En la valiosa y plausible recuperación de las obras de Cristina Rivera Garza (1964), sin lugar a dudas la mejor escritora mexicana del siglo XX y lo que va del XXI, Random House acaba de reeditar una de sus novelas más intensas y penetrantes, El mal de la taiga, narración aparecida originalmente en 2012, en la que explora los vaivenes sentimentales del ser humano en sus derivas desde el amor hacia la soledad hasta alcanzar a vislumbrar los confines de la locura, tema este último que obsesiona a la autora desde sus primeros estudios sociológicos, cuando investigaba siendo una estudiante las historias y casos clínicos del manicomio de La Castañeda, ese hospital psiquiátrico de infame recuerdo. Tras la reedición de La cresta de Ilión a finales del año pasado, y la publicación del excelente ensayo sobre la vida de Juan Rulfo Había mucha neblina o humo o no sé qué (2016), el lector tiene de nuevo la posibilidad, en un mundo libresco dominado por el afán de novedades, de acercarse al universo narrativo riveriano, donde con una prosa pulcra, elegante y precisa las fronteras entre la realidad y la fantasía se diluyen mientras participamos de una serie de juegos metaliterarios que también derriten los géneros, provocando constantemente al lector con preguntas y reflexiones en un viaje del que, seguro, nadie vuelve siendo el mismo. Lléguele.
La escritora mexicana Fernanda Melchor (1982) y la traductora Angelica Ammar han sido distinguidas por la Casa de las Culturas del Mundo y la Fundación Partículas Elementales de Berlín con el decimoprimer Premio Internacional de Literatura 2019 por la novela Temporada de huracanes y su traducción del español al alemán. Según el argumento del jurado, si bien la novela de Melchor no es una obra que convierte la crítica contra el capitalismo en su estandarte, uno de los principales valores que reconoce este premio, Temporada de huracanes ha merecido el galardón por ser una novela política que aborda la pobreza en el capitalismo global del siglo XXI y va más allá, pues se trata, dijo el jurado, de “la novela de la violencia contra las mujeres, contra los homosexuales, contra los débiles”, una “novela nacida de la pobreza”, “de la lucha despiadada de los débiles contra los aún más débiles y contra sí mismos”. En suma, asentó el jurado con buen criterio, es “la novela de una destrucción a la que le da igual si se convierte en autodestrucción, porque la diferencia deja de ser importante”. Melchor está de plácemes, ya que el mes pasado fue distinguida junto con el escritor alemán Joshua Gross con el prestigioso Premio Anna Seghers, destinado a escritores jóvenes alemanes y latinoamericanos. Merecidos galardones para una joven y brillante autora.
TAUTOLOGÍA DE ESCRITORESNo me lo tomen a mal, pero ¿no es una redundancia que un escritor se autodefina como “independiente”? La cuestión viene al caso porque en la Ciudad de México 280 autores provenientes de diversos puntos de México, así como representantes de España, Alemania, Argentina y Chile, se reunieron para asistir a la presentación formal del Consejo Mexicano de Escritores Independientes (CMEI). Esto quiere decir que hay otros órganos colegiados de escritores que podrían denominarse algo así como Consejo Mexicano de Escritores Dependientes; o, más aún, podríamos suponer con mala uva un Consejo Mexicano de Escritores Subvencionados, lo que a nadie extrañaría, es cierto, en un país donde los subsidios a la creación se fomentan desde antaño por medio de becas, empleos y diversos ungüentos monetarios. El presidente de ese nuevo organismo, el poeta y promotor cultural Jesús de la Peña, explicó los derroteros de esta iniciativa “independiente y autogestiva”, cuyos antecedentes se remontan, dijo, a más de una década de esfuerzos, independientes se entiende, por cuajar su organización. De acuerdo con el autor indepe, el CMEI nace con tres ejes que lo regirán: “la autonomía del escritor, la equidad de género y la repartición de recursos equitativamente para todos”. Bien. Asimismo, tienen el propósito “de conjuntar los esfuerzos aislados de escritores, grupos artísticos y proyectos independientes (otra vez, válgame dios), en una sola misión: proyectar la riqueza cultural de México a los estados de la República y otras partes del mundo”, cosa para la que se tienen que unir porque de forma independiente se ve que nomás no pueden. Vale. “La cultura oficial”, sostienen, “desafortunadamente, nunca ha volteado sus focos a la riqueza de la cultura independiente” (va de nuez); pero aclaran que tampoco es que les interese (¿en qué quedamos?). “Mientras nombres de artistas estaban en listas institucionales, los nuestros estaban en las calles, en la memoria de las personas que iban pasando en alguna avenida principal y escucharon nuestra poesía, en los corazones de varias personas a las que les llegan diariamente nuestros poemas a través de nuestras actividades de poesía en voz alta en las calles, en redes sociales y nuestros esfuerzos de publicaciones de libros”. Buen intento. Pero ahora sí, dicen, esta es la suya, y a partir de criticar “que los escritores y artistas independientes en México han carecido de los apoyos destinados a la cultura”, uno de los objetivos de este naciente consejo “será bajar los recursos que nos pertenecen y, a su vez, basarnos en las estrategias de autogestión que hemos desarrollado a lo largo de más de 15 años”. Por tanto, ¿dejarán en ese momento de ser independientes? Nadie lo sabe. Pero ellos aclaran no tener presupuesto para ofrecer como quisieran (menos mal, porque entonces ya no podrían ser indepes, ¡dios!). Sin embargo, adelantan, “podemos ser un enlace para que obtengan las becas de las que actualmente se han visto marginados o vetados los escritores con verdaderos talentos y que se dan algunas veces por dedazo. Es hora de cambiar esto”. ¡Y dejar de ser independientes! Ya lo decía César Garizurieta, alias “El Tlacuache”, durante el sexenio de su amigo de la infancia, el veracruzano Miguel Alemán Valdés, a finales de los años 40: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. No manches.
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31 motivos para un monumento a los Tercios (y II)
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