obvias, pero completamente imprescindibles, para todo buen amante de su música, sin embargo, esto no empaña el cuidadísimo resultado final.
Tan sólo un apunte para Enrique Turpin, seguro que no ha caído; no es que no se haya traducido el título, sino que esa rendición hace juego con su canción “Surrender”, de su álbum War (1983) y los títulos de las canciones, por suerte estética, hace mucho que no se traducen (recuerdo con horror vinilos de los ochenta completamente traducidos; Springsteen o Dylan, por ejemplo).